Cuando llega un momento de crisis

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Hablamos de crisis cuando un evento, traumático o no, desborda excesivamente la capacidad de una persona de manejarse y funcionar en su modo usual. Sobreviene entonces un período de desorganización y de alteración durante el cual se intentan diferentes soluciones, o, por el contrario, existe un bloqueo o paralización para hacerle frente a tal situación.

Este estado de desorganización crea ansiedad, confusión, miedo y sentimientos de desamparo que pueden llegar a desestabilizar el funcionamiento cotidiano de la persona en ámbitos familiar, laboral y social, y que superan, por lo general, los mecanismos y recursos psicológicos habituales de la persona para enfrentar el problema.

No podemos predecir crisis psicológicas de manera confiable basándonos en los eventos que las preceden, ya que un acontecimiento que precipita una crisis en una persona no necesariamente lo hará en otra. No obstante, hay sucesos que precipitan normalmente reacciones de crisis psicológicas. Estos hechos son muy variados: desde ataques físicos, tortura, violaciones, accidentes, intensas pérdidas personales y catástrofes naturales —como terremotos, incendios y diluvio— hasta una separación, o el diagnóstico de una grave enfermedad, entre otros.

Los llamados primeros auxilios psicológicos son precisamente, las intervenciones de primera instancia (inmediatas y de corta duración) dirigidas a ayudar a cualquier persona impactada por un incidente crítico y agudo. Su objetivo primordial es proporcionar apoyo, reducir el riesgo de muerte y enlazar a quien está en crisis con los recursos de ayuda.

Los primeros auxilios psicológicos los puede proporcionar cualquier persona suficientemente entrenada, pero también aquella que asiste de manera inmediata a la víctima estando en el lugar del suceso, ya que la idea es facilitar soluciones y apoyo social y emocional, para que quien sufre recupere su nivel de funcionamiento, y minimizar las consecuencias negativas para su salud mental.

Proporcionar apoyo se traduce en ayudar a la persona a aceptar lo que le ha sucedido, que se sienta acompañada, escuchada y comprendida, facilitando la expresión de los sentimientos y dejándole un espacio libre para que pueda ventilar sus emociones del momento.

Los escenarios de crisis se caracterizan por estar compuestos de miedo, temores y fantasías que pueden llegar a generar conductas irracionales. Hay mucha angustia y se puede desatar la ira hacia sí mismo o proyectarla en las personas más cercanas al suceso que desencadena la crisis. Estos impulsos pueden generar que la persona se torne agresiva y manifieste irritabilidad o, por el contrario, se comporte de acuerdo con un bloqueo emocional y el mutismo absoluto.

Cuando estas emociones y sentimientos se prolongan en el tiempo y/o se intensifican pueden dar origen a conductas maladaptativas y generar una crisis situacional, un trastorno de ansiedad o del ánimo o un trastorno de estrés postraumático. De allí la importancia de desarrollar una red de apoyo informal e inmediata para prevenir que la situación de crisis desencadene todos estos trastornos.

La búsqueda de apoyo familiar y social es lo fundamental para toda aquella persona que haya vivido un suceso crítico, sobre todo cuando se trata de niños, adultos mayores y personas discapacitadas.

Una vez que se haya realizado la evaluación del daño y se hayan activado las redes para proporcionar el soporte emocional y social, es de suma importancia que exista la orientación debida para iniciar un proceso de acompañamiento psicoterapéutico y, si es necesario, psicofarmacológico que conduzcan a la toma de decisiones y al restablecimiento de las funciones ordinarias de la persona afectada. De esta manera se incrementará la probabilidad de crecimiento de nuevas habilidades, opciones y perspectiva de vida.


KARINA MONSALVE | TW @karinakarinammq IG @psic.ka.monsalve

Psicóloga clínica del Centro Médico Docente La Trinidad.

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