Desmitificando a la microbiota intestinal

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CIENCIA Y LETRAS


Por: Paulino Betancourt

El microbioma se ha convertido en una de las palabras de moda más candentes de la ciencia. Y, específicamente, el microbioma intestinal, la delicada colonia de microbios que viven en nuestro tracto digestivo, ha atraído la atención de científicos y charlatanes por igual. Se ha teorizado que nuestros abundantes habitantes microbianos influyen en nuestra mente y conducta, y pueden desempeñar un papel en afecciones como el Parkinson y la depresión.

Pero algunos defensores de estas hipótesis han vinculado el microbioma con casi todas las enfermedades, cosa que no es del todo cierta. Y una condición tan compleja como el autismo ha sido un área particularmente atractiva para investigar.

Aún no conocemos la causa del autismo, aunque se cree que están involucrados factores genéticos. Pero algunas investigaciones han insinuado que el intestino juega un papel preponderante. Si bien ningún estudio hasta ahora lo ha demostrado de manera concluyente, los primeros indicios de una relación entre el intestino y el autismo sembraron esperanzas de un tratamiento.

Tal es el caso de un estudio realizado en 2017, en el que se tomó a 18 niños en el espectro autista que también sufrían de problemas gastrointestinales y se les administró un trasplante fecal. En 2019, los investigadores publicaron el seguimiento de dos años y comunicaron una mejora de casi el 50% en los síntomas relacionados con el autismo. Pero el estudio no fue aleatorio, no tuvo un grupo de control, no se comparó con un “placebo” y tuvo un tamaño de muestra muy pequeño.

A pesar de la falta de evidencia concreta que respaldara la eficacia, las primeras investigaciones alentaron a las clínicas a ofrecer tratamientos para las personas autistas, incluidas intervenciones con probióticos y trasplantes de microbiota fecal. En un estudio del 2015 se encuestó a los padres, determinándose que 9 de cada 10 habían buscado medicina complementaria y alternativa para el autismo de sus hijos.

Gran parte de la evidencia que respalda la teoría proviene de estudios realizados en animales. Por ejemplo, cuando los científicos introdujeron muestras fecales de niños con autismo en ratones, colonizando los estómagos con sus microbios, los animales desarrollaron comportamientos semejantes al autismo.

Se especulaba que estos estudios sugerían una relación causal entre las bacterias intestinales y el desarrollo del autismo, pero los roedores son un mal indicador de las complejidades del autismo y la mente humana.

Otros estudios han encontrado que los niños con autismo tienden a tener una composición de microbioma diferente en comparación con los niños que no están en el espectro. Pero nunca ha estado claro si esta divergencia en la flora intestinal es una causa o un efecto. Un reciente artículo publicado en la revista Cell aboga por lo último: la diferencia se deriva en los comportamientos alimentarios de los niños y puede ser una consecuencia, no la causa, de sus síntomas.

El equipo de investigadores examinó las muestras de heces de unos 250 niños, de los cuales 99 fueron diagnosticados con autismo. Estos participantes también habían proporcionado previamente datos clínicos y biológicos. Al compararlos con las muestras de heces, los investigadores encontraron que un diagnóstico de autismo estaba asociado con una dieta poco variada, ya que las personas con autismo tienen una mayor sensibilidad y aversión a ciertos alimentos.

Los conjuntos de datos permitieron observar más de cerca las dietas de los participantes y encontraron que en personas autistas eran significativamente menos diversas. Cuando observaron el ADN de los participantes, encontraron una correlación entre los indicadores genéticos relacionados con un mayor riesgo de autismo y la persona que tenía una dieta más pobre, pero no una correlación directa entre el riesgo de autismo y los habitantes del microbioma de la persona.

Una menor diversidad microbiana, sugiere que los comportamientos relacionados con el autismo pueden explicar las diferencias en la composición del microbioma, y ​​no al revés.

Lamentablemente, el nuevo estudio ofrece un pronóstico pesimista para la teoría de que los trasplantes de heces u otras intervenciones intestinales puedan ayudar a las personas autistas. Si la falta de diversidad de microbiomas es un síntoma, no una causa, no hay mucho que puedan hacer para abordar las raíces del autismo.

Por ello, es necesario hacer más para apoyar a las familias y brindarles mejores herramientas para mejorar la dieta en el hogar, en particular para las familias con niños autistas. Mientras, debemos esperar resultados concluyentes (científicamente demostrables) antes de recurrir a estas “terapias” de moda.


PAULINO BETANCOURT | @p_betanco

Investigador, profesor de la Universidad Central de Venezuela, miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat

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