Canje, intercambio o traición

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Nosotros los venezolanos, “abandonados del destino”, no podemos entender cómo es que el presidente de la primera potencia del mundo acepte ese canje, y que “le echen un camión de…” por salvar la vida de siete de sus connacionales, compatriotas de origen o por nacionalización. ¿Cómo hacer que los venezolanos entiendan esto sí la vida de un venezolano no vale nada para el régimen? Allí están los familiares de Fernando Alban y de Juan Pablo Pernalete.

Por: Gloria Cuenca

Escribo bajo el impacto de la información noticiosa del canje efectuado por el presidente Biden con el régimen venezolano:  siete ciudadanos por dos delincuentes.

Lo primero que destaca en estos casos: no se escoge con quien se “negocia”. Es como un secuestro cualquiera: las negociaciones son con el jefe de la pandilla. Gústele o no a familiares, amigos y personas cercanas.

Lo segundo que destaco, que aprendí hace muchos años, de la extraordinaria doctora Julia Barragán: “Siempre que se toma una decisión sin consenso, alguien resulta herido”. Es así.

El presidente Biden, es natural y lógico, ayuda a sus connacionales. Esto es obligante para el jefe de Estado en cualquier parte del mundo: ayudar a sus connacionales cuando estén en un peligro. No es una novedad, ni un hecho curioso; tampoco un invento de última hora.

Pasa que, nosotros los venezolanos, “abandonados del destino”, no podemos entender cómo es que el presidente de la primera potencia del mundo, aun cuando les duela a muchos la verdad, acepte ese canje, y que “le echen un camión de…” por salvar la vida de siete de sus connacionales, compatriotas de origen o por nacionalización.

¿Cómo hacer que los venezolanos entiendan esto sí la vida de un venezolano no vale nada para el régimen? Allí están los familiares de Fernando Alban y de Juan Pablo Pernalete, por citar solo dos de los miles que esperan justicia.

Nunca les importó ni la vida, ni la muerte de los compatriotas, solo se interesan por sus amigos y familiares. Y eso no se sabe hasta cuando, porque por encima de todos están “los predilectos”.

El planeta entero clama ante la diáspora venezolana. Asombrados y abrumados por el horror que viven los venezolanos que se atreven a cruzar la selva del Darién. ¿El régimen? Se burla, dice: “Es mentira, los que se fueron ya regresaron”. Todos sabemos quien miente.

¿Por qué nuestros compatriotas han perdido la fe? ¿Por qué se van, sabiendo que se juegan la vida de ellos, de sus parejas y sus hijos? Se arriesgan —la existencia es un albur— a una “aventura” por poner un nombre, que no se sabe cómo terminará La respuesta es simple: ya están medio muertos. Tal vez el exilio, la migración logre recomponer un poco las cosas. Puede ser que renazcan.

La vida de una persona es sagrada. Está establecido así en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano desde 1948. El régimen, entre fascista-comunista y lleno de ignorantes, se hace el desentendido y no asume su responsabilidad. Nada raro. Lo extraño sería, que decidiera asumirla.

¿Pero, quien ha visto a los neo comunistas de hoy hacer eso? ¡Imposible! No está en su ADN! Lo que saben es mentir, hacer trampas, falsear la realidad y, por su puesto, hacer propaganda, reprimir, torturar, encarcelar y molestar a la gente con su espionaje chimbo (además de fastidiar con sus cadenas insoportables).

Por otra parte, el canje se produce cuando se hace público el Tercer Informe de la ONU sobre Venezuela, y el editorial del New York Times, plantea de forma contundente, la situación de los Derechos Humanos en las cárceles de Venezuela.

Pienso que si había alguna duda en hacer el canje, esto precipitó los acontecimientos ¡Había que salvar a sus connacionales! Para rematar, de los siete, cinco eran venezolanos nacionalizados de norteamericanos. Imagino que el presidente Biden, quién por su historia personal algo sabe del horror del que son capaces los enemigos, apresuró la medida.

Advierto, no estoy en favor de determinado presidente/a allende los mares. Siento que debo ser más o menos coherente en mis juicios cuando de gente de afuera se trata. Ni soy diplomática, ni experta en estudios internacionales. Aplico la lógica, la razón y la compasión, para intentar entender estos hechos.

Lamento decirlo, amables seguidores y contradictorios lectores, me asusta que los venezolanos terminemos siendo lo que ellos quieren: vengadores, incultos, no pensantes, casi bárbaros y deshumanizados por completo. La civilización y la cultura se tienen que imponer, cuesta trabajo, sí, pero es un imperativo.

Hay quien llega al extremo de sentirse traicionado. ¡Dios mío! Pero, ¿qué está pasando con la gente? Me preocupa que quienes manifiestan tanta tirria contra el acto en sí mismo no sepan nada de lo que hablan, ni entiendan por qué están ocurriendo tales eventos.

En lugar de pensar que hay, por fin, para siete familias reencuentro y  paz. Los dos de por aquí no pueden estar tranquilos. Cargan con una raya encima que no los dejará vivir en ninguna parte; en paz y serenamente. Existe la sanción moral y, por supuesto, la justicia divina. ¡Créanlo!

GLORIA CUENCA | @editorialgloria

Escritora, periodista y profesora titular jubilada de la Universidad Central de Venezuela

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