Fanatismo, el límite ideológico de la religión

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¿Qué promesa, palabra o idea puede conducir a alguien a creer en lo increíble, con tal pasión y entrega que puede llegar a ignorar toda razón y lógica de la vida, e inclusive, atentar contra ella? El hecho de los desaparecidos de La Grita puso sobre la mesa varias reflexiones, entre ellas, los alcances de la fe extrema; creer hasta la locura…en Dios, en extrarrestres, en el fin de mundo. Da lo mismo

Por: Rixio G. Portillo

El reciente episodio de un grupo de desaparecidos en La Grita plantea, a la ya convulsa opinión pública venezolana, el tema del fanatismo religioso.

El primer aspecto a considerar es que todo lo que termine en ‘ismo’ pueden devenir en ideológico, incluso el cristianismo, si presenta propuestas absolutistas y totalizantes. El fanatismo como tal no es una novedad de la contemporaneidad, por tanto, siempre habrá que estar atento.

Benedicto XVI, el incansable teólogo defensor de la razón, dijo en un célebre discurso que “la absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo”, y lastimosamente, si de algo sabemos en Venezuela, es de pretensiones totalitarias.

El segundo aspecto es la necesidad de repensar, en la sociedad actual, el puesto de la religión y el justo equilibrio para una sana convivencia, pues ninguna experiencia religiosa que contradiga la libertad humana puede resultar de provecho social.

Y no me refiero a privaciones voluntarias, sino a características propias de movimientos sectarios: el secretismo, la segregación, la polarización, la manipulación, hasta llegar a la divinización del líder, como un enviado desde el más allá.

En sí, los venezolanos ante la incertidumbre de la cotidianidad, deben huir de las recetas mágicas e inmediatas. Ya debería haberse comprendido que no hay salidas rápidas ni fáciles. Cualquier canto de sirena puede adormecer la conciencia y el mal se puede disfrazar de bien; y la manipulación en devoción.

Por eso el sano equilibrio de la religión, un enfoque correcto de la laicidad, y un pensamiento crítico siempre abierto, pueden ser las claves para apostar por una sociedad más justa y menos fanatizada.

La religión necesariamente forma parte de la vida social, pero la instrumentalización de Dios o lo divino están al orden del día. De allí, el riesgo de que el fanatismo tarde o temprano pueda llamarnos a la puerta.

Por eso, la necesidad de la ética, sí, de una ética social que emerge de la experiencia religiosa, y que sea promotora de valores comunes y universales, esos que fueron descritos en la Fratelli Tutti como los valores permanentes, que siempre han estado allí.

Son valores que tienen su origen en la realidad trascendente de la persona y por tanto del sentido sano de la religión. Una ética, según, Pier Davide Guenzi que “valorice una presencia de la religión en el espacio común performativo”.

Bien lo decía el papa Francisco en un discurso en Egipto: “El único extremismo que se les permite a los creyentes es el de la caridad”,  pues la resonancia de Dios amor se concreta como realidad, en todo hombre y mujer que apuesta por el bien. La línea fronteriza entre la religión y el fanatismo está en la libertad y en la caridad (unidas), desde sus diferentes dimensiones para la promoción del bien. Esa sería la única línea que se permite cruzar.

RIXIO G. PORTILLO | @rixiogpr / instagram: rixiogpr

Comunicador. Creador del blog Domus Ecclesia. Profesor de la Universidad de Monterrey

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