En primera fila | Mis días en la frontera

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En estos días, mientras revisaba mi carrete de fotos, me tropecé con la imagen que un colega me había tomado en la frontera mientras cubría todo lo relacionado con la entrada de la ayuda humanitaria a Venezuela. Mi estancia en territorio colombiano me enseñó sobre paciencia, me hizo ver lo que significa Venezuela para mí, y me confirmó que la fotografía es una parte vital en mi vida. A principios del mes de febrero me enviaron al país vecino a documentar un hecho que, lamentablemente, ese día no sucedió: el ingreso de la ayuda humanitaria a un país en emergencia.

Eran, aproximadamente, las 4:00 de la mañana de aquel 23 de febrero. El día anterior había cubierto el #VenezuelaAidLive en Tienditas, estaba agotado, Mariana Duque (mi compañera periodista) y yo teníamos casi un mes sin descanso en la frontera. No quería pararme de la cama ni para comer. Antes de acostarme dejé todo listo para salir rápido, el día prometía noticia y tenía la esperanza de que fueran buenas. A eso de las 6:00 am ya desayunábamos junto al equipo de El Pitazo, al tiempo que comenzaba el movimiento en el puente Simón Bolívar. Al llegar a la frontera los policías colombianos nos alertaron de que la zona estaba peligrosa y que trabajaríamos bajo nuestro riesgo, y lo asumimos.

Sobre el puente, los venezolanos que estaban del lado colombiano despejaron la vía. La Guardia Nacional había colocado obstáculos durante la madrugada para evitar el paso de los camiones. Alrededor de las 6:40 de la mañana ya había heridos. Registraba lo que sucedía y enviaba directo el material a la redacción.

Durante varias horas los manifestantes intentaron convencer a la Policía Nacional Bolivariana de que se unieran a ellos y que permitieran el ingreso. Los uniformados no decían nada, pero las expresiones en sus caras decían demasiado. Periodistas, fotógrafos y videógrafos de todo el mundo observaban.

Me preocupaba lo angosto del puente, si reprimían la manifestación se generaría una estampida. Era peligroso, para todos.

Pasado el mediodía, los diputados de la Asamblea Nacional informaron que los camiones con la ayuda estaban llegando al puente y mandaron a los manifestantes a acompañarlos. Con banderas en mano y gritos pedían el ingreso de la ayuda. Los funcionarios, con sus escudos, seguían órdenes. No se movían.

“Permitan la ayuda, no queremos violencia… déjenla pasar”, se escuchaba una y otra vez. Nadie hizo caso y comenzó el forcejeo. Usaba una mano para hacer fotos con una Canon t6i con un 18-55mm y, en la otra, tenía una GoPro con la que grababa. Mi espalda chocaba con los escudos y mis cámaras estaban muy cerca de las reacciones de la gente.

Varios hombres comenzaron a halar escudos y las primeras lacrimógenas cayeron entre la multitud. Disparos de perdigones al aire y el pánico se apoderó de la escena. La gente volvió a territorio colombiano. Yo temía tropezarme y caer. Agarré mis equipos con más fuerza de lo común y me alejé con las personas afectadas.

Mientas caminaba con el paso apurado sentía empujones, golpes y veía, poco a poco, a camarógrafos y fotógrafos con sus equipos tirados en el piso. Ya comenzaba a respirar suave y siempre por la nariz, para que el gas afectara menos.

Me puse “a salvo”, tosí, tosí y tosí y cuando volví a levantar la mirada comencé a ver decenas de personas en el piso afectadas por los gases. Comencé a fotografiar de nuevo.

Vi cómo a un policía colombiano le cayó una bomba en la cabeza mientras asistía a una mujer desmayada. Al mismo tiempo las piedras llovían en primera fila, decidí acércame y no paraba de disparar con mi cámara. Me ubique detrás de una valla y era aterrador sentir y escuchar el choque de los proyectiles contra los metales. Ese mismo sonido no cesó durante varias horas.

No tenía chaleco ni máscara, ni casco. Colegas venezolanos tampoco tenían cómo protegerse. Como yo, otros salían llorando y tosiendo entre las nubes de gas.

Un funcionario de la Faes se entregó minutos después de que comenzaron los enfrentamientos. La gente no entendía, unos querían lincharlo, otros le agradecían y levantaban su puño en señal de victoria. La expresión de su rostro era agridulce. La escena se repitió varias veces, pero con guardias nacionales. Fotografiarlos era igual que entrar a una trifulca. Los golpes venían de todas las direcciones, mientras otros intentaban defenderlos hasta llegar a la sede de migración. Recuerdo que intentando hacerle fotos a uno, brinqué un arbusto de ramas con púas. Mis piernas quedaron marcadas. Pero logré capturar el momento.

Seguidores de Maduro estaban detrás de los escudos de los militares que reprimían. Desde allí lanzaban piedras contra opositores. Lo mismo pasaba debajo del puente Simón Bolívar.

En la avenida Venezuela, del lado venezolano, también había represión por parte de las autoridades y de los paramilitares. Las detonaciones también se escuchaban estando en La Parada.

Así se nos fueron unas cuatro horas.

La gente estaba sobre las gandolas en la entrada del puente. Por decisión de Guaidó las cargas debían regresar al centro de acopio pues ya era claro que el Gobierno de Maduro era capaz de todo menos de permitir el ingreso de la ayuda. La gente quería seguir intentándolo, pero fue inútil. Las gandolas se fueron y el conflicto se prolongó hasta pasadas las 8:00 de la noche. La gente se retiraba con impotencia, con rabia y cansada. Ese día, ese 23 de febrero, la ayuda no pasó, no llegó a su destino.

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