“De la catástrofe hacia la prosperidad”, o por qué reinventar el sindicalismo (I)

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Por: Pedro Arturo Moreno

El sindicalismo en Venezuela da sus primeros pasos a finales del siglo XIX, con los trabajadores de ferrocarriles, artes gráficas, linotipistas, agricultores y artesanos a la cabeza, además de los gremios, cofradías y sociedades de auxilio mutuo. En la tercera década del siglo pasado, con la irrupción del petróleo como primer bien de exportación, crecen las organizaciones incipientes del sindicalismo moderno alrededor de esa industria extractiva.

El primer sindicato petrolero se funda en 1931 con Rodolfo Quintero como principal promotor, miembro del para ese entonces recién creado PCV. Se llamaba Sociedad de Auxilio Mutuo de los Obreros Petroleros (Samop). Dos años antes ya se había constituido la primera Federación Obrera de Venezuela con la presencia de alrededor de 30 sindicatos. Un año después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, se produce —desde el 14 diciembre de 1936 hasta el 22 de enero de 1937— la primera gran huelga petrolera, exigiendo básicamente aumento salarial (se logró solo 1 bolívar más para el jornal) y suministro de agua fría en las horas de labor bajo “la tierra del sol amada”. Comienza en Cumarebo y se extiende por toda la costa oriental del lago de Maracaibo y otras regiones del país.

El investigador Luis Lauriño nos dice: “Los trabajadores intentaban acciones que confundían reivindicaciones laborales que contemplaban determinadas libertades, con exigencias democráticas correspondientes a la dimensión política, mientras que las empresas hacían lo propio para impedir el avance de la organización sindical en el seno de la industria”. Abofetea esta cita a quienes abogan por un sindicalismo “apolítico”, que solamente busque reivindicaciones socio-económicas y no mire las condiciones políticas que imperan en el país.

En medio de la huelga y en el Teatro Bolívar de Caracas, se lleva a cabo el I Congreso de Trabajadores de Venezuela, desde el 26 de diciembre hasta el 7 de enero. Con la presencia de 292 delegados —170 afines a los comunistas y 122 cercanos a los socialdémocratas— se constituye la Confederación Venezolana de Trabajadores, que en corto tiempo devendría en la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV). La unidad en la lucha de estas dos principales corrientes permite que el primer secretario general sea Alejandro Oropeza Castillo, participante de la “Generación del 28”. La correlación de fuerzas no impidió que se eligiese y se reconociese las grandes dotes de ese luchador socialdemócrata.

El primer plan de trabajo contemplaba la definición de los estatutos, un proyecto de Reglamento de la Ley del Trabajo de 1936, además de propuestas sobre seguridad social, salarios y reparto de utilidades, entre otras. En este primer congreso se discutió —por primera vez y en un país con una fuerte tradición machista— el tema de los derechos de la mujer, propuesto por Olga Luzardo, quien era cofundadora de Samop.

El sucesor del general Gómez —el civil pero poco civilizado Eleazar López Contreras— al finalizar la huelga se lanza a reprimir a los dirigentes sindicales, ilegaliza la organización y, sirviendo a los intereses de las compañías foráneas, quiere impedir se extienda el “mal ejemplo” que dieron los petroleros. Para respaldar sus razzias represivas, aprueba la Ley de Defensa del Orden Público o “Ley Lara”. Más de cincuenta años antes de los mismos afanes corporativistas y gobierneros de Chávez, López Contreras trata de sustituir a los trabajadores opositores y su organización por “un movimiento sindical bolivariano, de carácter oficialista”. Y, al igual como hizo el “comandante eterno” en 2012, López Contreras reglamenta en 1938 la Ley del Trabajo sin la más mínima consulta con los trabajadores, donde se remachaba el control y tutelaje por parte del Estado sobre la organización sindical. Rémora que magnificó el chavismo contra la autonomía y la libertad sindical, expresada de manera muy gráfica en el artículo 293 de la Constitución vigente.

Los inicios serios del sindicalismo en el país se dan paralelamente con la lucha por modernizar la estructura del Estado, buscando salir de la oscurana gomecista hacia una democracia que todavía tenía demasiado tutelaje por parte de los dueños extranjeros de la industria petrolera. Se debatía cómo darle forma al desarrollo partiendo de un uso de esa extraordinaria renta petrolera con sentido nacional y popular. En los periódicos de esa época se vislumbraban los planteamientos de las principales corrientes del pensamiento, destacando, por supuesto, los provenientes de dirigentes socialdémocratas y comunistas, y en menor medida de socialcristianos.

Me he extendido en estos puntos iniciáticos del sindicalismo venezolano, pues quien no conoce la historia, y principalmente los errores, es proclive a seguir cometiendo equivocaciones y desaciertos. Quienes hoy dicen que apoyan y reivindican a Chávez, e incluso al propio Maduro, pero que luchan por las reivindicaciones salariales y se oponen a los infames decretos, no han reflexionado nada sobre la tremenda involución que han significado estas últimas y largas dos décadas para el avance y progreso de la nación y del pueblo venezolano.

En la próxima entrega repasaré hechos sustanciales del sindicalismo en el país, contrastándolos con el contexto social y político, para así sustentar una propuesta de redimensionamiento, cambio y transformación del actual espectro del sindicato para los venezolanos. Adelanto que la mención “De la catástrofe hacia la prosperidad” —título de la propuesta programática hecha por la CTV en 2014, teniendo a nuestro querido amigo Manuel Cova como principal auspiciante— busca indicar la intervención de la dirección sindical en los problemas más acuciantes por los que atraviese la nación. Tiene esa propuesta antecedentes en el “Manifiesto de Porlamar” (1980) y en “De la crisis al desarrollo” (1994), sendos materiales cetevistas que advirtieron certeramente los cambios que pronto se evidenciarían: el Viernes Negro, el primero, y la quiebra bancaria como antecedente de la llegada de la estafa chavista, el segundo. En ambos tuvo destacada actuación el economista Domingo Felipe Maza Zavala. En el de 2014 intervinieron varios asesores, entre ellos Aníbal Fránquiz, Efraín Velásquez y Carlos Hermoso. Sigan el hilo.

PEDRO ARTURO MORENO | @pedroxmoreno / instagram: pedroxmorenobr

Secretario Ejecutivo de la CTV, responsable de DDHH. Trabajador gráfico: corrector de pruebas y editor

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