¿Existió realmente el cacique Guaicaipuro?

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Por: Alberto Navas Blanco

Con esta interrogante no nos referimos particularmente a cuestionar la posible existencia de un jefe indígena principal reconocido por algunos cronistas y documentos desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII, como Guaicaipuro. Nos referimos, más bien, al modelo de un posible cacique que ha sido resimbolizado, desde los años de 1950, con cuerpo más parecido al de un Arnold Schwarzenegger que al de un hábil indio caribe, que sucumbió violentamente ante las armas de los conquistadores españoles hacia el año de 1568. Pero ese otro Guaicaipuro de la publicidad en licores, antiguos premios de televisión, malos libros de educación primaria y estatuas de plazas inauguradas por líderes autoritarios necesitados de símbolos históricos encubridores, pertenece más bien al mundo de la manipulación política y mercantil y, por ello, está muy lejos del interés historiográfico.

Aunque la palabra “cacique” parece ser ciertamente un término de origen caribe, fue luego del siglo XVI asumida por los conquistadores, comerciantes y piratas europeos, para identificar a los indios principales de las variadas agrupaciones tribales, con quienes era necesario negociar o pelear para obtener los beneficios materiales de la conquista: oro, perlas y bastimentos para la subsistencia, en el caso de la conquista del territorio de Venezuela. El indio principal o cacique del grupo tribal de los Teques hacia los años finales de la década de 1550 y parte de la de 1560 fue el célebre Guaicaipuro, un destacado guerrero con su “lanza de palma asada”, definición posible de la propia palabra Guaicaipuro, que conforme al conocimiento del Dr. Juan Ernesto Montenegro, definía en lengua caribe al hábil portador de una lanza asada al fuego para endurecerla. Un guerrero que debió haber nacido en los años finales de 1530, en alguna aldea de chozas de los intrincados valles montañosos ubicados al suroeste del valle mayor de Caracas, en el seno de un segmento familiar dominante de la gran familia tribal de los Teques, quienes dominaban las alturas de las cabeceras de los ríos San Pedro y Macarao, con alguna extensión hacia el sur apuntando hacia los Valles del río Tuy. No era un dominio muy extenso y se encontraban rodeados de otros grupos tribales de mayor poder y dominio territorial, como los Meregotos al oeste, los Tarmas al norte, los Quiriquires al sur y los poderosos Mariches y Toromainas al este.

Por lo tanto, el relativamente reducido poder tribal y territorial de Guaicaipuro carecía de bases estructurales reales para poder encabezar alguna confederación tribal dominante sobre el resto de los celosos grupos tribales del resto del valle de Caracas, de sus montañas y costa litoral. Tratándose tal vez de un liderazgo individual de Guaicaipuro basado en sus cualidades como guerrero que en una coyuntura especial como la invasión española pudo haberse proyectado en la defensa de su territorio, que contaba con la cualidad de poseer las “minas” de oro más productivas de la región central, lo que llamaba más la atención de los conquistadores y cronistas españoles en comparación con otras zonas de aquellos valles y montañas que solamente podían proveer alguna mano de obra o bastimentos de supervivencia. Esto no niega que entre el grupo de los Teques existiese ya alguna tendencia hacia la dominación de las poblaciones y territorios vecinos, lo que explicaría las buenas relaciones establecidas por Diego de Losada con algunos caciques vecinos recelosos de los Teques, como lo fue el caso de Macarao, quien dio cobijo a las tropas de Losada en 1567, dotándolo de alimentos y recibiendo su promesa de protección de otras amenazas tribales.


El indio principal o cacique del grupo tribal de los Teques hacia los años finales de la década de 1550 y parte de la de 1560 fue el célebre Guaicaipuro, un destacado guerrero con su “lanza de palma asada”, definición posible de la propia palabra Guaicaipuro, que conforme al conocimiento del Dr. Juan Ernesto Montenegro, definía en lengua caribe al hábil portador de una lanza asada al fuego para endurecerla

Alberto Navas Blanco

Como nos enseña el trabajo de etnología histórica del profesor Mario Sanoja, estos grupos Caribes eran migrantes provenientes de culturas (Barrancoide y Arauquines del Orinoco), quienes se desplazaron hacia las regiones centrales del territorio (hoy Venezuela) para ocupar las fértiles franjas lacustres de Tacarigua (Valencia) y proyectarse hacia los altos valles, montañas y costa Litoral Central, todo ello durante el llamado período Neoindio entre los siglos  III y VIII D. C. Es decir, que unos 700 años antes de la llegada de los españoles, ya los grupos caribes dominaban estos territorios y poblaciones centrales, en comunidades aldeanas cacicales, con dominio inicial de la agricultura, artesanía e intercambios comerciales, sin excluir la caza y la recolección, con manifestaciones culturales de variada complejidad como la expresión gráfica en algunos petroglifos y ritos ceremoniales. Pero ciertamente, estos avances hacia el neolítico precolombino no daban suficientes estructuras tecnológicas, institucionales ni mentales para enfrentar la invasión de la modernidad violenta de la conquista. De allí que se caen por su propio peso las tesis pseudo antropológicas de un posible pensamiento político de Guaicaipuro, no solamente porque el cacique no pudo haber leído a Maquiavelo, sino principalmente porque las estructuras de dominación tribal de aquellos caribes no podían aún, ni tampoco necesitaban usar patrones propios de un sistema político más complejo y especializado.

