Del Feliz Navidad al Merry Christmas

115

ENTRE VOS Y YO


Por: Marlene Nava

Para las primeras décadas del siglo pasado, aproximadamente a finales de septiembre, el organista de la iglesia de Santa Lucía, Antonio Eugenio Ávila, empezaba a ensayar villancicos tradicionales con las alumnas de la escuelita de la Flor del Norte. Que, a principios de diciembre, recorrían las empedradas calles en romería para ofrecer sus cánticos al vecindario y recibir sus aguinaldos. Ataviadas con coloridas vestimentas y sombreros cuajados de cintas y flores, a la usanza de la más rancia tradición española.

Sus canciones, derivadas de los antiquísimos villancicos ibéricos, en Venezuela adquirieron simultáneamente el nombre de aguinaldo. Y parieron nuevas letras, así como acomodos melódicos que les dieron nuevos matices.

Porque el mestizaje también afloraba por los amaneceres decembrinos locales. Y la Navidad se adelantaba a la voz de gaita que, desde los setecientos fue tomando espacios en el alma zuliana.

Era —sigue siendo— la bajada de los furros, el último domingo de octubre, el diapasón que marca pauta a la Navidad zuliana. Y es la subida de esos instrumentos, el 2 de febrero, la seña para su clausura. Obviando las disposiciones litúrgicas del tiempo de adviento, establecido por la iglesia católica.

En el intermedio de esta temporada se cuelan las fiestas patronales de La Chinita, el 18 de noviembre; de Santa Lucía, el 13 de diciembre; y de San Benito, el 27 de diciembre y el 1 de enero.

Hasta esas fechas, gran parte de las manifestaciones populares era copia y calco de las tradiciones españolas sembradas durante la conquista y la colonia por toda América: villancicos, pastoras, el Belén o nacimiento, los pastores y aguinaldos, misas de madrugada, cena de Nochebuena y dulcería al por mayor.

Pero un día llegaron las petroleras, con sus commisary y sus supermarkets y su marketing. Las zulianas voltearon las ollas para salir al mercado de trabajo y a las universidades. Y la comida casera pasó a ser un lujo, o un recuerdo en la memoria de alguna empedraera nostálgica. Como Elvirita García a sus cien años de vida.

Y junto con el rush y el fast food, fueron apareciendo nuevas costumbres y se trastocaron las tradiciones, también en Navidad. Porque hacia 1917, cuando el petróleo reventaba en las riberas del Lago de Maracaibo con profecías de abundancia, aquella cultura legítimamente agraria, con cuatro siglos de historia, comienza a impregnarse de otras costumbres y otras sazones.

Ya para los años cuarenta, la tradición de las pastoras había prácticamente desaparecido de la agenda decembrina zuliana. Y el nacimiento o pesebre, aunque mantenía su vigencia, empezó a ser amenazado por el uso —cada vez más frecuente— del árbol navideño, propio de las costumbres europeas y norteamericanas. Abetos o algunas especies de pino, al principio naturales, que eran adornados con luces u ornamentos de mucho brillo y color.

Los primeros árboles de Navidad se exhibieron en los campos petroleros, básicamente en la Costa Oriental del Lago, tanto en las residencias de los miembros de la nómina mayor de la industria petrolera (en su mayoría extranjeros); como en las oficinas de las empresas.

Un diciembre cualquiera de esa década, la élite maracaibera empezó a mostrar en sus jardines y porches los árboles importados, con sus luces y su magia. Y, poco a poco, las ciudades y aún los pueblos y caseríos fueron adoptando esta modalidad de decoración navideña. Entonces, se inventaron arbolitos de Navidad elaborados con desechos, construidos de madera, de hierro, de anime, de cartón, de tela. Se adornaban cuadras enteras de árboles en las avenidas, frente a las viviendas. Y se adoptaron modelos artificiales de aquellos árboles nórdicos, que fueron restando protagonismo al pesebre, hasta entonces punto focal de la celebración navideña. zuliana

El belén navideño, como se le conoce en España, es una representación del nacimiento del Niño Jesús en un pueblecito de Nazareth. Algunos presentan los personajes básicos (el Niño, San José, la Virgen María, el buey y la mula).

