El peso de Rusia sobre Europa

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Europa, geográficamente es apenas, comparativamente, un pie de ese gigante euroasiático, como lo pueden ser las grandes penínsulas de la India o la arábiga. Sin embargo, el peso cultural mundial de esas tres macro penínsulas ha sido siempre mucho mayor que el de la inmensidad de la Rusia tradicionalmente eslavófila e inevitablemente autoritaria para poder controlar semejante territorialidad espacial.


Por: Alberto Navas Blanco

Estando en el Cabo de Roca (Portugal), a 9 grados 30 minutos 2 segundos de longitud occidental, creemos estar en el extremo más occidental de Europa, cuando en realidad es el extremo atlántico de un inmenso continente Euroasiático, cuyo otro extremo se prolonga hacia el oriente en las lejanas costas del estrecho de Bering, con cerca de 10.000 kilómetros de distancia hacia el Este.

Europa, geográficamente es apenas, comparativamente, un pie de ese gigante euroasiático, como lo pueden ser las grandes penínsulas de la India o la arábiga. Sin embargo, el peso cultural mundial de esas tres macro penínsulas ha sido siempre mucho mayor que el de la inmensidad de la Rusia tradicionalmente eslavófila e inevitablemente autoritaria para poder controlar semejante territorialidad espacial. Pues, como lo dijeron los griegos hace más de dos mil años, la democracia solo es posible en poblaciones y territorios limitados y ya sabemos que los imperios despóticos son históricamente asociados a regímenes con alta concentración del poder.

Vladimir Putin es solo el continuador de un reclamo histórico ruso, en mi concepto, occidentalista y eslavófilo a la vez, que inició el Zar Pedro I “El Grande” Romanov (1672-1725) para afirmar la autoridad interna sobre ese extenso territorio, como también para expandir la presencia rusa hacia el Occidente y al mundo moderno. Buscaba ese camino expansivo hacia el Mar Báltico procurando una salida al Atlántico y, por ello, también hacia el mar Negro, tratando de salir al Mar Mediterráneo y superar el bloqueo que mantenía el Imperio Otomano.

Debemos entender que, posteriormente, la Guerra Fría y la capacidad nuclear le dieron a Rusia (entonces URSS) una vocación mundial mayor e inesperada, que al disputar el poder a las grandes potencias tradicionales creó, desde 1945 hasta nuestros días, un escenario global de tensiones y guerras. En este recorrido, la guerra de Ucrania de 2022 no es sino un capítulo más de un proyecto geopolítico de mayor y antiguo alcance, que parece consolidar el avance de la Federación Rusa sobre las regiones controladas relativamente por Occidente y el poco eficaz accionar de las fuerzas de la OTAN.

Para Rusia la guerra con Ucrania es un conflicto de recuperación, que le viene dando resultados desde la ocupación de Crimea en 2014, y que nos presenta un régimen que necesita un permanente estado de guerra externa (Chechenia, Georgia, Siria, Crimea, Ucrania y el Sahel africano). En esa realidad, según analistas como Guy Sorman, no se comprometen soldados de estricto origen ruso sino jóvenes reclutados en las lejanas regiones de Asia Central y del extremo Norte (¿carne de cañón?), sin comprometer, tampoco, sus mejores unidades.

Rusia nunca ha dejado de ser un imperio colonial, hoy resguardado bajo su capacidad nuclear y alta tecnología militar y naval, con la mira puesta en reactivar su influencia en el Ártico, el Mar de Azov, el Mar Negro, el Mar Báltico, los estrechos de Bósforo y Dardanelos, las Islas Kuriles del Pacífico, pero también con el ojo puesto en Irán y, posiblemente, soñar con base una naval en el Mediterráneo Occidental, que podría estar en algún lugar inestable del Norte de África o, ¿por qué no?, algún foco autonomista como Cataluña, difícil pero no imposible.

Las llaves sobre el flujo de gas, petróleo y cereales son armas complementarias a los nuevos portaaviones y misiles hipersónicos (Zircón) que Rusia comienza a fabricar y desplegar. A todo ello hay que agregar la coordinación antioccidental que Rusia mantiene con potencias como China e Irán en el conflictivo escenario global. Salvo por la reciente y limitada reactivación de la OTAN, Occidente ha sido demasiado complaciente y ambiguo frente a los avances de sus contrarios, ocupados en asuntos internos se han descuidado, desde los EE. UU. y la Unión Europea, focos y amenazas de peligrosidad latente, como la han sido hoy la Ucrania y en un futuro la América Latina.

El mejor ejemplo de este neoaislacionismo (por no hablar de la inmovilidad de la ONU) se encuentra en Irán, que ha logrado sobrevivir a grandes presiones y aún así expandir su influencia, pues como lo señala el vicepresidente del Parlamento Europeo, Nicola Beer (Informe publicado en Le Monde, agosto 2022) Irán ha logrado acumular 43 kg de Uranio altamente enriquecido, suficiente para producir, al menos, una bomba nuclear y el aliado principal del Irán es nada menos que Rusia.

Mientras tanto y por mucho tiempo Rusia seguirá siendo un gran Oso sentado sobre los límites de Europa Oriental, siempre con ganas de entrar a saborear su miel. Y Ucrania seguirá un destino similar al de México con relación a los EE UU, una relación de vecinos incómodos, con buenos y malos momentos, que no encuentran como diferenciar una violación de una seducción, sobre todo porque la Federación Rusa sabe que Occidente no se puede jugar todas sus cartas por Ucrania, que por mucho que quiera ser europea no cuenta con las ventajas y el poder de Turquía.

ALBERTO NAVAS BLANCO |

Licenciado en historia de la Universidad Central de Venezuela, doctor en ciencias políticas y profesor titular de la UCV.

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