Cumbre climática con promesas de cambio

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El pasado 31 de octubre comenzó la cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Al mismo tiempo, en las calles de Europa se escuchaban las manifestaciones de activistas ambientales que desde hace semanas desacreditan los resultados de estas reuniones políticas.

Aunque son las empresas e industrias modernas las principales explotadoras de los recursos naturales, los gobiernos nacionales son los principales agentes de cambio, lo que deja a muchos presidentes en una posición verdaderamente incómoda entre fomentar el crecimiento económico o poner en practica políticas de protección del medioambiente.

¿Cambios o solo promesas?

Ya en los dos primeros días de esta cumbre se decidieron puntos verdaderamente relevantes. Los 195 países miembros del Acuerdo de París se comprometieron a disminuir 30% la emisión de metano (gas de efecto invernadero) y acabar con la deforestación para el año 2030. Pero esta cumbre, que debió realizarse el año pasado, debía ya traer algunos resultados con respecto al año 2015 y no una nueva lista de promesas. De hecho, la principal promesa anterior fue iniciar los cambios de política ambiental que dieran como resultado la emisión Cero Neto de carbono a la atmósfera. Ya China adelantó que se demoraría 10 años más de la meta inicial fijada para 2050.

La primera y más obvia consecuencia es biológica. Para lograr detener este declive ambiental es necesario que la temperatura promedio del planeta no aumente más de 1.5°C. El cambio climático se manifiesta como cambios de patrones de lluvias y sequías, que tienen como consecuencia las emergencias ambientales que se sufren en todos los continentes.

También hay consecuencias económicas. En los últimos meses hemos visto inundaciones en varios países, como Alemania y Bélgica, y sequías en Estados Unidos, España y México. Pero no solo se trata de pérdidas milmillonarias por la destrucción de infraestructura, sino que afecta cultivos, lo que trae como consecuencia la inflación en el precio de los alimentos por la disminución de la oferta.

Lo anterior sería la consecuencia directa del cambio climático, pero también tiene consecuencias indirectas que incluso ponen en disputa a las potencias económicas globales. Tal es el caso de la pugna entre Estados Unidos y Rusia por el gasoducto Nord Stream, que recientemente fue culminado y que transportará combustible desde Rusia hasta Alemania, en un intento por disminuir el costo de las energías dentro de la Unión Europea.

La Unión Europea ha legislado muy rápido sobre el uso de energías renovables y decidió cargar con muchos impuestos las energías tradicionales, por lo cual aumentó drásticamente las facturas de electricidad en los países europeos. El salto tecnológico y la cuantiosa inversión de los industriales europeos no permitió que la migración a energías renovables fuese tan rápida como las decisiones políticas.

En el ámbito social, las oleadas migratorias en algunos lugares del mundo tienen orígenes climáticos, desde procesos de desertificación y disminución de tierras cultivables hasta disminución de empleos por cierres industriales producto de costos energéticos más altos. Por esta razón la respuesta de Estados Unidos frente a las oleadas migratorias centroamericanas ha sido el plan Sembrando Vidas en México, El Salvador, Guatemala y Honduras, donde se paga un salario de 250 dólares.

Héroes y villanos

La mayoría de los países petroleros, como Venezuela y México, no están interesados en las energías verdes porque con cuantiosos yacimientos de hidrocarburos aún en el subsuelo, temen que el cambio a economías verdes termine de desmontar sus modelos de negocios. Pero por otro lado, también están los gobiernos que, en busca de ingresar en mercados globales o mejorar sus condiciones económicas, prefieren seguir explotando los recursos sin siquiera legislar sobre la materia. Tal es el caso del Estados Unidos de Donald Trump, que calificó de trampa el Acuerdo de París y retiró a su país en el 2017, y el Brasil de Jair Bolsonaro, que permitió la quema indiscriminada de hectáreas del Amazonas para el cultivo de soja con el objetivo de venderla como alimento para ganado y ser el principal proveedor del rubro a China.

Algunos pueblos alemanes han liderado verdaderas cruzadas contra los campos eólicos. La regulación europea sobre la instalación de las turbinas de energía eólica impone áreas de seguridad con respecto a centros poblados, lo que hace que estos pueblos agricultores tengan cada vez menos tierras cultivables a su alrededor, espacios para crecer y la amenaza de que estas estructuras móviles gigantescas representan, supuestamente para las especies de aves autóctonas.

Jóvenes y pasivos activistas

Desde el famoso “¿Cómo se atreven?”, en el 2019, hasta el reciente “No hay planeta B” y “Plan bla bla bla”, Greta Thunberg se ha convertido en una especie de famosa del medioambiente. Tiene una posición muy crítica respecto de los gobiernos de las economías industrializadas, pero, la verdad sea dicha, con pocas propuestas sobre la mesa. Hoy en día activistas latinoamericanos, como Alejandra Gálvez y José Villalobos, replican el discurso de Thunberg, pero evitando convenientemente cualquier tipo de propuesta. Y es que en realidad no hay respuestas simples porque cada forma de energía renovable tiene aún algún problema técnico o de mercado.

El ingenio humano no cesa y por eso algunas soluciones energéticas van fortaleciéndose poco a poco, debido a lo cual algunas fuentes de energía van perfilándose con bajísimo impacto ambiental, como la geotérmica o hidrodinámica. Pero no sería realista decir que pueden reemplazar en el corto plazo la gigantesca industria de producción de energía eléctrica basada en el carbón y el gas natural.

Moisés Chocrón Fernández | Twitter: @moiseschocronf
Internacionalista y Oficial retirado de la Armada

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