“De la catástrofe hacia la prosperidad”, o por qué reinventar el sindicalismo (y II)

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Por:Pedro Arturo Moreno

El 9 de diciembre de 2014, Caracas fue el escenario para que la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) presentara una propuesta para salir de la crisis. La denominó De la catástrofe hacia la prosperidad. Para iniciar el debate, se hicieron exposiciones que resumían los elementos principales de un planteamiento programático desde la óptica de los trabajadores, bajo el siguiente lema: Frente a la crisis, los trabajadores proponemos una revolución industrial por el trabajo productivo. Destacaron las palabras del secretario general y gran amigo Manuel Cova, del economista Carlos Hermoso y del investigador Oscar Meza.

La entrega anterior la dejamos 70 años antes de este evento. Tratábamos sobre los inicios del sindicalismo en el país hasta la huelga petrolera de 1936, la posterior represión de López Contreras y sus afanes por someter al sindicato autónomo al arbitrio del gobierno, con la consabida treta de llamarlo “bolivariano”. Hasta el derrocamiento de la dictadura perezjimenista, solo en el llamado “trienio adeco” (1945-1948) el sindicalismo pudo extenderse en las ramas de la administración pública y en la incipiente industrialización —distinta a la asociada con el petróleo—, que había comenzado durante el mandato de Medina Angarita, en plena Segunda Guerra Mundial.

La CTV crecía como referencia sindical, pero fue proscrita, prohibidas sus siglas y sustituida por un sindicalismo “amarillo”, pro patronal y controlado por la dictadura de Pérez Jiménez. Poco tiempo después de ser derrocado ese régimen, se fractura la unión sindical entre socialdemócratas y comunistas, constituyendo estos últimos otra central, la CUTV. Ruptura que era expresión también de cambios en el espectro político-partidista con la imposición de una línea de exclusión, represión y segregación por parte de la tríada AD-Copei-URD, en la década de los 60.

Todos estos acontecimientos hicieron reforzar un sindicalismo muy apegado a las esferas del poder, un sindicalismo estatista y fuertemente afincado en las grandes corporaciones sindicales de la administración pública. Pese a esto y a la presencia abrumadora de dirigentes sindicales que militaban en el partido Acción Democrática —fundamentalísimo en la gobernabilidad bipartidista—, la CTV, en sus atisbos autonómicos, tuvo intervenciones en la situación nacional que la diferenciaban del férreo control extrasindical (es decir, de gobierno y de partido) y que reivindicaban su principal deber de defensa de los intereses de los trabajadores. Valga señalar la convocatoria en 1979 a paros cívicos regionales contra políticas antiobreras del recién electo presidente de la República, Herrera Campíns. Agarraron tanto vuelo que temieron se les fueran de las manos y decidieron suspenderlos.

La asesoría del economista Maza Zabala, por mencionar una perla, se hacía notar y le daba al accionar del cetevismo ciertos aires de independencia y autonomía. En octubre de 1982, del VIII Congreso de la CTV surge el “Manifiesto de Porlamar”, de la mano de este insigne economista, donde se exigía cambio de rumbo de la economía rentista y una mayor participación obrera en la conducción de las industrias y empresas estatizadas, frente a la debacle que ya se veía venir y que se evidenció en el Viernes Negro.

La Confederación mostraba su disposición a luchar hasta el punto de convocar el 18 de mayo de 1989 una huelga contra las políticas neoliberales que ya asomaba el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, incluso en contra de lo que habían sido sus ofertas electorales. En febrero de ese año, el “Caracazo” había sido una campanada que rompió los cristales de la “democracia ejemplar” de América Latina. Luego vendrían las intentonas golpistas y la estafa esperanzadora y mesiánica del chavismo, la cual hemos padecido por más de dos décadas.

Hace ocho años ya se evidenciaba la debacle de una gestión nefasta, antinacional y retrógrada. Que había despilfarrado una década entera de altos precios del petróleo y arruinado la industria nacional y la producción agrícola. Ocultando todo este desastre con un discurso falso y engañoso. Pero aún no se alcanzaban los altos grados de degradación y descomposición social, institucional y moral que en los años subsiguientes se presentaron.

La propuesta comenzaba con esta advertencia: “Venezuela se encuentra en una encrucijada histórica: continuar por el camino del desastre o cambiar las cosas en beneficio del país y de los trabajadores”. El análisis tenía fundamentaciones: “El rentismo ha hecho posible el financiamiento de un sistema económico ineficiente e incapaz de suministrar beneficios a los ciudadanos (…) La economía de nuestro país ha perdido fortaleza de manera progresiva y últimamente de forma abrupta”.

Siete puntos resumían lo fundamental:

1. Impulsar el desarrollo nacional sobre la base de una revolución industrial.

2. Convertir el petróleo en palanca para el desarrollo.

3. Alcanzar la soberanía agroalimentaria.

4. Satisfacer la demanda del país con producción nacional, asequible y de calidad.

5. Valorar la importancia de la educación en la transformación productiva.

6. Instaurar una nueva democracia con participación ciudadana en la toma de decisiones.

7. Aupar una nueva ética ciudadana, expresada en la función pública y la actuación política basadas en el interés del país, los trabajadores y el ciudadano.

Entonces, para “reinventar” el sindicalismo debemos volver a los principios y raíces, a la solidaridad, la democracia, la unidad, la dignidad y la vocación de servicio, junto con elevarnos, como trabajadores organizados, como protagonistas de primera fila en la búsqueda de los caminos para “un mundo mejor para los trabajadores”.

PEDRO ARTURO MORENO | @pedroxmoreno / instagram: pedroxmorenobr

Secretario Ejecutivo de la CTV, responsable de DDHH. Trabajador gráfico: corrector de pruebas y editor

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