El corazón, asiento de la emoción

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“Se puede sucumbir por un corazón roto,
es un hecho comprobado científicamente.
El corazón se me está desgarrando
desde el primer día que nos conocimos.
Ahora mismo siento cómo duele en el fondo de mi pecho,
igual que cuando estamos juntos.
Late a un ritmo desesperado, como diciendo: Ámame. Ámame.
Ámame”. Abby McDonald.


Por: Paulino Betancourt

Podemos tener un amor y también perderlo. Esa es una gran emoción para un órgano que es, esencialmente, un gran músculo. A lo largo de los años, el corazón ha pasado de ser el centro nervioso del cuerpo a la casa simbólica del alma y a una maravilla biomecánica. Los orígenes del símbolo clásico del corazón roto por el desamor, todavía se debaten. 

A muchos de nosotros se nos ha enseñado que los antiguos egipcios pensaban que el cerebro no valía nada, que sus embalsamadores lo sacaban por la nariz durante la momificación y lo tiraban. Mientras tanto, el corazón se conservaba en un frasco de alabastro para que, en la otra vida, pudiera contrastarse contra una pluma que determinaba el destino del alma de su dueño. No es que los antiguos egipcios pensaran que el cerebro era irrelevante, simplemente no importaba tanto como el corazón. 

Los filósofos griegos y romanos antiguos consideraban igualmente importante al corazón. Aristóteles, en el siglo IV a. e. c. postuló que el corazón era la fuente de vida y el centro del sistema nervioso. Aproximadamente 500 años después, el médico romano Galeno argumentó que los nervios estaban conectados al cerebro. Pero estuvieron de acuerdo en un punto crucial. Tanto Galeno como Aristóteles creían que nuestras emociones, se rigen por lo que llamaron  “humores”, refiriéndose a sangre, flema, bilis negra y amarilla. Dado que se creía que el corazón batía y calentaba la sangre, podría afectar las emociones y cómo reaccionamos ante las cosas. Estos filósofos aceptaron una jerarquía del cuerpo, con órganos como los genitales y el hígado ligados a la cualidad de lo físico o material, mientras que el cerebro era la sede de la razón y la lógica. El corazón, por estar físicamente ubicado en el medio del cuerpo, cerraba la brecha: el amor es tanto físico como metafísico, y la ubicación del corazón lo demuestra porque está entre el hígado y el cerebro.

Además de su relación con los cuatro humores, el corazón como asiento de la emoción ha tenido un sentido simbólico. ¿Por qué el corazón adquiere significados tan especiales? Creo que no es solo una cuestión de anatomía y fisiología, sino también de creencias culturales. El papel del corazón como asiento del alma se traduce en significado religioso. Durante la Edad Media, la gente creía que la bondad y la santidad podían manifestarse físicamente en el cuerpo, particularmente en el corazón. Tras la muerte de una persona que se consideraba santa y, por lo tanto, podría potencialmente ser canonizada, había que cumplir una serie de pasos. Uno de los primeros, junto con la recopilación de informes de los milagros que se les atribuían, era diseccionar su cuerpo para encontrar signos de santidad. En 1308, el cuerpo disecado de Clara de Montefalco, una monja que se le atribuye haber tenido visiones sagradas, fue examinado. La historia cuenta que dentro de su corazón había pequeños símbolos religiosos, incluido un crucifijo: prueba incuestionable de su santidad que ayudó en la campaña para su canonización. En el siglo XVI, los signos físicos de santidad eran menos extremos. Por ejemplo, un corazón agrandado podía ser una prueba física de buenas obras. Algo así como el Grinch al final de la obra, cuyo corazón creció en función de la cantidad de amor que albergaba. 


A muchos de nosotros se nos ha enseñado que los antiguos egipcios pensaban que el cerebro no valía nada, que sus embalsamadores lo sacaban por la nariz durante la momificación y lo tiraban. Mientras tanto, el corazón se conservaba en un frasco de alabastro para que, en la otra vida, pudiera contrastarse contra una pluma que determinaba el destino del alma de su dueño

Paulino Betancourt

Durante el Renacimiento, los científicos dieron grandes pasos en la comprensión del corazón, en parte gracias a las disecciones. Leonardo da Vinci produjo dibujos anatómicos detallados e incluso creó un modelo de vidrio del corazón, para comprender mejor su función y sus hallazgos comenzaron a apartarlo de Aristóteles y Galeno. El médico inglés William Harvey publicó en 1628 un relato que describe cómo funcionaba el sistema circulatorio. Después de eso, el modelo de Harvey dominó las discusiones médicas sobre el corazón, y el corazón como centro emocional comenzó a desvanecerse, al menos en el ámbito de la ciencia.

El lenguaje y la literatura ayudaron al corazón a mantener su papel simbólico en la sociedad. Escritores como Dante y Shakespeare, y los poetas a los que influyeron durante siglos en adelante, establecieron una especie de estándar para las nociones modernas de amor e intimidad. Sin embargo, en cierto modo, los antiguos tenían razón: la emoción no está relegada únicamente al cerebro y nuestro bienestar psicológico afecta a todo el cuerpo, incluido a nuestro corazón. 

Una conexión sorprendentemente común entre el corazón y las emociones se llama cardiomiopatía de Takotsubo o síndrome del corazón roto. En el síndrome del corazón roto, cuando un paciente experimenta una angustia emocional grave, literalmente la siente en su corazón. Sus hormonas aumentan y el ventrículo izquierdo del corazón se hincha, adoptando una forma redondeada como una trampa de pulpo japonesa tako-tsubo, de ahí el nombre oficial del síndrome, que hace que bombee sangre de manera menos eficiente. Cuando se hace un angiograma se observa que las arterias del corazón están bien, sin obstrucciones. Pero, en el síndrome del corazón roto, una parte del corazón se agranda temporalmente y no bombea de manera adecuada, mientras que el resto del corazón funciona con cierta normalidad. Los investigadores apenas están comenzando a comprender las causas, cómo diagnosticarlas y tratarlas. 

El síndrome del corazón roto deja en claro que, si bien es posible que ya no veamos el corazón como el asiento de la emoción, están increíblemente interconectados. La mente, el cuerpo y nuestro balance emocional van de la mano, tal como lo intuyeron los antiguos pensadores.


PAULINO BETANCOURT | @p_betanco

Investigador, profesor de la Universidad Central de Venezuela, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat.

El Pitazo no se hace responsable ni suscribe las opiniones expresadas en este artículo.

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