El chavismo y el desmantelamiento de la industria

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Ya es larga la historia. La cosa comienza con la implantación plena del liberalismo de nuevo cuño desde 1989. Los pininos se dieron con Rómulo, en 1961. Luego, con Luis Herrera hubo otro tanto y, más adelante, con Lusinchi, otro pequeño adelanto. Pero sustituir a pleno pulmón la producción nativa por la importada la realiza Carlos Andrés Pérez y luego Caldera. Claro, nada como Chávez y su sucesor, que es tan fiel al legado que lo supera con eso de la ley antibloqueo.

La destrucción del aparato productivo comenzó con la tendencia a la desertificación de la industria manufacturera y rápidamente se extendió al campo. No podía ser de otra manera. Poner a competir la producción nativa con la importada, mucho más competitiva, resulta una tontería, por decir menos. Las ideas para legitimar tal política se convirtieron en dogmas y fetiches. Sin embargo, tanto como los dioses, terminan decepcionando.

Se basa, en lo fundamental, en la tesis de David Ricardo sobre las ventajas comparativas. Así, la Organización Mundial de Comercio (OMC), asume esta tesis y la incorpora al documento constitutivo de 1994. Aunque antes, en la ronda Uruguay, celebrada entre 1986 y 1994, que incluyó una importante revisión del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) original, este principio estuvo presente. Recordemos que esta política liberal remozada nace en la década de los 70.

Crea Ricardo esta teoría de las ventajas comparativas, como superación de la de Smith de las ventajas absolutas. Buscaron, ambos autores, padres de la economía política, junto a Petty, implantar a escala planetaria un principio que le facilitara las cosas a Inglaterra, fábrica del mundo para esos tiempos. Esto permite la creación de una división internacional del trabajo (DIT) a su favor, mientras amplia sus mercados exteriores. Lo mismo hacen los estadounidenses e ingleses, en el período que va de 1973 a la llegada de Trump y Brexit. Eran las potencias mundiales y buscaban ampliar sus mercados a toda costa. Los objetivos son claros. Que todos los países abrieran sus puertas sin barrera alguna. La especialización de los países débiles, en el marco de una DIT que redujera sus costos por la especialización en la producción de rubros de interés como materias primas para su industria y para la reproducción de su fuerza de trabajo.

Ahora son los chinos, la nueva fábrica, quienes claman por los principios de la OMC. Vaya cosa. El comunismo chino se desenmascara. Es que solamente tiene de eso, la palabra. Es la potencia capitalista del momento, quien crea lo otro, o se guía por la rabia anticomunista o peca de ignorancia supina.

Caso Venezuela

Con el gobierno de Carlos Andrés Pérez, Venezuela asume este principio, a partir del cual comienza el descalabro. Especializarnos en la producción petrolera y olvidar la idea de afianzar y diversificar el aparato económico, particularmente el industrial, es la meta inmediata. Las necesidades bien pueden ser cubiertas con productos importados.

“En los años 1990 y 1991 se eliminaron el régimen de controles y la liberalización comercial y financiera de la economía…”. Caldera continuó realizando el dictado. Chávez le da rango constitucional con aquello del trato igual de los capitales del 301, las leyes de eliminación del doble tributo, de protección y promoción de inversiones. Más reciente, la guinda: Ley contra el bloqueo. Se convierte Venezuela en una Zona Económica Especial (ZEE).

El programa de reducción de aranceles se inicia con un rango de 0% a 147%. A mediados de 1989, se liberalizó el sector manufacturero y en 1990, el sector agrícola.


La destrucción del aparato productivo comenzó con la tendencia a la desertificación de la industria manufacturera y rápidamente se extendió al campo. No podía ser de otra manera. Poner a competir la producción nativa con la importada, mucho más competitiva, resulta una tontería, por decir menos

Carlos Hermoso

«En 1991, el arancel máximo había sido reducido a 40% y el número de niveles de 40 a 8. Durante 1992, estaba programado reducir los aranceles máximos a 30% y en 1993 a 20%. Pero, en 1992 este programa se cambió de acuerdo al sistema de arancel común acordado en el Pacto Andino”, se lee en el Seminario Interamericano de Infraestructura de Transporte Como Factor de Integración.

La rebaja de aranceles alcanza su máxima expresión con Chávez y la incorporación de Venezuela a Mercosur. Además, los negociados con China, la nación más competitiva del planeta, terminan por derruir buena parte de la industria ligera que quedaba.

Otra de las mayores determinaciones de la desindustrialización es que, en correspondencia con la política económica, no se canaliza el ahorro hacia la inversión productiva. Lo que supone una limitación al proceso de concentración de capitales.

Parejo a la política liberal, el país va a entrar en un proceso de endeudamiento, que limita tal propósito de inversión productiva, de existir. Se reduce el ahorro social. De igual manera, durante la gestión chavista, esta circunstancia va a encontrar mayor impulso. Destruida buena parte de la economía, al punto de que el PIB de 2020 llega apenas al 20% del existente en 2013, podemos afirmar que la deuda representa más del 150% de este indicador. No hay cifras oficiales, pero cálculos de algunos centros de investigación la ubican en ese porcentaje.

La destrucción del aparato productivo industrial ha repercutido en todas las esferas de la vida social. La estructura económica ha cambiado. La clase obrera se ha reducido al mínimo. Se encuentra concentrada en empresas de pequeña escala. La pequeña producción agrupa buena parte de los obreros. En las panaderías, las franquicias, talleres diversos, comercios, entre muchas otras pequeñas empresas, se colocan los obreros. Se acaba así con buena parte del proletariado industrial. Se suma que esa poca concentración de obreros en las pequeñas empresas impiden la sindicación.

