Incómodas y a destiempo | Entre Sumito y Wilmito

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Los venezolanos no pueden ser indiferentes ante la violencia. Es importante reconocer este problema para tratar de resolverlo y poder avanzar como sociedad | Foto Cortesía

En esta columna he formulado preguntas incómodas acerca de nosotros mismos: «¿Somos una sociedad de gente mayoritariamente rota, deshonesta, con un estándar ético inferior al del resto de las naciones? ¿Ha muerto, acaso, el último buen venezolano?». Para responderlas, en el artículo anterior desempolvé un hecho de nuestra historia reciente: el asesinato de David Vallenilla por parte de miembros de la Fuerza Armada en las protestas de junio de 2017. Al final del texto puse de manifiesto la enorme contradicción que entraña ese hecho: «De un lado de la cerca, dos militares mal pagados reprimen a la gente con escopeta y escudo antimotín; del otro lado, dos chamos luchan por el país que sueñan, con sus lentes de piscina y sus banderas. Unos asesinan, otros dan la vida o la arriesgan por sus compañeros. ¿Con quién nos quedamos? Cada venezolano tendrá que ver cómo responde esa pregunta». 

Siento que debo seguir reflexionando sobre ese tema, sobre lo que dice de nosotros como sociedad. Cuando los venezolanos salimos a otros países, especialmente al norte del planeta, echamos en falta nuestra cordialidad: esa mezcla de playita, miamoreo e inclinación al jolgorio de la que tanto nos ufanamos. Hemos hablado muchas veces de lo fácil que es para nosotros conversar con un extraño; de la cháchara espontánea que entablamos con cualquier desconocido en la cola del banco, en el metro, o donde sea. Tanto, que ya resulta un cliché. Y luego: 200 asesinatos en un solo fin de semana en Caracas; videos sobre decapitaciones y treinta o cuarenta ráfagas con armas largas para conmemorar la muerte de un pran. ¿Es esto posible? Somos la sonrisa de la señora que vende empanadas y el secuestro express. La solidaridad en los apagones y el «¡quieto!» en el semáforo. Somos Sumito y Wilmito a la vez. ¿Cómo se conjuga esto? ¿Cómo pueden convivir tanta cordialidad con tanta violencia? Es verdad que buena parte de esos crímenes ocurre en los barrios, entre bandas, pero también es verdad que cada vez son más frecuentes y, demasiadas veces, afectan a los ciudadanos de a pie que nada tienen que ver con las «culebras». Me atrevería a decir que buena parte de la Venezuela que hoy forma la diáspora huyó después de haberle visto la cara a esa violencia. Esta es la contradicción que Francisco Suniaga, entre otros, señaló en su primera novela, La otra isla. Esta paradoja no es solo la otra cara de la isla, es la otra cara de todo el país. 

Hemos normalizado la violencia, la hemos naturalizado entre nosotros. Y el argumento para explicarla ha sido muchas veces el simple «es que hay mucha pobreza, mucha desigualdad». Sí, es verdad, pero hay países tan o más pobres que no tienen —ni de cerca— nuestros mismos niveles de violencia. En Perú, Bolivia y Ecuador hay muchísima pobreza, pero no son ni la mitad de violentos que nosotros. Este es un tema que debería quitarle el sueño a cualquier gobierno, sea del color que sea. Y la respuesta no pueden ser las OLP. ¿Cuántos recursos tendrían que destinarse para estudiar y entender este asunto? Tal vez algún día descubramos la importancia de los esfuerzos que hizo el padre Alejandro Moreno, fallecido hace poco, por encontrarle una explicación a nuestros niveles de violencia. 

