De médico a médica o de bombón a bombona

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“Se ha extendido una manía entre parlantes ladinos de acuñarle el femenino a quien nunca lo tendría, si no tiene «dío» el día, y trigo no tiene «triga», ni existen las «gobernantas», tampoco las «estudiantas», ni «hormigo» entre las hormigas.

Roberto Santamaría-Betancourt. Grupo de la Ortografía Española.

Hace días un sobrino me contaba que su novia, recién graduada y con honores de médico en una prestigiosa universidad colombiana, dichosa de emoción por ver culminado este primer gran paso en su carrera, de pronto sintió una enorme desilusión cuando al leer con detenimiento, días después de su acto de graduación, su diploma, la titulaban MÉDICA en vez de MÉDICO. Su desazón sobrevino al ver cómo algo tan serio y tan anhelado como su título de médico, era ahora también objeto del carnaval del feminismo de género.

Si no dispusiéramos de referencias históricas concretas sobre el origen de esta manipulación ideológica, en forma de simulación de reconocimiento de los derechos de la mujer, podríamos pensar que solo es cuestión de malos chistecitos de algunos tiranos bananeros para distraer a sus vasallos de las violaciones que a sus DDHH perpetran sin contemplación; o que se trata de comunistas trasnochados (hay casos en donde se funden en una sola todas estas condiciones) que, en medio de una cena deliciosa, en algún maravilloso bistró cercano al río Sena, libando su impelable Chateau Lafite Rothchild, recibe el soplo de una musa que le inspira temáticas para sus Foros de Sao Paulo o de Puebla. Su musa lo ilumina sobre las maneras de conquistar incautos con iniciativas disruptivas que lo haga parecer como el paladín que se «desmolleja» por defender al oprimido… y a la oprimida.

Y sigue Santamaría-Betancourt:

Aunque lo intenten comprar con millones y «millonas», un trono no tiene «trona» ni «jaguara» has de llamar a la hembra del jaguar y aunque el loro tenga lora, y tenga una flor la flora, mi lógica no se aplaca: no tienen «vacos» las vacas ni los toros tienen «toras».

A más de una mujer le he escuchado decir que la lengua que no cambia está condenada a morir, opinión esta que suscribo. El asunto es que primero moriría la lengua por desconocimiento de sus hablantes, que por falta de evolución. Quienes usan el argumento de la muerte del español si no lo actualizamos día a día, primero tienen que entenderlo y detener esa tóxica manía de empujar «a lo macho» términos que deforman la inteligentísima esencia de nuestro espectacular idioma. Empecemos por entender qué es un ‘epiceno’:

Según la RAE

Epiceno: Del lat. epicoenus, y este del gr. ἐπίκοινος epíkoinos; literalmente ‘común’.

1.adj. Gram. Dicho de un nombre animado: Que, con un solo género gramatical, puede designar seres de uno y otro sexo; p. j., bebé, lince, pantera, víctima. U. t. c. s. m.

No entender que nuestro idioma es inclusivo, previsivo y capaz de incorporar la diversidad, es ir debilitando progresivamente nuestra lengua, al sacrificar el enorme poder expresivo de la economía lingüística, que se define como el «principio de la lengua que permite obtener el mayor efecto comunicativo con el mínimo de esfuerzo lingüístico» (Diccionario Básico de Lingüística). La economía lingüística es un atributo que le confiere eficiencia al idioma y lo consolida como herramienta efectiva de comunicación.

Ustedes me dirán si se trata de ignorancia o ingenuidad, pero mientras más «compremos» el lenguaje inclusivo, mayores son los éxitos que se anotan aquellos ideólogos «ultrosos», amantes de los más caros bebedizos, que le pautan los guiones- y no son gratuitos-  a los (y a las) obedientes líderes de los países, en los que, justamente, se requiere más pensamiento estratégico y más educación de calidad y menos aguaje pseudoideológico para ganar más control social.

Termino estas líneas citando los últimos versos de Santamaría-Betancourt de «Por un idioma sin “idiomo”»:

Aunque las libras existan, con los libros no emparejan, y tampoco se cotejan suelos, que de suelas distan, y por mucho o «mucha» que insistan mi mano no tiene «mana», no tiene «rano» la rana y foco no va con foca, ni utilizando por boca el masculino de Ana.


MARÍA EUGENIA FUENMAYOR
| @mefcal

Experta en mercadeo, comunicaciones y reputación. Directora ejecutiva de Interalianza Consultores.

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