La cacería de un Pirulín

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Lo que voy a contar no es echando vaina.

Estoy en el Gamma cercano a mi casa (sí, la omisión del lugar es deliberada). Ya en la caja, pongo las tres tonterías que necesito para el día siguiente.

Justo antes de pagar, en la caja de al lado, veo que hay un grupo de chamos con cuatro latas de Pirulín sobre la cinta corrediza.

Por los condicionamientos de haber crecido en un país ya inexistente, le pregunto en voz alta a uno de los panas del Pirulín.

-Compa, ¿dónde los encontraste?

Mmm, mm.

Error.

¡Grave error!

El chamo me mira como a quien ha cometido una imprudencia grave y luego suelta en voz baja, como si estuviera revelando un hechizo:

-Al final pana, en la vitrina. ¡Sólo quedan dos!

Entonces sentí el cambio en el ambiente.

“Para mi asombro, los últimos dos pirulines efectivamente estaban detrás de una vitrina, con llave, como antes se guardaban los habanos más caros en los bodegones verdaderamente finos”
Olí la adrenalina. Refracté las miradas de soslayo de 3 ó 4 competidores hambrientos. Sentí vergüenza…

Con el dato del Pirulín se activó en todos un protocolo primitivo, muy ajeno al “prefrontal cortex” del homo sapiens.

Por hábitos de tiempos más civilizados, traté de no correr, por aquello de no perder la dignidad. Pero fue inútil. De reojo vi la jauría. Venía detrás de mí, apretando el paso, acortando la distancia…

La gordita inmisericorde, el manganzón sediento, el padre de familia honrado: todos los vicios y las virtudes de la humanidad en ese pequeño tropel.

Entonces corrí.

Mi posición con respecto a la presa y la ventaja de la primicia me dieron la delantera.

Fueron una decena de metros subreales, en los que no paraba de preguntarme “¿Qué coño está pasando aquí?”

A pesar de los escrúpulos, llegué primero.

No había terminado de frenar frente al estante cuando apareció a mi lado un seguridad del supermercado. Surgió por generación espontánea, como creían los biólogos en la antigüedad que nacían algunos seres vivos.

Para mi asombro, los últimos dos pirulines efectivamente estaban detrás de una vitrina, con llave, como antes se guardaban los habanos más caros en los bodegones verdaderamente finos.

– ¿Cuántos quieres?

Fue la pregunta del guardián de los dulces.

No sé si por compasión budista, por caridad cristiana, o por pendejo, pedí una sola lata de mi legítima ración de dos pirulines, de modo que el que estaba detrás de mí (el padre de familia honrado) no se fuera con las manos vacías después de la carrera.

Supongo que fue mi forma de protestar contra el primitivismo de la circunstancia.

Entonces, como si se tratara de un operativo especial o de la superación de algún peligro inminente, el seguridad sacó su “wokitoki” y, con voz funcionarial, sentenció:

–Entregado el Pirulín. Últimos dos.

Alegría, asombro, incredulidad, arrechera, risa. Todas esas cosas iban mezcladas en mi lata de Pirulín.

Al otro lado de la frecuencia, y muy ajeno a mis mariqueras, alguien respondió de inmediato.

-Copiado (ruido blanco). Se jodió esa vaina.

Ruido blanco.

– FIN –

Nota del editor: Este artículo fue publicado por primera vez el 29 de marzo de 2019

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