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lunes, 10 agosto, 2020

Crisis tras crisis, con tanta intensidad

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Por Paulino Betancourt

Cuando nos enfrentamos a una amenaza, las glándulas suprarrenales ubicadas encima de nuestros riñones, inundan al cuerpo con cortisol y adrenalina. El cortisol, conocida como la hormona del estrés, aumenta nuestro metabolismo y combate la inflamación, mientras la adrenalina acelera la circulación sanguínea y la respiración. 

La respuesta puede ser abrumadora en momentos como este, cuando nuestros cerebros están siendo bombardeados por una avalancha de crisis con la situación económica y la ineficiencia de los servicios, caracterizados por los constantes apagones, la falta de agua, electricidad y ahora la gasolina. El coronavirus trajo una capa adicional de presión, tensión y estrés en sectores de nuestra sociedad que ya se sentían ansiosos o luchaban por sobrevivir. El cuerpo humano está bien adaptado para manejar el estrés temporal, pero puede verse abrumado por las constantes e implacables presiones de este horrible año. Es posible que en este momento nos sintamos perdidos o adormecidos, y eso es perfectamente natural. Los psicólogos lo llaman crisis de fatiga crónica. 

Hay una razón por la cual nuestro cuerpo está preparado para soportar situaciones muy estresantes por un corto tiempo: cuando está “súper alerta”, se encuentra en mejores condiciones para percibir y evadir una amenaza. Pero bajo constante estrés, los niveles altos de cortisol causan estragos en el cuerpo, lo que resulta en problemas como ansiedad e insomnio. Una dolencia llamada síndrome de Cushing, que viene con aumento de peso, presión arterial alta e incluso pérdida ósea. ¡El estrés puede matar!

“Las personas están experimentando una gran cantidad de consecuencias: en este momento estamos viendo un aumento en la ansiedad y la depresión en el país”, dice el reconocido psicólogo clínico Emerson Trujillo. “Cada vez que en Venezuela hay un pico de crisis, hay un incremento de las patologías”.  La fatiga crónica se manifiesta a nivel social, puede tentar a las personas a que colectivamente se rindan y renuncien al compromiso cívico. “Es un mecanismo de supervivencia, has gastado energía en producir cambios y sin importar lo que hagas no hay forma de obtener un logro. Es una manera de resignificar la realidad”, me dijo Trujillo el martes pasado.

En los 20 años transcurridos desde el deslave de Vargas del 14 de diciembre de 1999, Venezuela ha visto una corriente casi constante de problemas que han agotado emocionalmente a sus ciudadanos: el 11 de abril, paro petrolero, nacionalizaciones, expropiaciones, el gran apagón, guarimbas, elecciones dudosas, solo por nombrar algunos. Creo que hay un gran problema de formación sucesiva de capas de crisis tras crisis sobre crisis, que corre el riesgo de erosionar nuestro sentido de logro social y resistencia. Después de dos décadas es posible que nos hayamos vuelto inmunes a las advertencias de los políticos y desconfiemos de sus afirmaciones. 

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En un nivel más individual, ese bombeo constante de cortisol se ha convertido en una carga. Gran parte del estrés proviene de la incertidumbre: ¿me contagiaré de COVID-19? Si lo hago, ¿estaré asintomático o terminaré en la sala de emergencias? ¿Se lo “pegaré” inadvertidamente a mis abuelos? ¿Se aplanará la curva de contagios? Ninguno de nosotros ha vivido una pandemia como esta, ni está equipado con el conocimiento para resistirlo de manera segura. Es un tipo de crisis completamente diferente y simplemente nos fatiga de una manera que no estamos acostumbrados. Pero la “situación país” ha durado más de lo habitual y está afectando a muchas más personas que otros tipos de desastres. 

Opino que la crisis de fatiga es una condición sociopolítica. Es el cansancio que viene como resultado del miedo constante asociado con las advertencias repetidas sobre crisis, desastres o catástrofes. También se refiere al debilitamiento de las estructuras políticas u otras estructuras sociales causadas por narraciones repetidas de fatalidad inminente. Es decir, la disminución de los niveles de confianza en los políticos, las instituciones y los procesos sociales, gradualmente socava la confianza de los ciudadanos de que sus representantes realmente tengan la capacidad de responder. Y, sin embargo, no puedo evitar preguntarme si parte del problema es que la noción de crisis simplemente se ha convertido en la nueva normalidad, un poco como vivir en una canción de Billy Bragg: 

“Y en ese día imperfecto
Lo tiramos todo por la borda
Crisis tras crisis
Con tanta intensidad”.

Ninguno de nosotros sabe lo que haremos en un año, o un mes, o incluso mañana, lo que ha añadido un carácter irreal a la vida cotidiana. La parte surrealista, creo, llega cuando nos encontramos en una situación en la que nunca hemos estado antes. Es extremadamente desorientador. 

La escasez de gasolina sumió a la nación en una crisis aún más profunda. Estos son exactamente los tipos de eventos que inundan nuestro sistema con cortisol y adrenalina, y es probable que sigan aumentando los niveles de agotamiento en las personas. Está ocurriendo un desmoronamiento social y los corazones están cansados del dolor colectivo. Por un lado, tenemos la esperanza de un cambio real y significativo, y, por otro, sentimos una profunda desesperación. ¡Sentarse con esa paradoja es agotador! 

Muchas personas ahora simplemente viven con miedo todo el tiempo. Con demasiada frecuencia, ese miedo parece vencer las ideas de la iluminación sobre el progreso humano. No puedo evitar pensar en el libro de Zygmunt Bauman y su noción de “miedo líquido”: “Vivir en un mundo que sólo admite una única certeza”. Se suponía que la modernidad era el período de la historia humana en el que los temores que dominaban la vida social en el pasado, podían dejarse atrás. Los seres humanos finalmente tomarían el control de sus vidas y dominarían las fuerzas incontroladas de los mundos sociales y naturales. Pero el surgimiento de sociedades “no libres”, sino temerosas, parece ser el mayor logro del siglo XXI hasta ahora.

La pregunta de fondo más importante para los venezolanos y una que debe abordarse lo antes posible, es cómo nos alejamos de la cultura de crisis dominante, comenzando a cultivar una forma más equilibrada y sostenible de vivir en armonía.

Paulino Betancourt es investigador y profesor de la Universidad Central de Venezuela. @p_betanco

El Pitazo no se hace responsable ni suscribe las opiniones expresadas en este artículo.

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