De los lenguajes

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Por: Gloria Cuenca

“El lenguaje es el mundo”, han dicho varios de los estudiosos. Especialmente la gente de la programación neurolinguística (P.N.L.), los grandes psicólogos Richard Bander y John Grinder, quienes partieron desde raíces anteriores: los estudios de la lingüística, (Ferdinand De Saussure) para formular toda una impresionante y asertiva teoría que a muchos nos ha ayudado. No se han detenido los estudios allí, eso sigue con la Ontología del Lenguaje como una corriente humanista que forma personal para ayudar en el proceso de crecer. Sin embargo, hay gente que no tiene ni idea de lo que implica la frase con la que empiezo el artículo. En efecto, se refiere a la trascendencia que tiene el lenguaje en nuestro mundo interior, que de alguna manera sale al exterior. Es decir, lo que tenemos dentro, que en algún momento lo ponemos fuera.

En la medida en que tengamos un lenguaje enriquecido nuestro mundo es más completo. Ya decía el extraordinario Dr. Carlos Castilla del Pino, que había incomunicación, en primer lugar, “por insuficiencia funcional del lenguaje”, es decir, no es suficiente el idioma para expresar todo lo que queremos y sentimos. De allí la grandeza de la poesía y de la literatura, cuando mediante palabras nos hacen sentir una emoción completa sin que la estemos viviendo. Simplemente, por la empatía (ponernos en el lugar del otro/a) sentimos y vivenciamos, lo que el poeta quiere decir y transmitir. Por otra parte, he aquí que los aparatos tecnológicos nos ponen en jaque: el lenguaje por una parte se minimiza y por la otra se sustituye con imágenes, además de que, por hacer el texto más rápido incurrimos en una serie de errores ortográficos. No obstante, el modelo educativo con las normas de uso social y los modales está en crisis. Se han eliminado, absurdamente, las materias que en bachillerato se ocupaban de alguna manera de esto. Básicamente, ocurre, por cuanto no se sabe cómo comportarse cotidianamente y esto trae como consecuencia una serie de formas de expresión que causan sorpresa y cada vez más asombro.

De la revolución sin ética

Ejemplo de esto, lo explico a continuación: se ha puesto de moda llamarnos a las ancianas, abuela, madre y lo peor, hasta mami. Por el tono de la voz se debe reconocer como es mami para una señora mayor como yo, distinto del mami, mamacita que le dirigen a una joven mujer. Luego se usan toda clase de expresiones amorosas: mi reina, mi vida, mi corazón, mi cielo y mi amor, que de tanto usarlo ya no suena y parece que no significa nada. ¿Mi amor? Cualquiera puede serlo, expresarlo y nadie se sorprende. Lo que da un poco de tristeza, pues mi amor fue una expresión de profundo afecto y de entrega. ¿Hoy? Para nada, se trata de decir algo, que se cree es simpático a las personas y se requiere llamar su atención. ¿Por qué ocurre esto? Bueno hay influencias foráneas, creo yo, el mami es muy colombiano y lo de madre, también. Como si fuera poca la tendencia a la simbiosis de los varones y de las madres, (de donde surge el hijo mameco) con esa expresión se refuerza. La mami no debe ser jamás, ni la novia, ni la esposa, menos la amante. Pero así todas pasamos a ser mamis de cualquiera, en el mercado, en el super, en la tienda, en la calle, corrientemente. Encima hay que agradecerlo, por cuanto cuando te dan el nombre de madre o abuela, no hay otra, hay que sentirse orgullosa de serlo. En cuanto a las mamis creo que deberá buscarse otra forma cariñosa y actual para denominar a quien se quiere por pareja. La vida de relaciones es compleja y si no se está atento a todas las trampas del subconsciente (Freud dixit) es muy fácil entrar en aquello del Edipo no resuelto. ¿Será que estamos en esas todavía? Amanecerá y veremos.


GLORIA CUENCA | @editorialgloria

Escritora, periodista y profesora titular jubilada de la Universidad Central de Venezuela.

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