Pero se dan otros llenos de elementos extraños y sorprendentes (en un pesebre de la calle Nueva Venecia de El Empedrao se incluían patos plásticos desfilando con sus crías, tortugas vivas sobre espejos que simulaban agua; y hasta un lorito parlanchín que cantaba villancicos a todo pulmón).

Y también había los que incluían escenas de la historia bíblica: pastores, Reyes Magos, la estrella, la anunciación. Era un encuentro familiar la construcción del pesebre. Que, normalmente, se levantaba sobre montañas de papel, o de yeso, o de goma espuma teñida de verdes y de marrones, simulando escarpadas superficies.  Porque la noción del nacimiento que tenemos es aquella del pesebre viviente montado por Francisco de Asís en los picachos de los Alpes italianos, que dio comienzo a esta tradición.

Hasta la década de los sesenta, cada casa zuliana tenía su propia versión del pesebre. Algunos suscitaron verdaderas romerías durante toda la temporada. Entre ellos, tres que fueron tradición en el Zulia. En primer lugar, el pesebre de San Francisco que se encontraba en la Avenida 40 de ese poblado, cuyas figuras sobrepasaban los dos metros de altura y se montaba a cielo abierto.

Otro pesebre icónico era el del diario Panorama, con una puesta en escena de piezas en tamaño real, elaborados en madera prensada y pintadas a mano. Fue traído a Maracaibo en 1992 desde España y su montaje se había convertido en una tradición para sus trabajadores y visitantes.

Por último, el pesebre de Canchancha, que desde 1958 vivía latente en las manos y la voluntad de Guillermo Cifuentes Montiel, en cuyo patio armaba un monumental nacimiento con figuras traídas de todo el mundo y un versátil cúmulo de historias y personajes que le daban un aura de universalidad.

Paralelamente, las voces melódicas de aguinaldos y trovas venezolanas enmudecieron momentáneamente ante la avalancha de carols y christmas songs que para la época hicieron su aparición en todos los medios. Así, las radios, las iglesias, las casas, los transportes públicos se llenaban de We wish you a Merry Christmas, Jingle Bells, All I want for Christmas is you, Santa Claus Is Coming to Town. Y por un tiempo, la novedad puso en sombras a Mi burrito Sabanero, Niño lindo, De contento, A ti te cantamos, Cantemos.

No obstante, la más sobresaliente de las tradiciones navideñas en la América toda es la cartica que los niños enviábamos al Niño Jesús, abriendo un espacio de emociones y expectativas. Que era sístole y diástole de la Navidad.

Como el protagonista de la celebración que era, la figura del Niños Jesús sobresalía en todo este paisaje navideño. Y por influencia del credo español, se convirtió en el leit motiv de las celebraciones desde la moción del Papa Julio I en el año 350 para establecer la Navidad el 25 de diciembre. Fiesta que fue decretada cuatro años después por el Papa Liberio.

Sin embargo, desde la década de los setenta, la costumbre de pedir juguetes y regalos al Niño Jesús —y esperarlos, con ilusión de su mano y de su poder— fue cayendo en desuso frente a la gigantesca tarea de marketing hacia otro personaje ahora más popular entre nuestros niños Santa Claus o Papa Noel. Y así supimos de renos, de chimeneas, de calcetines y de nieve, que se hicieron presentes en nuestro nuevo imaginario de Navidad.

Laprimera vez que se describe la iconografía de Papá Noel tal y como lo conocemos hoy fue obra del norteamericano Clement C. Moore en el siglo XIX (en 1823) para sus propios hijos.

