De la decadencia al brillo de la dignidad en la Universidad Simón Bolívar

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Por: Carlos Hermoso

El 6 de abril, en un acto de grado de la Universidad Simón Bolívar, la valiente graduanda en arquitectura Gabriela Álvarez dio la cara por las máximas casas de estudio del país y por el movimiento estudiantil y la juventud venezolana. Magníficas, críticas y simples sus palabras. Es que representan un cuestionamiento agudo y justo a la institución y a quienes fueron impuestos por la dictadura para ejercer como máximas autoridades de la USB. Retumba eso de la decadencia. Expresión que cabe para todas las universidades y el país entero.

Ante estas palabras, se retiran las autoridades, mostrando su talante antiuniversitario. Reflejo de que son ajenos al espíritu crítico. La búsqueda de la verdad cuenta con la crítica como sustento fundamental, pero eso les resbala a estas autoridades impuestas.

Las ideas de la graduanda señalan no solamente la realidad de la USB, se pueden extrapolar al resto de universidades. No solamente se trata de que las autoridades de la USB fuesen colocadas por la dictadura, sino que la estrategia del chavismo es llevar a las universidades a la muerte por mengua.

Asimismo, la dictadura, fiel al legado de Chávez, ha sabido mantener a raya las posibilidades de que las universidades realicen sus elecciones para renovar sus autoridades con base en la Ley de Universidades vigente desde 1970.

Sin embargo, las autoridades electas de antes no han sido lo suficientemente consecuentes con el espíritu de lucha universitario. Aunque no las han tenido todas consigo, poco han hecho para enfrentar la intención dictatorial. Pesan muchas cosas. En los dos últimos años, la pandemia hizo lo suyo. Profundizando, a su vez, la deserción.

Así, las universidades venezolanas, no solamente la Simón Bolívar, se encuentran en una circunstancia muy difícil. Sin futuro. Llenas de incertidumbre. La matrícula se ha reducido al mínimo. La planta profesoral sigue esos pasos. Las refacciones, principalmente las de la UCV, no van a resolver la problemática. Después de haberla destrozado mediante el uso de vándalos y la reducción del presupuesto, ahora la acomodan. Pero se queda sin su comunidad.

Dos proyectos encontrados

Son dos las grandes diferencias del chavismo con la Ley de Universidades vigente desde 1970. El proyecto aprobado por la Asamblea Nacional en 2010, luego rechazado por Chávez, así como la Ley Orgánica de educación, definen la comunidad universitaria de manera distinta. Establecen que los integrantes de la comunidad universitaria, son “los profesores y profesoras, estudiantes, personal administrativo, personal obrero y, los egresados y las egresadas”.

En segundo lugar, un asunto más sustantivo: ni en la ley orgánica ni en el proyecto de 2010, se habla de la búsqueda de la verdad, sino del encuentro, intercambio o diálogo de saberes.

La Ley de Universidades de 1970 es clara en su artículo 1, que reza: “La Universidad es fundamentalmente una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”. Ideas consecuentes con el espíritu con que nace la universidad en el siglo XI, enfrentada al oscurantismo.

El efecto de la nueva definición de comunidad universitaria ha sido el argumento de la dictadura para impedir la realización de elecciones que renovaran las autoridades universitarias. Han pasado los años y el chavismo ha dejado clara su estrategia de paralizar los procesos democráticos para así crear condiciones para intervenirlas gradual y progresivamente, como en efecto se plasma en la USB, al imponer las autoridades en ejercicio.

Pero, lo más sustantivo de la intervención: buscan hacer valer la idea reaccionaria de negar la condición crítica y científica de la universidad.

Seguramente las ideas en discusión para una nueva ley de universidades reflejen el mismo espíritu de la Ley Orgánica de Educación. Recordemos que la palabra verdad no aparece en esta última. Tampoco en el proyecto de 2010. Cuestión que es el resultado del irracionalismo que propugna el régimen. Es que se sustenta en la idea posmoderna según la cual el asunto no está en la búsqueda de la verdad, sino en “el encuentro de saberes”, que lleva a interpretar que un chamán o un brujo resumen tanto conocimiento como un médico con doctorado en alguna especialidad.

Sumemos que la destrucción del país, obra chavista en toda regla, reduce la importancia de la universidad como creadora de conocimiento científico y fuerza de trabajo calificada. Se inició durante el período adeco-copeyano. Pero lo alcanzado por el chavismo no guarda parangón. De allí que ingenieros, científicos, arquitectos, entre muchos profesionales, no encuentran empleos donde realizar los conocimientos y destrezas adquiridos en las universidades. De allí que la emigración de muchos profesionales atente contra el desarrollo.

Las universidades públicas están cada vez más despobladas de estudiantes, profesores y empleados y trabajadores de servicios. En la escuela de química de la UCV se acaba de inscribir un solo estudiante. Profesores sin estudiantes. Aunque también se presenta la circunstancia de estudiantes que se encuentran sin profesores. Es que el sueldo de un docente resulta absolutamente insuficiente para cumplir con su función. De allí la reducción de la planta profesoral.

Retumban las palabras de Gabriela Álvarez según las cuales es una realidad la: “… puesta en duda del futuro de nuestra casa de estudio”. Nos atrevemos a corregirla. Es que no está puesta en duda el futuro de la USB. Está puesta en duda el futuro de las universidades del país. Es que parece no tener límites la destrucción impulsada desde la cúpula chavista.

En esta hora menguada, la valentía de Gabriela tiene un enorme valor. Sigamos su ejemplo y elevemos el cuestionamiento junto a la acción, que debe expresarse en la lucha y el rescate del pensamiento crítico por un mejor país.

CARLOS HERMOSO / @HermosoCarlosD

es economista y doctor en ciencias sociales, profesor asociado de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político. 

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