El auge de los antivacunas

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Por: Paulino Betancourt

Las primeras vacunas contra el COVID-19 comenzaron a aplicarse justo cuando el número de contagios y muertes se volvió a disparar por el mundo. Pero la apresurada carrera por el desarrollo de las vacunas parece que ha aumentado la cantidad de personas con dudas sobre ellas, no solo en nuestro país sino a nivel mundial. Tanto es así, que el número de publicaciones en Facebook contra las vacunas se triplicó en los últimos dos meses del 2020, aupando al movimiento antivacunas.

Después de que comenzara el despliegue de la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH) en las adolescentes en 2006, las inyecciones se vincularon arbitrariamente con el síndrome de fatiga crónica, entre otras afecciones. A pesar que los estudios académicos no habían reportado vinculación alguna entre la vacuna y estas afecciones. En el 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) nombró entre las diez principales amenazas para la salud mundial, a la duda sobre las vacunas. Esto fue durante una época en que la aceptación mundial de la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola se había reducido al 85%, muy por debajo del 95% requerido para prevenir la transmisión comunitaria, lo que provocó varios brotes mundiales de sarampión. 

Los argumentos en contra de la vacunación se oponen a la evidencia científica sobre su seguridad y eficacia, haciendo que los temores persisten. Ahora, existe la posibilidad de que las dudas sobre las vacunas puedan tener un impacto grave en la pandemia del COVID-19. El profesor Jonathan Berman, autor de Anti-Vaxxers: How to Challenge a Misinformed Movement, hace una distinción entre antivacunadores, los que dudan de las vacunas y los que no están vacunados. Las personas que dudan de las vacunas son las que tienen reservas, pero aún están dispuestas a tener la confianza de que los tratamientos son seguros y confiables. Mientras tanto, los antivacunas son un movimiento más concreto y organizado de personas que intentan activamente suprimir la vacunación como práctica. Berman dice en su libro: “Los argumentos no les importan. Tienen este miedo a las vacunas inducido por la emoción y las historias que les han contado sus vecinos y amigos, que utilizan para justificar esas creencias”. 


Los argumentos en contra de la vacunación se oponen a la evidencia científica sobre su seguridad y eficacia, haciendo que los temores persisten. Ahora, existe la posibilidad de que las dudas sobre las vacunas puedan tener un impacto grave en la pandemia del COVID-19

Paulino Betancourt

Una de las principales cosas que argumentan, es que el incentivo monetario de las compañías farmacéuticas las ha llevado a mentir sobre la amenaza de enfermedades infecciosas y el desarrollo de las vacunas. Otra es que los componentes de las vacunas son de alguna manera más dañinos, que al colocárnosla nos convertiríamos en zombis, y cosas así. El argumento antivacunas más conocido, es que pueden causar autismo. La publicación del infame estudio que estableció un vínculo entre la vacuna del sarampión, paperas y rubéola con el diagnóstico de autismo en 1998, ha sido ampliamente desacreditado por la comunidad científica. Del mismo modo, los temores de una “sobrecarga de vacunas”, la noción de que administrar varias vacunas a la vez puede abrumar o debilitar el sistema inmunológico de un niño, no se basan en la realidad.

Cuando se trata del COVID-19, no es difícil ver cómo las creencias conspirativas como estas comienzan a afianzarse. Desde los defensores de la idea de que los alunizajes fueron falsificados por Stanley Kubrick y la NASA, hasta aquellos que afirman que la Tierra es plana. Los acontecimientos tienen una forma curiosa de inspirar incredulidad. Durante el año pasado, hubo gente afirmado que el COVID-19 se propagaba a través de la red móvil 5G, que la enfermedad fue creada por el gobierno chino como un arma biológica o que la industria farmacéutica creó el virus para impulsar las ventas de medicamentos. 

Es probable que estos temores se vean agravados por eventos como: la autorización de la vacuna rusa Sputnik V para el COVID-19 antes de las pruebas de Fase III, la interrupción del ensayo de la vacuna de AstraZeneca después de que un participante se enfermara con una rara enfermedad inflamatoria llamada mielitis transversa. Creo que el problema aquí es que las empresas farmacéuticas y los gobiernos tienen prisa por lanzar una nueva vacuna al mercado y no escuchan realmente a los ciudadanos.

La investigación de DrugsDisclosed encontró que el 54% de los encuestados no tomarían una vacuna contra el COVID-19, a menos que se haya probado durante al menos un año y otro 74% dijo lo mismo acerca de permitir que sus hijos sean vacunados. Si más de la mitad de la población adulta rechaza la vacuna en sus primeras etapas, esto podría socavar significativamente los esfuerzos para combatir la pandemia. Sin embargo, DrugsDisclosed también encontró que el 50% de los encuestados dijeron que considerarían a alguien que rechazara una vacuna del COVID-19 como un miembro del movimiento antivacunas, presagiando una división ideológica significativa sobre el tema.

Entonces, ¿cómo generaría confianza la industria farmacéutica? Más allá de la evidencia científica comprobada, un aspecto importante está en saber transmitir efectivamente la información. Las compañías farmacéuticas necesitan tener un plan de comunicación realmente bueno, personas que sean comunicadores científicos capacitados y calificados que comprendan la ciencia y sepan cómo desenvolverse ante los medios de comunicación. Además, para convencer a la gente que tiene incertidumbre son fundamentales dos cosas: transparencia y rigor. Esto se logra disipando las dudas de los científicos con publicaciones revisadas por pares y en cuanto a los temores del público, se requiere un plan de comunicación que permita a los periodistas documentar lo que sucede dentro de estos ensayos, para ayudar a comunicar a la gente por qué las vacunas son seguras.


PAULINO BETANCOURT | @p_betanco

Investigador, profesor de la Universidad Central de Venezuela, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat.

El Pitazo no se hace responsable ni suscribe las opiniones expresadas en este artículo.

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