El comunismo y el resentimiento

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Por: Gloria Cuenca

El comunismo es una ideología de resentidos. Desde su creador Carlos Marx, judío pobre y con las cuentas siempre vencidas, abusador de su hija y maltratador de sus congéneres, pasando por Lenin y llegando a Mao y a Fidel Castro, hasta hoy. Cobrándole a la humanidad sus desgracias, resultado de sus vidas tristes, sobre todo en el comienzo de sus años. Al analizar sus historias, pequeñas biografías las llamaba Adolfo Herrera, comprendemos que sus vidas no fueron ningún lecho de rosas, pero ¿qué culpa tenemos los demás seres humanos de sus tragedias? Para nada, sin embargo cómo hemos pagado caro esas terribles vivencias. No fue fácil para mí, contradictorios lectores, llegar a la confluencia de esas dos situaciones: comunistas y resentidos. Tiempo de reflexión, de terapia, de lecturas y de densas conversaciones con mi inolvidable esposo, Adolfo Herrera (QEPD). En efecto, tal como he explicado y narrado, nosotros (Adolfo y yo) no teníamos ninguna razón socioeconómica para ser comunistas. Todo lo contrario. Una vida de confort, muy buena educación y un ambiente familiar de prosperidad y cultura que ya quisieran muchas personas tener. ¿Y cómo fue que terminaron en la ideología obsoleta y periclitada, además de anacrónica y fracasada del marxismo-leninismo-maoísmo? Después de mucho discutir al respecto, tanto Adolfo como yo llegamos a la conclusión de que éramos unos resentidos existenciales


Al analizar sus historias, pequeñas biografías las llamaba Adolfo Herrera, comprendemos que sus vidas no fueron ningún lecho de rosas, pero ¿qué culpa tenemos los demás seres humanos de sus tragedias? Para nada, sin embargo cómo hemos pagado caro esas terribles vivencias

Gloria Cuenca

En efecto, en nuestra existencia ocurrieron cosas que nos marcaron y en lugar de decidir trabajar psicológicamente esa problemática, nos lanzamos como en un tobogán por el precipicio de la revolución. Parecía más fácil cambiar el mundo de afuera, hacer la revolución, especialmente, en aquellos años, que enfrentar esos monstruos interiores que cada uno/a tenía. Hablo por mí, Adolfo no está para dar su testimonio y yo lo respeto mucho, aun su memoria, para atreverme a hablar por él. En efecto, a partir de un cierto momento me obnubilé con los problemas de la ideología, y eso hacía (¡qué novedad!) que me olvidara de los problemas de mi vida cotidiana y pasara a ocuparme de lo supuestamente trascendente: hacer la revolución. Después de haberme alejado de ese mundo, varios amigos y camaradas, me reclamaron: “Eres una individualista, no te importan los demás”. La cuestión no es sencilla, por cuanto al ser una persona normal, sin resentimientos ni rencores, se es mejor persona y por ende se contribuye con un mundo mejor y con el bienestar de los demás. ¡Ah, pero dile eso a un comunista! Para nada, para ellos no es así. 


En efecto, en nuestra existencia ocurrieron cosas que nos marcaron y en lugar de decidir trabajar psicológicamente esa problemática, nos lanzamos como en un tobogán por el precipicio de la revolución

Gloria Cuenca

Primero lo primero: hacer la revolución, acabar con todo y después lograr alcanzar la vida plena. Sí, cómo no, sigan creyendo eso: 73 años en la URSS, casi 50 en los países de Europa del Este, más de 60 en Cuba, 30 años en China, antes de dar el Gran Salto Atrás, la vuelta al capitalismo -al salvaje- nos demuestra que eso era una utopía cerrada, sin ninguna posibilidad de lograrla por la vía del modelo socialista real. No hay un país en donde hayan triunfado y logrado avances considerables con ese sistema. Entonces la pregunta surge ¿cómo es posible que sigan existiendo comunistas en el mundo? Porque hay resentidos y enajenados en todas partes, hasta la locura, entre las personas que siguen esa ideología. Lo afirmo convencida. Hace muchas décadas, cuando la renovación universitaria y frente a unos personajes que no aceptaban dialogar con el gobierno, ni con las autoridades decanales, el doctor y profesor Pedro Duno me dijo: “Hay que estar un poco loco para seguir con esto de la revolución”. Sabias palabras que me sirvieron de mucho en ese proceso duro de revisión y reencuentro con la realidad que viví, esto, junto a las palabras profundas de mi padre, no me canso de repetir: “Glorita (así me llamaba), quiero que seas una mujer de tu tiempo y de tu época”. En eso estoy, con esta carga de décadas de vida a cuesta, pretendo estar al día.  No más resentimientos. ¡Pongan atención a esto, se los recomiendo!


GLORIA CUENCA | @editorialgloria

Escritora, periodista y profesora titular jubilada de la Universidad Central de Venezuela.

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