En consecuencia, las posibles acciones heroicas de Guaicaipuro hay que entenderlas en su contexto de defensa tribal de la región montañosa en la que le correspondía su prestigio como «Cacique de los Teques», así como por las relaciones que ese prestigio de guerrero le daba para poder concertar con los grupos caribes vecinos algunas acciones ofensivas y defensivas frente a los conquistadores extranjeros. Como hemos ya señalado, la importancia especial del territorio de los Teques y por ello la de Guaicaipuro, deriva del valor otorgado a la “minas” de oro descubiertas en tiempos de Francisco Fajardo en aquella región, tanto así que el gobernador de la provincia Pablo Collado (1559-1561), en un ataque de codicia desplazó a Fajardo como su Teniente y lo sustituyó por Pedro de Miranda, quien comenzó a labrar el oro a fuerza de esclavitud indígena y de algunos africanos. Poco después, fue el terrible Juan Rodríguez Suárez (prófugo de la Audiencia de Santa Fe) designado como teniente del gobernador sobre la región y su “Real de Minas”, este sanguinario conquistador impuso la paz del terror sobre los Teques, pues ya se había logrado derrotar a Guaicaipuro en al menos cinco ataques contra las dichas minas de oro. Pero el dicho “Caballero de la Capa Grana” se confió de haber pacificado a los guerreros de Guaicaipuro y se atrevió a salir de razia contra los indios Quiriquires de los valles del Tuy, dejando desguarnecidas las minas, por lo que no se hizo esperar un ataque final de los indios Teques, quienes arrasaron con el campamento minero, matando algunos españoles, esclavos africanos, indios de servicio y a dos niños mestizos que eran hijos de Rodríguez Suárez. Una victoria tribal sobre población casi desarmada, que muy poco tiene de hazaña para el jefe Guaicaipuro. Cuya ferocidad inhumana hay que entenderla dentro del contexto de una guerra de aniquilación por ambas partes. Pero que tampoco eran acciones heroicas de ninguno de los dos lados de la crueldad.

También en la llamada “Batalla de San Pedro” en 1567, el capitán Diego de Losada, definitivo fundador de la ciudad de Santiago de León de Caracas, derrotó con su caballería, arcabuces, espadas y lanzas, al primitivo ejército de Guaicaipuro, que apoyado por algunos Tarmas y tal vez Mariches, trataron de cortar el paso al nutrido ejército de Losada, con sus guaicas de palma, garrotes, piedras y flechas. Con el apoyo del Gobernador Pedro Ponce de León, Losada salió desde el Tocuyo en enero de 1567, contando con 20 hombres de caballería, 50 arcabuceros y 80 rodeleros (infantería de espada y lanza con escudos), según Oviedo y Baños, además de 800 indios y esclavos africanos de servicio, 200 bestias de carga y gran cantidad de ganados. En esta oportunidad, Losada también consideró pacificado el territorio montañoso de los Teques y siguió camino a Macarao, con meta hacia la fundación de Caracas. El fundador consideró de mayor peligro las fuerzas de los Mariches y hacia ellos dedicaría su mayor esfuerzo militar. Para la segunda mitad del año 1567 llegan a Caracas desde Margarita apoyos del capitán Juan de Salas, con bastimentos, 15 soldados españoles y 50 indios guaiqueríes, dándole fuerza adicional a la nueva ciudad. Todos estos datos nos indican que, en buena medida, la guerra de conquista fue una pequeña guerra civil, en la que indígenas de Margarita y el Tocuyo apoyaron y también combatieron como “amigos” de los españoles y mestizos conquistadores, opacando la tesis de la mal entendida resistencia indígena que, como en el Perú y México no fue absoluta ni efectiva contra las alianzas entre hispanos, mestizos e indígenas unidos en favor de la conquista.


