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miércoles, 24 abril, 2024

China crea un mundo orwelliano

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Por Tenzin Dalha

Hace medio siglo, George Orwell escribió la obra maestra distópica «1984», en la que describía un mundo sometido a una vigilancia total. Hoy, la relevancia de la visión de Orwell es sorprendentemente evidente en China, donde la realidad supera a la ficción en su avance y en sus ominosas implicaciones. En una época marcada por la vigilancia gubernamental, la manipulación de la información y la propaganda, «1984» sirve como conmovedor recordatorio del imperativo de salvaguardar las libertades individuales y la privacidad.

Comunidades de todo el mundo albergan temores sobre el potencial de China para ejercer el control sobre Internet y otras plataformas mediáticas. Hay preocupación ante la perspectiva de que China acceda a los datos personales de ordenadores y teléfonos móviles, vigile a través de los circuitos de televisión y se inmiscuya en los dispositivos inteligentes de los hogares.

China ha perfeccionado una vasta red de tecnologías de sensores en tiempo real, como drones, teledetección y localización por GPS, junto con la extracción de datos y la implantación de un nuevo sistema de crédito social. Estas tecnologías dotan al Estado de poderes de vigilancia sin precedentes. La inteligencia artificial, sobre todo en el análisis de macrodatos, el reconocimiento facial y de voz amplían aún más sus capacidades de vigilancia.

Resulta alarmante que este sistema se esté exportando a muchos países, extendiendo el autoritarismo digital de China más allá de sus fronteras. Empresas como Huawei y Hikvision han suministrado cámaras de vigilancia a decenas de países. En torno a la mitad de las casi mil millones de cámaras del mundo se encuentran en China. Ésta vende sistemas de vigilancia de alta tecnología y de control de Internet por todo el mundo, contribuyendo al declive de las democracias y al ascenso de los autócratas.

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La vigilancia está arraigada en el comportamiento del Partido Comunista Chino (PCCh). El mandato del presidente Xi Jinping ha sido testigo del desarrollo de la inteligencia artificial, la supresión de la sociedad civil y el control ideológico. La represión de la comunicación, la intensificación de los esfuerzos propagandísticos y la rápida expansión de la vigilancia personifican la trayectoria del régimen.

Las sofisticadas capacidades de vigilancia de China se utilizan para captar y acumular información personal con el fin de influir en actores importantes y recopilar Big Data, cuyo uso es ilimitado. Este despliegue no ha ido acompañado de transparencia o rendición de cuentas. Como resultado, China emerge como pionera en la vigilancia global, reforzando el control del régimen del PCCh. Estas medidas ponen en peligro la seguridad de disidentes y activistas de todo el mundo y refuerzan a regímenes antidemocráticos.

En Tíbet, la tecnología de vigilancia sirve para que el «Gran Hermano» vigile y espíe a cualquiera, constantemente, desde abogados de derechos humanos hasta disidentes políticos, activistas, minorías perseguidas e incluso ciudadanos. A lo largo de los años, el aparato de vigilancia impone un control de base, con puestos de control tripulados y no tripulados, redes de circuitos cerrados de televisión y centros de reeducación con el pretexto de la seguridad nacional.

Las avanzadas capacidades técnicas adquiridas gracias a las herramientas de IA para vigilar y controlar a los tibetanos, junto con la vigilancia masiva y las políticas de censura, incluidas las campañas de desinformación, agravan el deterioro de la situación de los derechos humanos. En Tíbet, la gente vive en una burbuja de información meticulosamente diseñada y gestionada.

Desde rostros a perfiles de ADN, desde escáneres de iris a huellas vocales, el gobierno chino está recopilando gran cantidad de datos personales con el objetivo de construir un perfil completo de cada ciudadano, accesible en cualquier momento y lugar. Este amplio esfuerzo de vigilancia sienta las bases de un control cada vez más sofisticado destinado a prevenir las amenazas percibidas.

En 2022 se informó de una campaña de recogida masiva de ADN en las siete prefecturas tibetanas. Esta campaña indica que China está en transición hacia lo que podría describirse como un «Estado de bioseguridad», la siguiente fase de la utilización de datos para reprimir y controlar aún más el Tíbet y otras regiones. Es un ejemplo poderoso de opresión transnacional, ya que los agentes estatales extienden ahora su alcance más allá de las fronteras para perseguir y silenciar a quienes se encuentren fuera de su jurisdicción.

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A la vez, mediante mecanismos de supervisión de alta tecnología, el PCCh está llevando la supresión del culto religioso en China a un nivel completamente nuevo. La policía ha instalado cámaras alrededor de los monasterios, lo que permite vigilar a los monjes las 24 horas del día. También se les ha obligado a instalar aplicaciones de vigilancia en sus teléfonos móviles, lo que permite a la policía identificar contactos y rastrear conversaciones, aumentado la autocensura.

El gobierno chino lleva mucho tiempo investigando a los tibetanos en busca de pruebas de deslealtad al régimen. Tales decisiones restringen gravemente la libertad de expresión, lo que lleva a la gente a vivir con el temor constante de ser detenida. Muchos tibetanos han sido acusados de «subversión de la ley estatal y filtración de información al exterior», considerado un «delito contra la seguridad del Estado».

El pasado 22 de febrero se informó de detenciones masivas en el este del Tíbet contra la construcción de un proyecto hidroeléctrico en el río Drichu (Jinsha), situado en el curso superior del río Yangtsé, que obligaría a reubicar dos pueblos y destruiría monasterios budistas tibetanos y murales antiguos. Los tibetanos locales que fueron vistos en vídeos suplicando a las autoridades chinas, de forma no violenta, poder permanecer en sus tierras ancestrales, fueron detenidos, reprimidos con violencia y encarcelados.

El PCCh debe detener inmediatamente el abuso de la tecnología y las violaciones de derechos humanos vinculadas a su uso, contra tibetanos, uigures y otros pueblos turcos, mongoles y hongkoneses; y también la persecución religiosa que dicha tecnología facilita; y la exportación y venta de sus herramientas de vigilancia de alta tecnología a otros países.

Por Tenzin Dalha

Investigador en el Tibet Policy Institute y colaborador del proyecto Análisis Sínico en www.cadal.org

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