El quid está en cambiar la distribución de la riqueza

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Desde 1978, luego del fulgor del boom petrolero de comienzos de esa década, comenzaron a voltearse las cifras en la repartición de la riqueza, en gran parte motivada por el desgaste y disminución de la enorme renta petrolera y su capacidad para dinamizar la actividad económica. En cinco años, del 65-35 a favor del trabajo se pasó a 45-55 a favor del capital.

Por: Pedro Arturo Moreno

El 18 de febrero de 1983 —último año de mandato de Luis Herrera Campíns— es conocido como el “viernes negro”. Esa fecha refiere al comienzo en Venezuela de varios procesos simultáneos.

El más evidente era el inicio de la devaluación del bolívar y de la dolarización soterrada de la economía venezolana. En segundo lugar, era el comienzo de la debacle del bipartidismo —que se confirmaría 10 años después de la mano de uno de sus creadores: Rafael Caldera—.

Junto con esa hecatombe irrumpiría el desmejoramiento, continuo, progresivo, pero indetenible, del sistema de protección social que se había edificado en dos décadas.

Para quienes eran un poco más acuciosos —y que habían ya advertido la arrancada de un tercer proceso—, era también la evidencia de la sostenida reversión de la distribución de la riqueza en favor del capital. Por ende, en detrimento de la alícuota que correspondía al trabajo.

Eran tiempos en que se podían sacar esas conclusiones con base en los datos que suministraba el Banco Central.

Un boom y las riquezas cambiaron de manos

Desde 1978, luego del fulgor del boom petrolero de comienzos de esa década, comenzaron a voltearse las cifras en la repartición de la riqueza, en gran parte motivada por el desgaste y disminución de la enorme renta petrolera y su capacidad para dinamizar la actividad económica.

En cinco años, del 65-35 a favor del trabajo se pasó a 45-55 a favor del capital, cifras gruesas basadas en mi memoria ya un poco senil.

Las evidencias empezaron a manifestarse en el deterioro del sistema escolar —en primer lugar, en niveles de primaria y bachillerato—; en el desvanecimiento del salario, atacado duramente por la bonificación, que a su vez destruía el sistema de seguridad social.

Otra evidencia fue el deterioro creciente de la infraestructura estatal de salud y del Instituto de Previsión y Asistencia Social el Ministerio de Educación (Ipasme), y la mengua de los seguros de HCM de los empleados públicos. También se desmejoró significativamente la atención a la infraestructura vial y no se crearon nuevas líneas de comunicación.

La nueva distribución de la riqueza no favorecía a los trabajadores, en absoluto, pero tampoco a los industriales ni a los productores del campo.

La guinda de la torta la coloca en el 89 el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien se convierte en adalid de una política de shock neoliberal y privatizadora en favor del capital internacional.

Aunque la gente —luego del inocuo gobierno de Lusinchi— eligió a CAP pensando en el “pleno empleo” y el “ta’barato, dame dos” de su primer gobierno, se tropezó con el paquetazo de Miguelito Rodríguez y reaccionó con una violencia inusitada: el “Caracazo”…

Los chavistas que enfrentan a Maduro, pero aún exculpan al “comandante eterno” de este desastre, no han advertido que Chávez dio continuidad —pero escondiéndose en un falso discurso de soberanía, y cubierto por ese nuevo boom petrolero de comienzos de siglo— a lo que había iniciado CAP en 1989: la entrega del país a potencias imperialistas

La diferencia esta vez, fue que en lugar de favorecer a EE. UU. y Europa, se hacía con China y Rusia. Baste que revisen el artículo 301 constitucional y las leyes sobre la doble tributación, que elevan por los cielos el capital internacional y sus esperadas ganancias.

Hago toda esta disertación para sustentar que las luchas de los trabajadores venezolanos, apartando formas, conveniencias o métodos, deben centrase todas en torcer lo que ha venido siendo una distribución de la riqueza que favorece a la producción en tierra extranjera —y al capital, en general— y que nos aplasta en la posibilidad de elevar crecientemente nuestras capacidades productivas y de la existencia de salarios dignos.

Si así lo hacemos, contaremos también con el apoyo de los pequeños y medianos productores del campo y la ciudad, e incluso de muchos industriales que quisieran apostar a un desarrollo nacional que privilegie el made in Venezuela.

PEDRO ARTURO MORENO | @pedroxmoreno / instagram: pedroxmorenobr

Secretario Ejecutivo de la CTV, responsable de DDHH. Trabajador gráfico: corrector de pruebas y editor

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