Adiós a Felipón

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Por Valentina Párraga*

Era un hombre de rituales. Todos los sábados se levantaba temprano, iba al mercadito libre de Prados del Este a comprar queso fresco y otra delicias para desayunar en casa de Marycusa mi hermana, despertando a todos en el único día en el que podían los Amenabar-Párraga dormir hasta tarde. Pero nuestro viejo no lo quería entender. María Isabel era su maraquita siempre chiquita, y como su muchachita siempre estaba trabajando, el sábado era el único día que tenía para verla a ella y a los únicos nietos que tenía en Caracas. Todos los demás estábamos demasiado lejos de sus abrazos. En Margarita, en Bogotá, o en Miami. Éramos para él solo llamadas por teléfono casi diarias, y ausencias.

Luego de cumplido el desayuno se iba a visitar a su esposa. Compraba flores rojas que entregaba al viejito que mantenía la tumba Párraga limpia y arregladita. Papá no rezaba, no reflexionaba. Era en realidad una visita médica, apuradita, como todo lo de él. Como para salir del paso. Pero dejaba una flor roja solitaria sobre el puesto de mamá. Como un tímido novio. Como quien pide perdón por todo lo malo. Era su humilde tributo a la que fuera su compañera durante 39 años. Así, casi todos los sábados. Era una rutina conmovedora.

Hasta que intentaron asaltarlo una mañana. Era sabido que el Cementerio General del Sur se había convertido en una guarida de forajidos peligrosos, y por poco mi viejo no pasó a engrosar las duras cifras.

Se asustó, y nos llamó ese mismo día a todos sus hijos. “¿Ustedes me van a ir a visitar en mi tumba cuando me muera?” Nos preguntó a quemarropa. Todos le dijimos la verdad. Que no. El lo sabía. Si no visitábamos a nuestra amada Neneta, su mujer, casi nunca, difícilmente lo haríamos por él. “Entonces, yo voy a agarrar a toda esa gente y los voy a echar al mar, porque yo no quiero volver al cementerio”.

Y así lo hizo. Exhumó a todos los habitantes del panteón familiar, puso los restos en una cajita mediana, se vino para Margarita, y el catire y él agarraron un peñero rumbo a la piedra del farallón en la bahía de Pampatar y en esas aguas de un turquesa perfecto echó a sus padres, a su mujer y a otros familiares que no tenemos idea de quienes fueron en vida.

“Cuando muera, me echas aquí a mi también” le dijo al Catire una vez cumplida su tarea, y nos lo repitió a cada uno de nosotros. Y volvió a pedírselo al final, cuando se sintió mal. “Quiero estar cerca de tu madre”. Le dijo a mi hermano. Mi padre, hijo de su tiempo, fue hombre de muchos amores y amoríos, pero de una sola historia de amor. Mamá fue su catedral. Su torre. Su fuerza y su terror mas grande. Tenían que estar juntos.

Luego de tres años, y mucha distancia y tiempo vacío entre los hermanos, pudimos al fin reunirnos en torno a sus cenizas y a su recuerdo, y dimos cumplimiento a lo acordado. Fue triste porque era despedirlo otra vez. Fue alegre porque nada que tenga que ver con Felipe Párraga puede ser ni desesperado ni desgarrador, si recordamos su presencia risueña y jodedora, y su risa alta y alegre. Fue emocional porque estábamos todos los hermanos juntos, abrazados y conmovidos, cumpliendo el deseo de nuestro amado loco, y fue movido, porque el mar estaba muy picado y yo me maree como una imbécil.

Y aquí estoy, llorando rebosando amor, y nostalgia anticipada, porque hoy domingo comienza nuevamente la diáspora de la familia. Hoy se van Mary, Unai y los chamos para Caracas. El martes se irán el Negro con Carlota para Bogotá, y yo regresaré a Miami en unos días. Y todos en el fondo de nuestro corazón nos vamos con la enorme duda: ¿Cuándo podremos volver a repetir este milagro de abrazarnos, comer, beber y cantar inmersos en el amor y la alegría? ¿Cuándo carajo volveremos a vernos todos juntos, sin que medien ni la enfermedad ni la muerte de nuestros mayores?

La nuestra es la historia de cada familia en Venezuela. Estamos regados por el mundo y añorando un tiempo de regreso a casa. La casa de todos, la que nos congrega en torno al amor y a la historia de nuestras raíces. De nuestra esencia. Esa Venezuela-casa que perdimos y que comenzamos a extrañar desde hace mas de veinte años.

*Escritora venezolana de telenovelas para Telemundo y co-escritora de Reina del Sur. Twitter: @Valenta60

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