Hablemos de violencia escolar                                                            

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Por: Luisa Pernalete

“¡Hay una pelea en el patio de recreo! ¡Hay que separarlos!”. Eso puede suceder en cualquier centro educativo cualquier día, cuando hay clases presenciales, como se supone que estamos teniendo en el país. Todo el personal tiene que estar pendiente de situaciones similares, que suponen comportamientos violentos, de chicos y chicas que no han sabido resolver sus conflictos de manera pacífica. Una de las funciones de la escuela, es la de enseñar a relacionarse fraternalmente. En un mundo tan violento como el actual y en un país muy violento como Venezuela, esta es una tarea muy importante. Hay muchas maneras de trabajar esa dimensión, no sólo con el discurso.

 La Violencia escolar envuelve no sólo la violencia física, visible: está también la violencia verbal,  los insultos, los sobrenombres, por ejemplo. Está la violencia psicológica —las amenazas, que pueden ser verbales o con gestos—; está el trato inadecuado de docentes con los alumnos, que puede herir y eso es violencia, cuando, por ejemplo, se grita a los estudiantes, o se amonesta públicamente a un alumno en vez de hacerlo en privado; también está el comportamiento violento de alumnos con sus profesores.  

Hay problemas de convivencia que no son violencia, como tener algún disgusto con un compañero, o molestarse porque salió mal en un examen. Se habla de violencia cuando hay uso de la fuerza, ya sea física o por abuso de autoridad, con la intención de herir, dañar al otro. Aunque hay que decir que existen acciones sin intención de herir, que pueden hacerlo. A veces se actúa con desconocimiento de la consecuencia de nuestro comportamiento.

Hace unos años, el Centro Gumilla hizo una investigación sobre violencia escolar en centros educativos de Catia y Petare, entre el 2008 y 2009, en colegios públicos y privados, y arrojó datos impresionantes, como, por ejemplo, que el 73% de los estudiantes y el 68% del personal habían presenciado situaciones violentas dentro del plantel. Otro dato: el 15% reportaba haber conocido casos de abuso sexual en los planteles, así como la presencia de armas en las escuelas. Gloria Perdomo, en su libro Violencia en las escuelas, detalla los resultados de esa investigación. (1)

 La violencia que hace ruido es relativamente más fácil de abordar, pero hay otro tipo de violencia que puede ser más cruel que esa visible, es el acoso escolar también llamado bullying escolar. Detengámonos en este tipo específico de violencia, pues su detección y tratamiento tiene sus particularidades.

El término “bullying” fue utilizado por primera vez en los años 70 por el profesor sueco Dan Olweus, para describir una dinámica de hostigamiento reiterado, de agresión sistemática de un niño o grupo de niños hacia otro que no logra defenderse. Es continuo, sistemático y necesita de un público que lo sostenga con el silencio —cómplice— y las risas como estímulo directo o encubierto (Zysman, M., 2014). No es pues un golpe dado en el pasillo, que muchos pueden ver tanto a la víctima como al victimario.

El acoso suele ser silencioso, con la intención de dañar al otro, ese comentario en voz baja sobre el físico del compañero, o ponerse de acuerdo para burlarse de alguno, o de no invitarle a una celebración, o quitarle sus útiles… Ahora también hay que añadir el ciberbullying, por las redes sociales. Se esconde el bullying en el anonimato. ¡Es cruel! Y al ser reiterado, sostenido, puede hacer mucho daño. No es tan fácil detectarlo, la víctima, amedrentada, si no recurre a ayudas —profesores, algún familiar o algún compañero— puede reaccionar muy mal, ya sea de manera violenta contra el acosador e incluso puede llegar al suicidio.

El trabajo de prevención y abordaje del bullying es más complicado que la violencia escolar visible. El maestro de guardia en el recreo puede observar que algo está pasando entre unos estudiantes, y se puede acercar y, si se presente la pelea, los puede separar y luego conversar con cada uno, pero frente al hostigamiento callado, reiterado, no está tan fácil.

Este tema de la violencia escolar da para mucho; sólo voy a dar consejos para su prevención.   Desde el hogar, recordar que el niño, hasta los 7 años, aprende por imitación, así que compórtense los padres como quieren que sus hijos se comporten. Si los padres resuelven los conflictos hogareños a costa de gritos y golpes, los hijos aprenderán que esa es la manera de comportarse ante los conflictos. Y añado, pregunte todos los días a sus hijos cómo les ha ido en el colegio: que les gustó, que no les gustó y porqué. Así, en ese clima de confianza, es posible que si pasa algo, el niño o el adolescente sea capaz de contar algún evento violento. Si el niño empieza a decir que no quiere ir a la escuela, algo puede estar pasando.

En el colegio, ayuda mucho que cada salón tenga sus normas de comportamiento, mejor si se elaboran en grupo: qué se va a aceptar como bueno, qué no se va a aceptar. Por ejemplo, nada de sobrenombres, cada quien tiene su nombre. Otro elemento es trabajar qué se considera falta de respeto. Que desde pequeño sepan que la burla es dañina, que los insultos no se aceptan… pero además de establecerlo como norma, trabajarlo con cuentos —si son pequeños— y/o también con casos hipotéticos, pero que tengan base real, y discutir los casos. ¿Qué harías si fueses esa niña que la molestan todo el tiempo porque es muy flaca? ¿A quién acudirías? ¿Conoces casos parecidos? Eso ayuda a pensar y hasta puede dar confianza para hablar con el maestro, si hay algún caso parecido. Es importante también conocer la Ley Orgánica Para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (LOPNNA), que los niños conozcan sus derechos y sus deberes. El derecho al “Buen trato” hay que trabajarlo, por ejemplo. Que los adolescentes sepan que pueden tener responsabilidad penal en algunos casos.

Es muy importante que los docentes, sobre todo en educación inicial y en los primeros grados, no minimicen quejas de los estudiantes. Nada de “No le haga caso, es una broma o una tontería”. Ese tipo de comportamiento del docente empodera al acosador y desmoraliza al acosado.

Conviene también estar muy atentos a los cambios de conducta de los estudiantes: esa niña que antes conversaba mucho y ahora está callada… O ese chico que tenía buen rendimiento y está flojeando. Mucho ojo con los “diferentes”: los más pequeños, los más gorditos, los más flaquitos, los de mayor rendimiento, los tímidos, los “niños dejados atrás”—esos cuyos padres se han ido del país y se han quedado con abuelos, tías, hermanas mayores … o solos—.  Son los más vulnerables, pueden ser objeto de acoso.

A las víctimas hay que protegerlas y a los victimarios hay que amonestarlos y atenderlos, pues son estudiantes con problemas. Hay que ver el trato en su casa, suelen ser personas con baja autoestima… Un chico con alta autoestima no anda buscando de quién burlarse, o a quién molestar. Los cómplices, esos alumnos que le hacen coro al acosador, esos cómplices silenciosos, también deben ser llamados aparte y hacerles ver su conducta inadecuada.

Estos temas también hay que hablarlos con los padres y representantes. Los padres de víctimas y victimarios, cuando hay un caso, deben ser llamados por separado, y con todos, hablar del tema.

La escuela está para educar, para formar ciudadanos responsables que sepan convivir.

  • Perdomo, G. (2011) La violencia escolar,  UCAB, temas sociopolíticos, N 48
  • Zysman, M. ( 2014) Bullyin, Paidos, Buenos Aires.

LUISA PERNALETE / @luisaconpaz

Educadora en zonas populares por más de 40 años. Utiliza el sentido del humor como herramienta pedagógica |

El Pitazo no se hace responsable ni suscribe las opiniones  expresadas en este artículo

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