Y así como se registraron todos esos cambios, se transformaron los platos de la mesa navideña. El pavo relleno y horneado comenzó a usar los espacios del revuelto de pollo y la ensalada de papas aderezadas con mayonesa sustituía la macarronada criolla, de colorida sazón y alegre gusto. Mientras que los pies de manzana y de fresa sacaban del plato decembrino al quesillo ancestral, el majarete mestizo y los cosmopolitas buñuelos bañados en syrope  de canela.

Entre 1940 y1960 destaca la llegada de las frutas importadas, en ese entonces más baratas que las criollas, como uvas y manzanas. O los postres de preparación casi instantánea, que atentaban contra la tradicional dulcería criolla.

Pervivían si, perviven aún con ciertas variantes, las misas de aguinaldos, conocidas como misas de gallo por su particularidad de oficiarlas de madrugada. En otras épocas a las cuatro de la mañana y actualmente a eso de las seis. Como ayer, se anuncian con alegres campanadas. Y los aguinaldos reinan durante el oficio. Por cierto, esta tradición dio origen a una costumbre que posteriormente cayó en desuso: los patinadores. Que, en grupos, recorrían calles, plazas y avenidas y concluían su paseo en la misa de alguna iglesia cercana.

A partir de los ochenta, los juegos de luces ocuparon los espacios abiertos en las capitales zulianas. El encendido llegó a ser el más sobresaliente de los eventos navideños. Familias enteras recorrían las avenidas iluminadas en la antesala de la fiesta.

Los últimos veinte años la Navidad perdió su brillo. Su barniz de ilusión.

Los nuevos usos también se han ido esfumando. Esta vez ni llegaron los pinos naturales; los juguetes se abollaron en los almacenes.; sesenta por ciento menos en ventas, según comerciantes de la Plaza Baralt de Maracaibo. Las doscientas hallacas familiares mermaron a cincuenta. O menos. ¿Pan? Campesino, en el mejor de los casos. ¿Estreno? De garaje y en buen estado. ¿Arbolito? Un enjambre de latas semipintadas y escarchadas, un guindacho de cidis, un parapeto de cartones y recorticos plásticos.

Entre apagones y desilusión los zulianos carreteamos con esa parodia de fiesta. Ya en el 2018, cenamos a oscuras en Nochebuena. Ya no escribimos cartas al Niño Jesús porque ¿cómo para qué? Con aguinaldos de catorce bolívares ¿cuál es la fiesta? Sentimos que es preferible llamar en inglés al sustituto impuesto, Claus, en lugar de Nicolás, ídem obligado (por razones obvias). Y, en el mismo nivel de ocurrencias, escogemos gritar Merry Christmas en lugar de Feliz Navidad. Como para creernos el cuento completo.


MARLENE NAVA OQUENDO | @marlenava

Individuo de Número de la Academia de la Historia del Estado Zulia y periodista. Fue secretaria de Cultura de la región, profesora de la Universidad del Zulia y ha realizado un denso trabajo en pro del rescate de la cultura e historia mínima de la ciudad.

El Pitazo no se hace responsable por este artículo ni suscribe necesariamente las opiniones expresadas en él.

Miles de venezolanos en las zonas más desconectadas de nuestro país visitan diariamente El Pitazo para conseguir información indispensable en su día a día. Para muchos de ellos somos la única fuente de noticias verificadas y libres de parcialidades políticas.

Sostener la operación de este medio de comunicación independiente es cada vez más caro y difícil. Por eso creamos un programa de membresías: No cobramos por informar, pero apostamos porque los lectores vean el valor de nuestro trabajo y contribuyan con un aporte económico que es cada vez más necesario.

Forma parte de la comunidad de Superaliados o da un aporte único.

Asegura la existencia de El Pitazo con una contribución monetaria que se ajuste a tus posibilidades.

HAZTE SUPERALIADO/A

Es completamente seguro y solo toma 1 minuto.