En consecuencia, las posibles acciones heroicas de Guaicaipuro hay que entenderlas en su contexto de defensa tribal de la región montañosa en la que le correspondía su prestigio como «Cacique de los Teques», así como por las relaciones que ese prestigio de guerrero le daba para poder concertar con los grupos caribes vecinos algunas acciones ofensivas y defensivas frente a los conquistadores extranjeros

Alberto Navas Blanco

Por otra parte, la supuesta “Batalla de Maracapana” (una sabana alta ubicada entre la serranía del Ávila y la ciudad recién fundada) de 1568, ya estudiada y parcialmente desmentida por el cronista y profesor Guillermo Durand, fue un combate más de retirada que de ataque indígena sobre Caracas. Pues la sospechada coligación de jefes tribales, entre quienes destacaban los caciques y sus hombres, como Naiguatá, Guaicamacuto, Prepocunate, Aricabacuto, Chacao, Baruta, etc. pero que no llegando a la cita los hombres de Guaicaipuro ni los Tarmas, por haber sido interceptados por algunos soldados españoles que habían salido de Caracas en busca de alimentos en las sementeras indígenas. Pues al no presentarse Guaicaipuro con sus Teques y Tarmas, cundió la desconfianza entre los caciques, quienes comenzaron a desistir y a retirarse de la maniobra de ataque por sorpresa, mientras que otro grupo sí intentó continuar el asalto. Diego de Losada a caballo y acompañado de solo 30 hombres desbarató el ya fallido ataque, siendo el verdadero héroe del combate no el ausente Guaicaipuro, sino el indio Tiuna (natural de Curucutí), quien con media espada enhastada en su lanza (guaica) desafiaba y hería a los soldados españoles, hasta que un indio amigo de los españoles, criado por Francisco Madrid, atravesó el corazón del bravo Tiuna con una certera flecha. El idolillo de oro y los brazaletes dorados arrebatados a Tiuna indican que era un guerrero importante, mientras que los “bravos” teques permanecieron en sus montañas a salvo.

En una operación judicial y policial, Losada intentaba finalmente capturar o matar al cacique Guaicaipuro, cosa que se le encomendó al alcalde Francisco Infante quien, con guías indígenas informados del paradero del cacique, y con unos 80 hombres, atravesaron unas cinco leguas hasta la fila de una loma desde donde se visualizaba el caserío donde se refugiaba el objetivo, y bajando con unos 50 hombres Sancho de Villar se encargó del asalto a la gran Choza de Guaicaipuro, quemándola para obligarlo a salir a combatir fuera, quien se defendió con un estoque que en algún momento había capturado, para finalmente morir bajo las espadas españolas junto a 22 de sus guerreros que habían acudido a defenderlo. Esta nueva derrota del arrojado Guaicaipuro en 1568, llama la atención por la relativa facilidad de su búsqueda, ubicación y captura como cadáver, apenas defendido por 22 guerreros, gracias a la información con que contaban los indios guías amigos de los españoles. Ello nos revela que las tropas de Guaicaipuro estaban ya desbaratadas desde la batalla de San Pedro en 1567, como el hecho de que el predominio de gritos y lamentos venía de mujeres y niños, que señalaba la posible escasez de hombres de armas y también la necesidad del arrojado cacique de apoyarse de guerreros Tarmas, vecinos de los Teques. Como también puede explicar la ausencia de los Teques en el combate de Maracapana, retenidos fácilmente por las fuerzas de Pedro Alonso Galeas, frustrando la última oportunidad indígena de acabar con nuestra Caracas.

El mito que oculta al verdadero Guaicaipuro, un cacique arrojado pero derrotado, culmina con las evidencias documentales del sometimiento a encomienda del grupo tribal más cercano a Guaicaipuro, como lo demuestra la documentación que reposa en el Archivo General de Indias de Sevilla, que pudimos leer personalmente junto al Profesor Guillermo Durand, en un expediente denominado: “Pleito seguido por Cristóbal de Cobos vecino de la ciudad de Santiago de León de Caracas contra Andrés González de la misma ciudad sobre la encomiendas de indios  de Guaicaipuro y sus anexos” de 1595, de lo cual también reposa una copia-traslado en la Academia Nacional de la Historia de Caracas, realizada por Froilán de Río Negro, investigador contratado por el gobierno de Venezuela en los tiempos del General Juan Vicente Gómez.

La ferocidad “heroica” de figuras guerreras como la de los caciques indígenas, como la crueldad “heroica” de los conquistadores españoles, no soportan el análisis crítico de la historiografía documental y contextual, por más que algunas melancolías folclóricas, interesadas y remuneradas, quieran inventar símbolos de los que en realidad solo fueron humanos sometidos a una guerra desigual y con muy poca piedad por el enemigo vencido. La consecuencia menos cruel de aquellos tiempos fue aquella esclavitud disimulada que fue la encomienda de indios, una injusticia continuada hasta nuestro siglo XXI, cuando los pocos sobrevivientes de nuestras poblaciones indígenas sufren de la pobreza, el abandono, la explotación y la represión cuando reclaman sus derechos. Han pasado ya casi cinco siglos de estos acontecimientos y la situación de los descendientes de aquellos aborígenes no es necesariamente mejor que la de tiempos de Carlos V y de Felipe II.


ALBERTO NAVAS BLANCO| [email protected]

Licenciado en historia de la Universidad Central de Venezuela, doctor en ciencias políticas y profesor titular de la UCV.

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