Impotencia

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Impotencia. Esa puede ser una buena palabra para definir la actual situación venezolana.

Impotente la oposición, dándole vueltas a la mesa sin decidirse a atacar de frente la raíz de todos los problemas. Unos “opositores” hacen caminatas casa por casa vendiendo candidaturas realmente absurdas por extemporáneas. Otros “opositores” anuncian gloriosos desembarcos de sus ejércitos imaginarios, ofreciendo soluciones radicales que no salen de Instagram. Y Guaidó, parado frente al muro de complicidades militares e internacionales que defienden a Maduro. Sólo puede subir la voz de vez en cuando, como el asustado que canta fuerte cuando pasa frente al cementerio. A Guaidó lo rodean opositores chavistas, esos que han comido de la mano de Chávez y de Maduro, gritando a todo pulmón su “antichavismo”. Y esos mismos opositores, partidos regionales y momias de la Cuarta República, están jugando posición adelantada, soñando con presidir la Asamblea Nacional o ganar alcaldías que les permitan volver al guiso y la rebatiña de dinero público.

Impotente el Gobierno, atrapado por sus corruptelas, clientelismo y mediocridades. Le debe una vela a cada santo. Y, su propia estabilidad, a mafias militares, pranes, ejércitos mercenarios y el regalarle el país a los oligopolios rusos, chinos y turcos que hacen sus delicias con una nación descuartizada y vendida en partes al mejor postor. La salida de Maduro y Cilita bonita nos costará tres generaciones de venezolanos endeudados.

Impotente la llamada “Comunidad Internacional”, castrados frente a la impúdica postura colonial rusa y china. Los europeos, tibios y torpes, jugando a las formalidades, dándole tiempo al saqueo para ver si algún día militares corruptos y cuadros cubanos se cansan de robarse el dinero y el futuro de Venezuela. Paradoja: el mundo occidental tiene patanes ególatras del mismo calibre que las satrapías de Corea del Norte, Turquía, Irán y Rusia. Pongamos que hablo de los Trump o su alter ego inglés. Pongamos que hablo de una España hipotecada a Podemos, primera sucursal de la franquicia chavista en Europa.

En fin, una situación anómica, en la cual los contendientes están agotados. Son boxeadores que se han destrozado hasta el último round. Ahora, sin fuerzas, ambos peleadores juegan al desgaste, a sobrevivir un campanazo más o buscar, dramáticamente, ese puñetazo desesperado que logre definir el nocaut. Pero fallan las fuerzas y el aliento.

¿A dónde va Venezuela? A consolidarse como una republiquita extractivista de todo tipo de minerales que irán a dar al mercado negro, enriqueciendo a militares, chavistas, opositores y mafias internacionales. Las sanciones engordan a los mafiosos. Y el “bravo pueblo”, como siempre, sólo en el himno. La nación sufrirá su era oscura, su medioevo, con la complicidad de los “opositores” que gastan sospechosas fortunas viajando por el mundo a presentar “Plan País” pero son incapaces de invertir esos mismos recursos en paliar los padecimientos de miles de venezolanos atrapados en la tierra de nadie de la migración.

¿Desenlaces? Quizás una acción desesperada de Trump para enfrentar la ola demócrata que busca retarlo. Si acaso lo necesita, porque la economía norteamericana va lo suficientemente bien como para evitar el comodín patriotero belicista que siempre usan los republicanos. Lo otro son elecciones tibias en el 2020. Impunidad garantizada.

«De la noche vengo, a la noche voy», decía el poeta Gerbasi, una frase que nos define como nación.

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