Pero volvamos a nuestra contradicción. Queda claro en sucesos como los del 22 de junio de 2017 que somos un pueblo capaz de lo mejor y lo peor. Sin embargo, las cosas van mal, muy mal. ¿Cuál es la razón? ¿Acaso son más los violentos y los corruptos? ¿La gente honesta es minoría entre nosotros? ¿Es verdad, entonces, que somos un pueblo, en promedio, moralmente inferior? Para aproximar una respuesta quisiera servirme de una analogía. No soy físico, así que mis amigos científicos tendrán que disculparme las imprecisiones. Al parecer, para lograr la «reacción nuclear en cadena sostenida» que se conoce como bomba atómica, es necesario alcanzar lo que los expertos llaman masa crítica; es decir, juntar en un mismo espacio una determinada cantidad del material radioactivo, inestable, que produce la reacción en cadena. Si esto no ocurre, la explosión que libera la energía tampoco sucede. Es el tipping point de una bomba atómica. Pues bien, creo que en Venezuela hemos perdido la masa crítica en ciertos lugares clave del funcionamiento social o, si quieren verlo al revés, hemos conseguido masa crítica, pero del material incorrecto (con las respectivas reacciones en cadena que eso conlleva). Uno de los lugares donde eso ha ocurrido es la política. 

Para ilustrarlo, quisiera rescatar el fragmento, un poco largo, de una entrevista que Alejandro Moreno concedió al portal Contrapunto en el año 2015: «Desde los años ochenta —dice Moreno—, la violencia en Venezuela ha tenido momentos críticos. El primero fue el Caracazo. Teníamos una tasa de homicidios que, más o menos, correspondía al promedio mundial, estábamos dentro de la normalidad (…) pero con el Caracazo esa cifra dio un salto y no bajó de ahí, se estabilizó. El segundo momento crítico fueron los intentos de golpe de Estado de 1992, y ya tenemos implicados a los militares, a Chávez y a sus intenciones de transformación social. Pasó lo mismo, esa tasa subió y se estabilizó. Durante el período de Caldera, subió y bajó, pero no drásticamente. En 1998 y 1999, con el cambio de gobierno, dio otro salto y esa cifra se convirtió en una espiral ascendente. En el año 1987, por ejemplo, estábamos en 8 asesinatos por cada 100 mil habitantes, más o menos. Hoy estamos en 83 y la población no se ha multiplicado por diez». 

A mi juicio, estos datos son aterradores y nadie debería quedar indiferente ante ellos. Según esto, hay una correlación enorme entre violencia política y violencia ciudadana. La mera sospecha de causalidad entre estas dos variables tendría que movilizarnos hasta el tuétano y, sin embargo, no ha pasado lo suficiente: los que pudieran hacer algo, parecen no querer; y los que parecen querer, aún no han llegado al poder. Sin embargo, estos datos tienen también un silver lining, un lado positivo. Si en 1987 teníamos solo ocho asesinatos por cada 100 mil habitantes, quiere decir que no siempre hemos sido como ahora: nuestros niveles infernales de violencia son recientes. ¿Es posible volver a eso? Si la respuesta fuese afirmativa, la siguiente pregunta sería ¿cómo lo hacemos? Entre otras cosas, habría que retomar el testigo de Moreno. Invertir en la institución que creó y consultar a sus discípulos. 

Creo que, como país, hemos llegado a una encrucijada: seguir fingiendo que solo somos la sonrisa bonachona y la cháchara fácil; o mirar de frente la contradicción y no parar hasta desmontarla. Permitimos que las familias sigan desangrándose por el sumidero de las morgues y las fronteras, o incluimos este asunto, de una buena vez, en las prioridades nacionales, en todas las agendas políticas y en las discusiones públicas. En la misma entrevista a la que me he referido, Moreno afirma algo que, al menos a mí, me pone los pelos de punta. Dice: «De seguir como vamos, Venezuela desaparecerá como sociedad». ¿Es una exageración? No lo sé, pero ya no somos ni la sombra del país que fuimos en los 90 y no seríamos los primeros en salir del flujo de la historia. ¿Qué más tiene que ocurrir? 

Pienso que viene bien, para nuestra situación, la conocida frase de Martin Luther King: «Lo preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos». 

Hasta el próximo artículo.

Javier Melero es cineasta. Emprendedor de quijotadas y gamer vergonzante. Empepado por la naturaleza. Adicto a las galletas María. [email protected] | @melerovsky

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