Ciencia y política bajo cero

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Cientos de científicos de varios países hacen investigaciones durante todo el año en la Antártida | Foto Cortesía

Por Paulino Betancourt

Un desierto helado sirve como refugio para más de mil científicos durante todo el año, quienes monitorean el cambio climático y estudian la historia de la Tierra. Su paisaje árido les da acceso a un mundo virgen, donde pueden completar su investigación en favor de la humanidad. Ese lugar no es otro que la Antártida, el continente más frío, seco e inclemente del planeta. La Antártida es una especie de condominio, que en teoría se rige por el Tratado Antártico, un pacto mundial que se firmó en 1959. Su propósito es preservar y proteger al continente para la investigación científica y proporcionar una protección contra las actividades militares, la extracción de minerales y los ensayos nucleares. Venezuela se unió al tratado en 1999.

La Antártida puede ser el único continente que no ha sido golpeado por la pandemia, pero eso no significa que haya sido inmune a sus efectos colaterales. A medida que el brote se extendió por todo el mundo, los países comenzaron a detener sus programas antárticos como medida de seguridad para evitar que el coronavirus envolviera el continente. Trayendo como consecuencia una capacidad operativa disminuida, retrasos en nuevos proyectos importantes, desarrollo de infraestructura y una capacidad limitada para entrenar nuevos equipos de investigación. Los recortes no solo pueden retrasar investigaciones sobre el aumento del nivel del mar y los efectos del cambio climático, sino que también dejarían una puerta abierta para la competencia entre las potencias económicas. A medida que las naciones occidentales se han retirado, los rusos y chinos han mantenido sus actividades en el continente en este período, buscando un mayor acceso a la explotación pesquera, así como en la prospección de petróleo y minerales. 

China, que se unió al tratado en 1983, estaba preocupando a las naciones mucho antes de que el mundo entrara en cuarentena. Se ha sospechado de sus intenciones, especulándose que puede estar buscando en el continente ventajas sobre los recursos. Como un recién llegado al pacto, Beijing ha invertido significativamente en investigación y desarrollo en el continente, adelantándose incluso a los miembros originales como EE. UU.  y Australia. Ha construido cuatro estaciones antárticas en los últimos 30 años y tiene una quinta estación, cerca del mar de Ross, que estará operativa en el 2022. 

Días antes de que algunos países informaran recortes y retrasos en sus actividades antárticas, la compañía china Shanghai Chonghe Marine Industry ordenó que se completara la construcción del barco de pesca de kril antártico más grande del mundo para el 2023. El krill,  utilizado como aceite y alimento en China, es un pequeño crustáceo fundamental para la dieta de la mayoría de las criaturas del mar Antártico que ha experimentado una disminución significativa de su población en los últimos años. Si bien las estadísticas sobre las iniciativas pesqueras de China son difíciles de encontrar, la captura de kril en 2014 dio ganancias por  10 millones de dólares y se espera que el mercado de aceite genere más de 400 millones de dólares para 2025. 

El temor de muchos es que la pesca sea una pantalla para la búsqueda de minerales, y aunque la conversación actual es sobre el krill y el pescado, es un precursor de las discusiones en torno a la minería (prohibida por el Tratado Antártico), que podría ocurrir dentro de 30 años. El presidente chino, Xi Jinping, dice que sus principios rectores para la actividad polar deben ser “comprender, proteger y usar”. El tratado está programado para una revisión en el 2048, lo que podría presentar una oportunidad para modificar la prohibición de explotación de recursos, incluida la minería y la extracción de petróleo. 

Rusia y China quieren relajar las prohibiciones existentes. Incluso con el tratado, el conflicto geopolítico está ocurriendo en forma de control económico, liderazgo científico y campañas de proyección. Al igual que China, Rusia sigue activa en la Antártida a pesar del coronavirus. En febrero, JSC Rusgeology, informó que ya había comenzado su primer estudio sísmico en el área. La compañía dijo que el propósito del estudio era usar una nueva tecnología para cuantificar petróleo y gas en alta mar. Según estimaciones de EE. UU., en la Antártida  hay aproximadamente 45 millardos de barriles de petróleo (una sexta parte de la Faja Petrolífera del Orinoco) y 115 billones de metros cúbicos de gas natural, además de minerales estratégicos como platino y uranio. El petróleo antártico es extremadamente difícil y, por el momento, prohibitivamente costoso de extraer, pero es imposible predecir cómo será la economía mundial en 2048. En esa etapa, un mundo hambriento de energía podría estar desesperado.

En muchos sentidos, lo que está sucediendo en la Antártida es parecido a lo que ha estado sucediendo en el Polo Norte. Desde hace siglos, los países han estado luchando por reclamos territoriales en el Ártico para reforzar las rutas comerciales. Más recientemente, han estado compitiendo por los recursos de la región, además de expandir los sistemas de radar y defensa antimisiles. Pero debido a que ningún tratado centralizado mantiene la cooperación entre las naciones o establece reglas estrictas sobre la explotación de minerales, el área se ha vuelto más militarizada. Rusia ha gastado miles de millones de dólares para construir nuevas bases militares en el Ártico y mejorar las existentes, al tiempo que permite que China extraiga petróleo en su costa.

Ante esta situación la pregunta es: ¿Cómo podemos construir un sistema que permita que los países se unan y hagan algo bueno por la Antártida? Haciendo que las propuestas científicas estén por encima de los intereses geopolíticos de aquellos que juegan ajedrez en el tablero mundial.

Paulino Betancourt es investigador y profesor de la Universidad Central de Venezuela. @p_betanco

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