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viernes, 23 abril, 2021

En los 65 años de Fe y Alegría, unámonos por la educación

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El otro día estábamos compartiendo en una reunión con personas de varios lugares del país y pregunté si sabían de escuelas, públicas o privadas, que hubiesen cerrado o hubiesen reducido el número de secciones. No éramos muchos, no más de 10. Acto seguido,  comenzaron a contar: “En Mérida –-dijo una– se cerró una, vía El Valle, por falta de maestros. Afortunadamente, un centro de Fe y Alegría pudo absorber a los estudiantes”. Otro contó que en el caserío de Los Algarrobos, en Apure, se había cerrado una escuela granja por falta de alumnos. Y una compañera de Ciudad Guayana comentó que sabía de una, en el populoso sector de Unare, que había reducido drásticamente su número de secciones por falta de alumnos y maestros. Y así siguieron…

Me  hubiese bastado una sola para quedarme preocupada, pues de paso no conocemos prácticamente ninguna nueva; conocemos repotenciadas, pero no nuevas, que significan la ampliación de ofertas para la cobertura escolar… Si usted sabe de una, me avisa. ¿Dónde están los niños, niñas y adolescentes? ¿Qué presente y qué futuro van a tener esos niños que hoy no estén estudiando?

Veamos cifras mayores: en el informe sobre la situación de los Derechos Humanos de Provea del 2019 leemos que, según cifras oficiales, en 2018 se contabilizaban 29.412 planteles. Parece un número grande, pero cuando nos dicen que esa cifra en comparación con los datos de 2017 supone 848 centros educativos públicos menos y 447 centros privados menos, en total 1.295 colegios menos… ¡Es para llorar! 

Sigamos. Cuando UNICEF dice que en Venezuela hay un millón de niños, niñas y adolescentes fuera del sistema escolar entramos en la más profunda preocupación. Y completamos este breve y trágico panorama recordando el dato que arroja la encuesta de ENCOVI –-esa alianza de universidades y centros de investigación-–, solo la mitad de los escolarizados asisten con regularidad a las aulas. Faltan a clases por problemas de los servicios públicos, por problemas de alimentación y, añado, porque muchos se han quedado sin sus padres y eso los vuelve más vulnerables…

Lo mínimo que podemos concluir es que la educación venezolana está en emergencia compleja, pues por donde la miremos hay un drama. 

No sorprende a nadie que haya centros que se estén cerrando por falta de docentes. Cuando recordamos el dato sobre la remuneración de los que trabajan en centros públicos y los subvencionados como los de Fe y Alegría y se sabe que en Latinoamérica, fuera de Haití y Cuba, los educadores que están comenzando ganan entre 250 y 300 dólares… ¿Cómo pedir actos de heroísmo todos los días a los nuestros? Y les recuerdo: Sin  maestros no hay escuela.

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Se comprenderá entonces el lema de Fe y Alegría al celebrar su 65 aniversario: Unidos por la educación. No es un lema para nosotros, la gran familia del corazón, sino que es un llamado al país: tenemos que hacer un pacto a favor de la educación, hoy amenazada y ya con muchas víctimas, todos los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, que están fuera del sistema escolar, no tienen rutina escolar y todos los docentes que renuncian llorando, porque les gusta lo que hacen, porque quieren a sus alumnos, porque es una renuncia forzada.

Fe y Alegría sabe de momentos difíciles.  Nació en plena dictadura militar, aquella que presidía Pérez Giménez. Sus primeras décadas fueron de muchas penurias. Pero el Padre Vélaz, ese que desencadenó el entusiasmo, que sembró el optimismo antropológico según el cual hay más gente buena que mala y se pueden juntar los pobres y los no tan pobres alrededor de una bandera, como el de la educación, decía cosas como esta: “ Fe y Alegría no se puede casar con la desesperanza. Nuestra vocación es ser personas de activa esperanza frente a ese escenario inmenso de pobreza y miseria de gran parte de la humanidad. Atreverse a más en Fe y Alegría es renovarse, rejuvenecerse y acumular victorias”.  

Si contextualizamos esas palabras de nuestro fundador, tenemos que atrevernos hoy a defender el derecho a la educación de todos los niños y niñas de Venezuela, no quedarnos en la queja o simplemente ver cerrar escuelas o aulas medio vacías. Hay que insistir en “cuidar a los cuidadores”, los maestros, para que tengan un salario digno, que no tengan que pensar de dónde sacarán para el pasaje cada día, que no tengan que ir con zapatos rotos a trabajar. Nuestra educación tiene que formar para incrementar la resiliencia de nuestros estudiantes, ese arte de reinventarse ante la adversidad. Tiene que formar ciudadanos y ciudadanas porque tenemos déficits de ciudadanía en este país. Tiene que educar para la convivencia fraterna…

Tenemos que atrevernos a mirar el aquí, pero pensando también más allá. Y esta tarea no es ni de un día ni es de pocos, aislados: un pacto por la educación.  No puede ser una tarea solo de docentes y de los padres y representantes. Los que toman decisiones, los importantes y los anónimos, los medios de comunicación… en fin, los que les importa el presente y el futuro del país.

Nos alimentamos con los rostros de los niños y niñas, los que están dentro de las aulas y los que están afuera que hablan con sus miradas. Alimentamos la esperanza cuando vemos el esfuerzo de los maestros que perseveran, de las madres haciendo malabares para que sus hijos vayan a la escuela. Nos alimentamos recordando al Padre Vélaz, y repetimos: “que la gente es  buena, que la gente quiere ayudar, que el mundo tiene mucha más gente buena que gente mala”. (Vélaz, 1963). 

Luisa Pernalete es educadora en zonas populares por más de 40 años. Utiliza el sentido del humor como herramienta pedagógica | @luisaconpaz

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