El país de las injusticias

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Justicia: todo aquello que debe hacerse por derecho o razón; acto basado en valores esenciales para la vida, como lo son el respeto, la equidad, la igualdad y la libertad. Aristóteles sostenía que la justicia es la única virtud de una persona que es considerada como el bien de alguna otra, ya que ella asegura una ventaja para otra persona. Según él, la justicia es la excelencia por la que cada uno tiene lo suyo y de acuerdo con la norma, mientras que la injusticia, cuando se tiene lo ajeno y contra la norma.

Escenarios distintos y con distintos protagonistas nos muestran a diario que el concepto de justicia está desfigurado en nuestra sociedad. La cotidianidad se presenta a diario como una gran cadena de actos que no deberían pasar como pasan, que llegamos a ver con normalidad y hasta con indiferencia.

Decenas de mujeres dando a luz en las calles o en las puertas de los hospitales, ancianos haciendo colas interminables en los bancos, ciudadanos durmiendo en sus carros para poder llenar su tanque de gasolina, presos y torturados por manifestar sus ideas públicamente, maestros y profesores universitarios viviendo de las dádivas de sus familiares, niños muriendo mientras esperan un trasplante de órgano, miles de personas queriendo salir del territorio para vivir en otro en el que consigan justicia. Estos son solo algunos de los escenarios con los que nos topamos a diario.

Siguiendo las ideas del filósofo Reyes Mate, existe una complicidad entre memoria y justicia. La memoria está al alza. Se habla por doquier de memoria de las víctimas, ya sean del Holocausto, de la Guerra Civil, de la esclavitud, de las colonias, de la conquista. Esta explosión memorial tiene que ver con un desarrollo del concepto filosófico de memoria a lo largo del siglo XX cuyo vértice es la afirmación de que la «memoria es justicia». Porque la memoria hace visible lo invisible. Así vemos cómo la justicia es una memoria determinada de la injusticia; la memoria permite una actualización crítica de la antigua justicia general y nos marca la pauta para las futuras acciones que consideramos justas. Pero la justicia no es del orden del discurso, sino de las acciones. Así, la justicia general clama el desarrollo de todos y cada uno de los talentos individuales puestos en práctica, y por eso, ninguna injusticia es comparable a la frustración del proyecto de vida de cada individuo.

Ese proyecto se ve truncado en nuestro día a día porque las condiciones sociales y laborales son extremadamente pobres, en el sentido moral y en el sentido económico, carentes de lo mínimo, de salarios dignos que puedan ofrecer la oportunidad de crecer y prosperar. Aquí, en nuestro país, la visión aristotélica de la justicia como virtud, que asegura una ventaja para el otro, no tiene cabida. El otro siempre está en desventaja: solo unos pocos tienen la fortuna de lograr lo que quieren. No hablo del otro como diferente, sino del otro como semejante, como miembro de la comunidad, como uno más.

La injusticia, por su parte, tiene el carácter de culpa en quien la produce, y de responsabilidad en quien la hereda. Pero son muchas las injusticias definitivamente olvidadas. Tener presente todas las injusticias supera la capacidad humana, y como es esperado en un ser humano sano, logramos ponerlas de lado para encontrar paz y poder continuar.

Todos sabemos lo que es sentir que algo es injusto. Reconocemos las injusticias porque tenemos un sentido de la justicia que es previo a cualquier reflexión teórica. Un sentido moral común y universal. Entonces, nos preguntamos cómo es que nos hemos acostumbrado a verlas y a sentirlas sin alzar nuestra voz.

Aun cuando pareciera haber una relación entre los sectores menos favorecidos económicamente y su acceso a la justicia, hoy en día hasta el profesor universitario más preparado y formado padece en la búsqueda de la canalización de sus reclamos. Solo las élites políticas y económicas encuentran los canales para solucionar sus problemas relacionados con el ejercicio de sus derechos sin tener que acudir, muchas veces, a las instituciones de justicia. Esta situación agrava y agranda la desigualdad tanto criticada en tiempos remotos, además de que pone en duda la legalidad de las situaciones.

Cierro mi reflexión con las palabras del escritor polaco Tadeusz Borowski (2014): «No hay belleza si está basada en el sufrimiento humano. No puede haber una verdad que silencie el dolor ajeno. No puede llamarse bondad a lo que permite que otros sientan dolor».


KARINA MONSALVE | TW @karinakarinammq IG @psic.ka.monsalve

Psicóloga clínica del Centro Médico Docente La Trinidad.

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