¡Sin luchar no se conquistará un salario digno!

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Por: Pedro Arturo Moreno

“-¿Salario igual a la canasta básica?”

[pregunta la periodista Vanessa Davies]

“—Hay que buscar una forma, porque no puedo hacer una promesa

y decirles a los trabajadores que vamos a ganar el salario mínimo

igual a la canasta porque eso es mentiroso, y demagogo no soy.

Todo eso se hace a través del diálogo y el entendimiento.

Así podemos ver una agenda de progreso y no de conflictividad.”

[responde Pablo Zambrano, dirigente sindical de Fetrasalud]

(cursivas mías)

contrapunto.com (viernes 2-9-2022)

Pasados sus orígenes fundacionales —donde privaban la solidaridad, el sentido de hermandad y cofradía, el compartir largas jornadas con bajos salarios y el convivir en barrios o urbanizaciones comunes—, el sindicalismo venezolano se constituyó con un fuerte apego y manejo de la sustentación jurídico-legal de los derechos. Poca preocupación se le dio al conocimiento del intríngulis económico presente en la relación laboral.

Quizá la preponderancia de la renta petrolera fue suficiente para amortiguar el choque de intereses entre capital y trabajo. Por ello, las luchas por salarios y condiciones de trabajo vieron el uso de la fuerza, de la huelga, de la confrontación, principalmente contra las empresas extranjeras que explotaban el petróleo.

Luego, la fuerza y el respeto frente a los gobiernos adquirido por el sindicalismo —que tenía un hondo carácter estatista— permitieron que, en medio de la negociación y el diálogo como formas dilectas, se realizaran huelgas y paros, incluso contra gobiernos del propio partido que era mayoría en el sindicato.

Después de esos tiempos de fortaleza sindical, Venezuela ahora se encuentra entre los últimos en lo referido a salarios, a escala mundial. Cuenta, por largo trecho, con el peor salario mínimo de América Latina. Salvo Cuba, Nicaragua y Haití —los dos primeros autocalificados como regímenes progresistas y con un falso discurso en pro del trabajo—, los empresarios y gobiernos del subcontinente desearían tener dirigentes sindicales que considerasen como una mentira un salario ajustado a la capacidad de adquirir la canasta básica, o por la medida chiquita la alimentaria, aunque fuera algo estipulado en la Constitución.

Gastemos un momento en revisar cómo se estableció el valor de la fuerza de trabajo y cómo surgió el salario mínimo. Luego veremos si la lucha para que se cumpla el artículo 91 constitucional es una pérdida de tiempo, por ser imposible lograrlo, y si todos los logros de los trabajadores deben ser por la vía del diálogo y el entendimiento.

A fines del siglo XVIII e inicios del XIX, los pensadores ingleses —no olviden que Inglaterra era la primera potencia mundial desde los albores del capitalismo industrial— Adam Smith (Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones) y David Ricardo (Principios de economía política y tributación) comenzaron a dar explicaciones sobre la economía más apegadas a la ciencia que a los razonamientos apologéticos que imperaban, propios de la visión mercantilista o de los fisiócratas.

Ellos buscaban una verdadera explicación al desarrollo del capitalismo, al cual defendían a capa y espada. Ricardo incluso llegó a amasar una gran fortuna, por ser un especulador exitoso, agente de cambio y diputado.

Algo fundamental para una economía que había llevado el intercambio mercantil a niveles infinitamente elevados, rayanos con el cielo, era la fijación del valor de cada mercancía. La ley del valor impulsada por ellos —y desarrollada luego por Marx y Engels— se apartaba de las nociones subjetivas que hasta ese momento eran predominantes.

El salto sustancial para la ciencia económica se refería a que el elemento determinante para conocer el valor de un bien, y así poder compararlo con el resto de mercancías, era el trabajo que había representado producirlo. Terminó siendo expresada así dicha ley del valor: es el trabajo socialmente necesario para su fabricación o producción.

El tener claridad en la fijación del valor de las mercancías garantizaba que el intercambio de bienes fuese ajustado a dichos valores. Por ejemplo: una tonelada de algodón podía intercambiarse por 10 quintales de café, relación que consideraba iguales, o casi iguales, las cantidades de trabajo humano que tenían incorporadas ambas magnitudes de bienes. Por supuesto que había niveles de fluctuación provenientes de la ley de la oferta y la demanda. Perturbaciones que el propio mercado tendía a reducir por diversas vías.

Luego aparecería la figura de la mercancía universal —la sal, el oro, la plata, la moneda, el dinero— que asignaría un precio referencial a cada mercancía y facilitaba su comparación. Por supuesto que la fuerza de trabajo era una mercancía, y de allí que se hable del mercado laboral. El valor de una mercancia se compone de salario, capital y plusvalía, relación que se establece desde un inicio previo a la producción del bien. Esto determinará cómo se distribuye la riqueza.

Smith planteaba que el valor de la fuerza del trabajo consistía en todos los insumos necesarios para devolver las capacidades físicas e intelectuales del trabajador que eran gastadas en la jornada. Agregábasele la necesaria reproducción de la clase obrera, o sea el mantenimiento y formación de la familia del obrero. Ricardo insistía en que esa satisfacción de requerimientos necesarios para sobrevivir debía ser llevado al nivel más bajo posible, arguyendo incluso razones demográficas, aunque en el fondo subyacían los deseos de elevar al máximo la cuotaparte que corresponde a la plusvalía, que por supuesto era apropiada por el dueño de la maquinaria.

De esto deducimos que lo principal para garantizar condiciones exponenciales de reproducción, en el capitalismo, es dotar a los trabajadores de ese ingreso mínimo, y también el mantener desempleada una buena cantidad de mano de obra, que permita ser empleada en tiempos crecientes y despedida en tiempos de crisis. Es lo que se denomina ejército industrial de reserva. Y lo referido al entorno familiar significa garantizar la generación de nuevos “obreritos” para el futuro.

O sea que lo de la canasta básica no es un exabrupto que se le ocurrió a los luchadores sindicales, a los cabezacaliente o a los comunistas. Es un elemento básico para la continuidad de esas relaciones de producción. El poder elevar ese mínimo es la labor de la lucha sindical. Pero el salario mínimo es el piso.

De seguir la conseja del directivo de Fetrasalud, habría que reclamarles a los trabajadores ecuatorianos, chilenos y guatemaltecos el que hayan logrado traspasar la barrera de los 400 dólares como salario mínimo mensual. ¡Tremendo dislate! Se les debería decir que son unos demagogos y que no se atienen a la pragmática realidad que subyace en el cerebro de los inversionistas, de los empresarios o del patrono-Estado.

Es lamentable que una figura tan representativa de los trabajadores de la salud sea portador de las ideas y de las banderas de los patronos, privados y público. De todos estos embates, el sindicalismo debe aprender cada vez más no solo de leyes, convenios internacionales y contratos colectivos, sino también de economía desde una óptica científica.

Compañeros obreros, educadores, universitarios, enfermeras, médicos, empleados públicos, profesionales, trabajadores de las redes industriales privadas, no podemos desmayar en nuestra exigencia de lo contemplado en el artículo 91 constitucional, incluso por encima de lo que hoy nos anima sobremanera como es la derogación del instructivo ONAPRE. Con diálogo, entendimiento y con la huelga y el paro que nos reconocen las leyes.

PEDRO ARTURO MORENO | @pedroxmoreno / instagram: pedroxmorenobr

Secretario Ejecutivo de la CTV, responsable de DDHH. Trabajador gráfico: corrector de pruebas y editor

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