Cruz-Diez fue mi viaje a Ítaca

643
Foto: Andreína Mujica

Hacía tiempo que había dejado de trabajar en el taller del maestro en París. Mi padre fue su amigo, pero fue gracias a mi maestro Nelson Garrido que toqué nuevamente su puerta.

Sí, soy una mujer con suerte, tengo dos grandes maestros. He caminado un par de décadas con la frase de Garrido « Hay que equivocarse, pero con seguridad». Con el tiempo entendí que eso era también el maestro Cruz-Diez.

En esa primera vuelta del emigrante, comenzando el siglo, ya con mis padres reinando en el cielo y justo antes de lanzarme al Sena, fui contratada como asistente en el atelier de Carlos Cruz-Diez en París.

Fue una experiencia increíble. Solo ver pensar a un maestro es un placer infinito e instructivo. Aprendí de su humor y del trabajo en familia. Para ese entonces todavía era un pequeño atelier donde el color y el cinetismo hacían de las suyas bajo la batuta del maestro. Por ahí pasaban vecinos, visitantes, transeúntes. El pasado y el presente vivían a un paso del taller que siempre estaba abierto para los amigos.

Luego abrieron un nuevo capítulo con la creación de una Fundación y yo regresé a Caracas, donde pasé cinco años productivos, pero cada vez que podía regresaba a París y visitaba el taller del maestro.

Un día, conversando con el maestro, me dijo: “Hija, venga a Miami, tiene que conocer lo que está pasando allá. Eso ha cambiado mucho. Venga con nosotros a Art Basel, ahí se ve de todo !”. Como tenía algunos ahorros me dejé convencer. Viví la alegría de encontrarme con tantos amigos en Miami, descubrir Wynwood y, por supuesto, los espacios del maestro en este distrito dedicado al arte.

La gran feria enloquecía con su presencia. Yo tomaba fotos de esa escena, como lo habría hecho con un actor de Hollywood. Él se dejaba tomar fotos, con «la feria», literalmente. En primer plano siempre aparece su risa, y detrás su obra. Y la gente estaba como loca. Al rato le digo: “Maestro, usted no se cansa de que le tomen fotos, ¿y no teme con quién se las toma ?”. “Nooo, ¡qué va! Si esto es una belleza. Algo bueno hizo uno”. Todo con Carlos Cruz-Diez era así, simple, claro, sencillo.

En el taller-galería en Miami había una avalancha de galeristas, visitas, entrevistas. Le comenté que iba a dar una vuelta y me respondió: “ No vayas a creer que puedes recorrer Miami a pie, mucho cuidado”. En ese instante recordé que al preguntarle cómo se llega tan bien dispuesto y buenmozo a esa edad, se reía: “Nunca acepte consejos y haga lo que le guste”.

Por supuesto que exageré. Era un verano tórrido que me deshidrató entre el distrito de la moda y el del diseño, a pie. Regresé con una camisa nueva de 1 dólar porque la otra goteaba. Obvio, cuando llegué parecía lo que era : una caminante en medio del calorón de Miami. ¿Qué dijo el maestro? Con solo verme ya la risa brotaba en cascada.

Fue una aventura enriquecedora. Tomaba notas, escribía anécdotas, tomaba fotos, pero lo mejor era caminar por la feria o ir a comer del brazo del maestro. Cuando caminábamos juntos no era yo quien llevaba a un señor mayor, ¡qué va! Cruz-Diez siempre mantuvo esa fuerza, la misma que uno siente al ver su obra, exactamente la que siente en cada acción de la jornada.

Al regreso vino una gran noticia: en Liverpool un barco había sido convertido en una obra del maestro. Soñé toda la vida con ir a Liverpool , mi obsesión beatlemaniana así lo sentenciaba. Asistir al vernissage de un barco hecho por el maestro: ¡era mi sueño hecho realidad! ¡Y claro que podía ir! Me había salido un tigrazo (trabajo pago), así que: ¡inducción cromática en doble frecuencia, allá vamos!

Ya irse de París a Londres en bus es una odisea. Pero Liverpool no es Miami y no hay muchos venezolanos. Así que busqué en las redes. Finalmente, encontré a una venezolana que conocía a una profesora irlandesa de cine latinoamericano que vivía en Liverpool y gentilmente me cedió un sofá cama por un par de días. Vivía en un gran edificio que antes era como un manicomio militar, muy intenso todo. Sentía que estaba en un cuento de Charles Dickens, y ya sabemos cómo andaba por esos lares Oliver Twist.

Todo valió la pena. Lo mejor fue ver a Carlos Cruz-Diez como un niño de ocho años ante un barco convertido en cinetismo. Eso fue más sabroso que un sorbete de colita a 42 grados centígrados. Por primera vez vi a su nieta Mariana apoyándolo en traducción simultánea inglés o japonés. Marianita es la clave. Hasta yo moría de orgullo. En esa familia todo el mundo se puso grande.

Regresamos a París. Los siguientes viajes serían: Alemania, Hong Kong, Italia, Brasil y Panamá. El hecho es que no pude seguir los pasos. Sin embargo, sí seguí visitándolos. A veces compartíamos un almuerzo o le llevaba regalitos que alguien dejaba conmigo, y si daba tiempo, hasta íbamos de visita al atelier, que, con orgullo, yo me permitía presentar.

El maestro cumplía años en verano, a mediados de agosto, y esos tempranos 90 años los celebró en mi casa. Sorpresa para todos, incluyéndome. Cuando le dije: “Maestro, le quiero hacer una parrilla en la casa”, ¿cómo iba a imaginar que aceptaría ? La corredera no fue normal, entre otras razones porque creé, literalmente, la parrillera porque la que tenía estaba en vías de desintegrarse. Lo más bonito es que para el postre no llegaba sino a comprar sorbetes; eso sí, de todos los sabores posibles. El maestro abrió los ojos y dijo: “¡Pero si me encantan los sorbetes ! ¿Cómo sabías ?”. Lo que sí sabía era que llevaba 92 años comiendo carne roja, vino y papitas fritas, que lo mantenían tan joven como tener la cabeza ocupada. Era un creador, un científico de la belleza, un artífice de la amistad. Un filósofo del color. Una luz para el mundo.

Yo quería trabajar de nuevo con Cruz-Diez y él me enseño el viaje a Ítaca. Ahora el maestro emprendió un nuevo viaje y yo sigo, con más calma, porque me dejó todas las enseñanzas, toda la risa y la certeza de que hay que disfrutar del viaje y creer en lo que se hace. Cruz-Diez es el viaje a Ítaca.

Ítaca de Cavafis

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Fotos: Andreína Mujica

DÉJANOS TU COMENTARIO