A mi Coro, para siempre

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Por: Adriana Pérez Gilson

Dedicado a la ciudad mariana en sus 493 años, y a mi amigo Elías, que sabe de dónde viene todo esto

Coro, hasta su nombre tan bisílabo me parecía insuficiente, poca cosa. Creía, en la arrogancia de esos años juveniles, que la ciudad, o como una vez me dijeron: “ese pueblo que se negó a morir”, le quedaba pequeña a una mente brillante y ambiciosa como la mía. 

Todo estaba contaminado con ese velo de arrogancia: sus calles destartaladas y con nombres en vez de números, las rutas de transportes que daban más vueltas que un trompo, el acento pueblerino con el que fácilmente nos identificaba fuera de sus bordes, la gente sentada en los porches o en las aceras, pendiente de los movimientos de todos los vecinos, a eso súmale un apellido identificable, con el que todos parecían conocerte. Contaba los días para irme de su insignificancia y forjar mi propio destino. Después de todo, yo había nacido para ser una ciudadana del mundo.

La ciudad me daba en la misma medida que yo la desdeñaba. Solo después de los años y la lejanía, puedo entender lo mimetizada que estoy con ella. Pero una vez me fui, feliz y triunfante, a otra ciudad que estaba más acorde con los planes de grandeza que se arremolinaban en mi mente y aunque volvía de vez en cuando, saber que no tenía que quedarme, me reconfortaba.

Pero tuve que volver, con las tablas en la cabeza. La arrogancia me salió el tiro por la culata y con el rabo entre las piernas y el hocico partido, tuve que volver, con el sabor de la derrota en la boca, porque eso significaba para mí el regreso, una derrota amarga, no me dolía tanto el divorcio como volver al lugar del que siempre quise irme.

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La ciudad me daba en la misma medida que yo la desdeñaba. Solo después de los años y la lejanía, puedo entender lo mimetizada que estoy con ella. Pero una vez me fui, feliz y triunfante, a otra ciudad que estaba más acorde con los planes de grandeza que se arremolinaban en mi mente y aunque volvía de vez en cuando, saber que no tenía que quedarme, me reconfortaba

Adriana Pérez Gilson

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Sin embargo, cuando tienes dos hijos, ambiciones y una mamá de gran carácter, la autocompasión no es una opción. No sabía que durante esos años juveniles de colegio, radio, televisión y poesía, había sembrado un afecto sincero y mi retorno, que para mí era una tragedia, significó reconectarme con proyectos y personas que me abrieron un montón de nuevas posibilidades.

Todo lo que deseaba y que tanto me había costado en esa “gran ciudad” se fue dando de forma auténtica y armónica en mi pueblo natal. Y la ciudad, con su encanto natural, se esforzó por seducirme para dar paso a una historia de amor pocas veces contada: la de una mujer por su ciudad.

Y comenzó ese proceso obsesivo de ver las cosas bajo la óptica del amor: sus calles que me habían parecido destartaladas estaban llenas de historias por contar, de anécdotas para ser feliz. Que sus rutas de transporte estaban pensadas para llegar segura a todos lados, que ese acento era una forma particular de ser amable y cordial. Que los vecinos en las aceras me custodiaban para regresar sana y salva a casa. Que ese apellido identificable no provenía desde la entrepitura natural del coriano, sino desde la confianza y el respeto. Que ese color amarillento que me parecía aburrido, eran el camino para llegar a las costas del Caribe, ese pequeño paraíso que se lleva tatuado en los párpados.

¡Ay, mi Coro querido! Ahora que soy una voz desde lejos, tu gentilicio ya no es un peso sobre los hombros, sino una carta de presentación. Saberme de ti es sentir que tengo un pedacito de hogar en cada coriano que encuentre desperdigado por el mundo. Que tus cuatro letras son como un conjuro que nos une, que el viento que evoca tu nombre, nos seca las lágrimas y nos trae ese olor a mar cuando la nostalgia se ata como un nudo en la garganta.

Que eras tú quien me quedaba grande y que solo puedo ser una ciudadana del mundo porque en tus calles aprendí lo que era la humanidad, que tú eres siempre un punto de retorno.  Lo que deseo, cuando ya mi final sea impostergable, es volver a entrar con los ojos bien abiertos por tus calles y que mi último aliento conjugue tu nombre. De hoy y para siempre, gracias Coro. 


ADRIANA PÉREZ GILSON | @adrianagilson

Idealista por naturaleza, subversiva por convicción. Venezolana hasta los tuétanos. Periodismo-Producción Audiovisual

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