Ahora la paga Colón

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Comunicación en Gotas


Por: María Eugenia Fuenmayor

«El español que no conoce a América, no sabe lo que es España».

Federico García Lorca

¿Se imaginan a las hordas odiadoras de hoy destruyendo el legado del imperio romano, empezando por el Coliseo, pasando por el Acueducto de Segovia? Los romanos conquistaron a Europa entera y más allá, sometiendo a cada pueblo a su paso. Una eventual demolición de esos monumentos sería algo así como lo que el mundo vio con horror cuando el Talibán, en 2001 en Afganistán, arruinó las imágenes de Buda más altas del mundo, que datan del siglo VI, por el hecho de no compartir las creencias religiosas asociadas a tales monumentos, obviando el valor histórico y cultural  de la herencia de los habitantes de esas regiones.

O qué tal si con los mismos argumentos de los odiadores, le cayeran encima a las pirámides en Teotihuacán, dadas las evidencias innegables de sacrificios humanos realizados por los mexicas, entre otros terribles rituales aztecas, mayas e incas (¿le caemos a Machu Pichu también?) que implicaban el desmembramiento en vida de los elegidos (aprovechando luego las partes como alimento para los espectadores, siendo el corazón unas de las piezas más preciadas).

El populismo tiene que buscar argumentos que alboroten el resentimiento, y concebir ardides efectivos para hacerse «trendy» y desviar la atención de los errores de sus desgobiernos y su corrupción. Falsear realidades históricas e intoxicar los procesos sociales que configuraron nuestros orígenes con tergiversaciones y anacronismos, es aprovecharse, una vez más, de la ignorancia de no pocos, y elaborar una parodia incoherente de defensa de los DDHH.

Los autores contemporáneos de tales payasadas son precisamente sus violadores más connotados, cuyas faltas son aún más flagrantes, dado que se comenten a pesar de la objetividad de la historiografía moderna y de las leyes universales que hoy intentan salvaguardar los principios del humanismo.

Son esos mismos que por estas fechas aniversarias incitan el resentimiento para taparear sus propios desastres, derrumbando estatuas de Colón y demás conquistadores, pero que, al mismo tiempo, se derriten por Stalin, quien tiene en su haber varias decenas de millones de muertos. También son protagonistas del culto a Mao, autor de la muerte de 70 millones de almas.

Foto: Cortesía El Viajero Digital

Y, para no perder el gustico caribeño, son aquellos que, denostando de la Conquista española de estas tierras, lucen en el pecho, con desparpajo, la cara del «Carnicero de la Montaña» (también conocido como el Che Guevara), cuya divisa era: «Ante la duda, mata». Son asimismo los que desprecian a sus pueblos, anulando las posibilidades de progreso de sus propios países.

Ejemplos emblemáticos de esto son los millones de migrantes venezolanos, centroamericanos, colombianos, mexicanos y cubanos, entre otros, procedentes de naciones «liberadas del yugo español» hace 200 años, pero que ahora sufren profundos dramas económicos y sociales cuyas causas son atribuidas por estos inefables líderes ¡a La Conquista!

Por fortuna para todos, incluidos los odiadores, fueron los españoles los primeros en llegar a nuestro continente, legándonos un instrumento ricamente dotado, que es el español, que por cierto,  es el resultado de un crisol en el que se mezclaron el latín, el árabe, el ibérico y cuanto idioma y dialecto local o importado llegó a la península a lo largo de los siglos.

Nuestra música, gastronomía, literatura, cualquier manifestación cultural, incluidas las cubanas, las nicaragüenses, las venezolanas, las mexicanas y las peruanas, entre otras, tiene raíces profundas en esa España vibrante y pródiga que llegó para fundirse con las expresiones locales —y con las africanas— generando este mosaico extraordinario de acentos, ritmos, colores, costumbres y sabores inconfundibles.

El pan, el arroz, la caña de azúcar, el café, naranjas, limones, mango, la vaca, el cerdo, entre otros componentes de la cocina «autóctona», nos vienen de los españoles, que a su vez son la consecuencia formidable de la confluencia de árabes, fenicios, judíos, visigodos, romanos… El ADN puramente español no existe, tampoco la pureza de raza que sólo ha sido la absurda y perversa pretensión de regímenes en cuyo nombre el hombre ha mostrado su peor cara. Es este mestizaje, el que nos confiere la capacidad para crear sociedades humanas viables.

La manía izquierdista de imitar acciones parecidas al Talibán; esa ignorancia y cortedad mental típica de esos grupos radicales, definen a la neobarbarie del siglo 21. Pero, muy a pesar de ella, es gracias a los españoles que somos una de las muestras más sobresalientes del poder civilizador del encuentro, por demás inexorable, de los pueblos, de su diversidad y de la inclusión. Así que ¡viva la hispanidad de la cual somos parte!

MARÍA EUGENIA FUENMAYOR | @mefcal

Experta en mercadeo, comunicaciones y reputación. Directora ejecutiva de Interalianza Consultores.

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