Alto costo de la vida en Venezuela

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Por: César Mogollón

La inestabilidad económica en Latinoamérica es una constante desde hace décadas. La dependencia general de las materias primas (commodities) origina un carrusel de altas y bajas en el contexto financiero regional. Sumado a gobernantes de índole populista que dilapidaron riquezas y ahorros nacionales, llevando a varios países latinos a recesiones económicas, con Estados literalmente quebrados.

En países como Argentina, Perú y Brasil, los escenarios de hiperinflación en la década de los 80 y 90 fueron trágicos, de crecimiento intensivo de la pobreza y el hambre. Desafortunadamente Venezuela sufre en la actualidad este fenómeno económico (ya poco usual en el mundo), provocado por erradas políticas macroeconómicas inducidas por dogmatismos ideológicos, que repercuten en la destrucción del bolsillo de los venezolanos.

Vivir en Venezuela para la mayoría de los ciudadanos de a pie es un vía crucis; el trabajo es mal pagado, la comida y medicamentos con precios exorbitantes, servicios básicos precarios, un gran número de deficiencias para la existencia que manifiesta un alto costo de la vida. Además, los efectos psicológicos de observar diariamente un empeoramiento de la situación, con ingresos que se desvanecen ante la devaluación.

Cambiar este panorama es una urgencia para millones de ciudadanos en peligro de sobrevivencia, que exigen el llamado a cimentar  consensos económicos entre el Estado y la empresa privada. La inseguridad jurídica y la criminalización de la economía de mercado son temas que esperan ser solventados, ofrecer garantías a la inversión y estimular el libre emprendimiento encarna acciones para oxigenar la debilitada industria.

Desde el Estado es perentorio flexibilizar las trabas burocráticas y desmantelar sus redes corruptas, que entorpecen la actividad económica. La regulación estatal no puede ser argumento para asfixiar al sector privado, al contrario, su labor debe ser la promoción del sector, para crear una vigorosa industria nacional.

La contingencia por la pandemia del COVID-19 es una alerta sobre el devenir económico del país, la caída del mercado petrolero en los últimos meses ha sido abrupta y su recuperación se pronostica larga y gradual. Con el agravante que antes de la pandemia ya existía una depreciación de los precios del petróleo, que golpeó duramente las finanzas nacionales. 

El destino como economía monoproducta se limita; apostar por la diversificación productiva es una necesidad unánime para todos los sectores políticos y sociales que desean un futuro diferente, para ello es imprescindible liberarnos de las cadenas de la polarización, que impide los cambios pertinentes.

Virar por una recuperación social requiere el apoyo de todos los venezolanos, pues una mitad o minoría son incapaces de lograr este hecho, una realidad  palpable en los últimos años donde la división ha profundizado la crisis. Reconstruir las relaciones económicas internas e internacionales del país amerita un gran esfuerzo, en primer lugar se precisará alejarse de visiones ortodoxas; en segundo: respetar las reglas de juego de la Constitución, que representa las libertades económicas de la nación y el alcance que debe tener el Estado en la economía.

Luchar para que la vida no sea un costo, sino una oportunidad, es el programa social del mañana, para que nadie vuelva a sentir el riesgo de morir por quedarse en su patria.


CÉSAR MOGOLLÓN | @CESARMOGOLLONG

Activista político, coordinador nacional del Movimiento Político Alianza Centro Venezuela

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