Un pasado no tan reciente y el presente

La política sustitutiva de importaciones, no siendo la más avanzada, al menos permitió el desarrollo de algunas áreas de la industria, aun manteniendo los nexos de dependencia con el imperialismo estadounidense, principalmente, y la oligarquía financiera. Así, la industria ligera, de autopartes y repuestos, agroindustria, principalmente, alcanzan cierto desarrollo. No conllevan a la realización de la revolución industrial y la diversificación, pero al menos permitió que fluyera el proceso de concentración de capitales con base en el desarrollo de la industria pesada, la agroindustria, ensamblaje y repuestos y, con ello, la formación del proletariado industrial. La cosa cambia con el liberalismo y el período chavista.

Con la gran crisis, cuyo epicentro lo encontramos en 2013, el desmantelamiento del aparato industrial alcanza su máximo nivel. Ya derruida la planta industrial, las sanciones hacen su efecto a partir de 2018, articulándose con la caída de la demanda, producto de la hiperinflación. Tanto el producto importado como el nacional no encuentran salida.

La hiperinflación es el resultado de una política que le ha permitido al gobierno acabar con el salario en la administración pública, recaudar ingentes recursos, apartar ahorros para cancelar deuda y sostener el aparato de Estado corrupto, y las organizaciones paraestatales, principalmente el Psuv y la estructura para el reparto de comidas mediante la figura del Clap. Pero eso redunda en la caída brutal de la capacidad de demanda social. Un freno enorme al crecimiento económico.


Otra de las mayores determinaciones de la desindustrialización es que, en correspondencia con la política económica, no se canaliza el ahorro hacia la inversión productiva. Lo que supone una limitación al proceso de concentración de capitales

Carlos Hermoso

Por su parte, la dolarización mediante la puesta en circulación de este signo monetario, favorece la restitución del precio al valor de las mercancías. Este proceso abarca a todas las mercancías, aunque, en menor medida al de la mercancía fuerza de trabajo. Los dos efectos se pudiesen traducir en un estímulo a la producción. Precios en correspondencia con el valor de las mercancías y obreros baratos pueden ser aprovechados, pero otras determinaciones lo impiden.

La afluencia de dólares al mercado completa un ciclo que tiende a afianzarse. No alcanza mayor escala, dadas las limitaciones en la capitalización, pero va sentando las bases para la concentración de capitales. Aunque, sobre todo, la honra de la deuda externa, limita las capacidades para apuntalar esta tendencia.

El corolario va a ser que, mientras la industria nacional se encuentra paralizada, siguen fluyendo productos importados sin control.

Así: “Conindustria estima el cierre de 43% de las industrias este 2020 …actualmente hay 2.209 industrias, lo que demuestra una reducción de 82% desde 1997… llegó a generar 700.000 empleos directos… normalmente eso lo multiplicas por 4. Lo que da como resultado que 2,8 millones de personas dependían de los ingresos industriales… En la actualidad, la industria nacional genera entre 250.000 y 300.000 empleos directos. Es decir que al menos 1 millón de venezolanos depende del sector industrial”.

El sector automotor refleja algo de esto, cuando: “Este año se podrían comercializar en ese país unos 6.400 vehículos, cifra muy lejana a las 491.000 unidades vendidas en 2007”, refiriéndose a 2020. Para 2021 se espera una cifra similar.

En el caso de la industria del calzado podemos apreciar un ejemplo emblemático. Es que han llegado zapatos importados procedentes del continente asiático de manera inusitada. Esto fue producto del incentivo que el gobierno dio a la importación, en detrimento de lo que se hace en el país.

El presidente de la Cámara Venezolana del Calzado, Luigi Pisella, indica que: “…cada vez es más difícil competir contra las importaciones. …se están financiando otras economías en el exterior, mientras el poder adquisitivo en Venezuela cada día va en detrimento.

Los calzados importados pasaron ahora a cubrir el 70 por ciento del mercado. Mientras tanto de 15 millones de pares de zapatos que se producían en el país, ahora solo se elaboran 6 millones”. Se repite esta situación en la industria textil. La producción de repuestos y partes, casi desaparece.

Este es el escenario con el que arranca el nuevo año del sector industrial. La única perspectiva que presenta el gobierno es el afianzamiento de la política liberal, ahora sustentada en la ley contra el bloqueo para atraer capitales. No hay ninguna política que sirva par el desarrollo soberano. Sin embargo, algo de crecimiento puede haber, más allá de la minería.

Apuestan los chavistas a atraer inversiones, mientras honran los compromisos con los acreedores. Fiel al legado de Chávez, pagan hasta el último centavo de la deuda externa. Aún así, no terminan de llegar las mentadas inversiones directas. La cosa parece darse a cuentagotas. Ya cedieron en telefonía. Entregan Movilnet a Carlos Slim. Seguirán vendiendo activos del Estado para atraer capitales. Los chinos parecen interesados de manera clara en oro, coltan y otros minerales sin descuidar el petróleo. En la medida en que alcancen una relativa estabilidad política seguirán avanzando en la entrega del país, sin descuidar su proyecto de convertir a Venezuela en un polo mundial de la minería. No apunta a un proyecto nacional. Por el contrario, la dependencia es cada vez mayor, mientras apuntalamos un nuevo papel en la DIT, la minería.

Cambiar esta perspectiva pasa por derrocar la dictadura y echar las bases para el desarrollo soberano. No hay término medio.


CARLOS HERMOSO CONDE | @HermosoCarlosD

Economista y Doctor en ciencias sociales. Profesor de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político.

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