Cuando Rusia habla, miente

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El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”.

Alexander Pope (1688-1744) Poeta inglés.

Comunicación en gotas

Por: María Eugenia Fuenmayor

Esta semana hemos sido testigos de una Rusia comprometida con “bajarle dos” a lo que ellos eufemísticamente siguen insistiendo en llamar un ejercicio militar. Esta promesa ha sido formulada con ocasión del diálogo con Ucrania sostenido en Turquía. A pesar de ello, vemos cómo arrecia en simultáneo el combate en algunas ciudades, como la propia Kiev.

La mentira, como sustento de estrategias para lograr y mantener poder y predominancia, se ha convertido en el fundamento del discurso ruso. La mentira, pura y dura, sin consideración alguna de que esta tenga acentos de derecha o de izquierda.

No tengo el conocimiento con el que cuentan los expertos en el funcionamiento de la mente humana y las sociedades. Sin embargo, desde el punto de vista comunicacional puedo decir que edificar todo un andamiaje argumental sustentado en base falsa no es sostenible en el tiempo. Pero en el caso ruso, el tiempo pareciera ser “chicloso”, flexible… Un permanente estirar de la elástica, aun sabiendo que toda elástica tiene un punto de quiebre. ¿Cómo contrarrestar esta realidad casi física? Pues reinventando incesantemente nuevas mentiras que se suceden continuamente, dejando atrás las primeras antes de que estas pierdan su efecto estratégico.

Es necesario entender que esta fábrica de argumentos sin fundamento no trabaja para las audiencias del mundo libre, dado que estas tienen, en principio, acceso a educación y a medios de comunicación de todo tipo, sesgados o no, que en conjunto son un obstáculo formidable para que determinados liderazgos, como el ruso actual, se constituyan y ejerzan su dominio manejando el arte de mentir a sus ciudadanos. Contar con la ética como valor rector del Gobierno ruso de hoy sería como esperar expresiones de humanismo de parte de Lenin, Stalin, Hitler o Mao. El poder, omnímodo, absoluto e inquebrantable… He ahí la substancia, la motivación y el propósito de los autócratas, aunque en ello se lleven a países enteros por delante.    

Esta guerra, iniciada y falazmente justificada por Rusia (por Putin), nos hace más conscientes de que en este lado del mundo también hay víctimas de este tipo de prácticas que, para desgracia de sus pueblos, han germinado profusamente en Cuba, Nicaragua y Venezuela y se han extendido hasta el confín sur del continente. La mentira, pues, se ha vuelto la mejor forma de gobierno, entendiendo este como el montaje del entramado que permite la mayor cantidad de blindajes que aseguren la permanencia en el poder, aun en contra del deseo y voluntad de las mayorías.

Así entonces, instituciones y eventos que tradicionalmente han servido para caracterizar a las democracias auténticas —separación de poderes, elecciones— son ahora parte del fingimiento y la simulación que, en sus expresiones más extremas, han generado guerras, muerte y destrucción. Y al hablar de destrucción no solo nos referimos a la que nos muestran los corresponsales en los edificios y ciudades de Ucrania, sino también a las ruinas institucionales y de infraestructura que nos rodean aquí, muy cerca, cuyo origen también se encuentra en la mentira reiterada, como aquella del “gallo pelón” de las sanciones.

Esta guerra última, la rusa, y aquellas falsedades también inspiradas por estas prácticas rusas, están increpándole al mundo sobre la necesidad de revisar las normas internacionales de convivencia, que deben incluir el respeto a la verdad, genuina y verificable, como parte de los discursos de mandatarios y sus representantes y como soporte de la comunicación política. Ya es tiempo de que la mentira, como estrategia para el ejercicio del poder, sea catalogada y reconocida como transgresión y como crimen en todo el mundo y en cualquier país, sin importar si sus costas están bañadas por el mar Negro, el Caribe, el Báltico o cualquier otro.

MARÍA EUGENIA FUENMAYOR | @mefcal

Experta en mercadeo, comunicaciones y reputación. Directora ejecutiva de Interalianza Consultores.

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