Los dilemas del poder tiránico

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Manifestantes sostienen un cartel con la frase
Foto: Francisco Touceiro.

John Bolton, consejero de seguridad del Gobierno estadounidense, y Elliot Abrams, emisario especial para el caso Venezuela, señalaron abiertamente esta semana que sectores conducidos por Guaidó (y “no nosotros”, según ellos) habrían llegado a un acuerdo de 15 puntos con varios funcionarios destacados de la cúpula chavista que aún sofoca al país. Mencionaron en particular a Padrino López, Maikel Moreno e Iván Hernández, quienes según los norteamericanos se habrían comprometido a desconocer a Maduro para facilitar así la puesta en marcha de un “gobierno de unidad nacional” y de un cronograma electoral. Mientras Abrams parece haber querido mostrar cierta decepción al mencionar los nombres de estos tres señores (que “ya no contestan sus celulares”), Bolton señaló enfáticamente y con visible enojo que ésta era la última oportunidad con la que contaban para alinearse con el proceso de cambio político.

Delatado de semejante modo ante la opinión pública, y ante la mirada consternada de un Maduro sorprendido por su insólita franqueza, Padrino López reconoce en público haber recibido una oferta “engañosa y estúpida” de parte de los norteamericanos. Acto seguido, en un gesto más propio de una antigua satrapía asiática que de una moderna república hispanoamericana, cientos de militares se arrodillan y tocan el piso con la mano para mostrar subordinación ante Maduro. El TSJ, por su parte, se reúne de emergencia para aprobar un antejuicio de mérito en contra del primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, Edgar Zambrano. Inusitadas muestras de fidelidad a la revolución y a su actual conductor que, posiblemente, no se exigirían a funcionarios de comprobada lealtad. Y es que ahora es lealtad, y no independencia de poderes, lo que toca demostrar con premura.

Muchas interpretaciones pueden tejerse en torno a los confusos hechos de esta semana en Venezuela. Algunos intentan apurar un balance, hablando de éxito o fracaso en términos rotundos. Hay incluso quien ve a un grupo de ingenuos ocupando la Casa Blanca. No obstante, quizás sea más oportuno que concentremos nuestra atención en la serie, y no sólo en el capítulo. Y lo que parece mostrarnos el desarrollo reciente de la serie es que, para los miembros de esta cúpula tiránica, cuya lógica de poder es idéntica a la que opera entre mafiosos, el margen de acción es cada vez más estrecho, el carácter político de su proyecto de poder se ha evaporado y se está llegando al punto en el que cada quien se limita a intentar salvar su pellejo como puede.

Hasta ahora habían logrado cooperar en defensa propia, pero la duda ha comenzado a corroer ese delicado equilibrio interno. Después de todo, al final del día los mafiosos no pueden confiar en nadie, y mucho menos en sus propios socios. No hay verdadera lealtad entre quienes se asocian para obrar mal. Solo el tiempo nos dirá, por ejemplo, si a Padrino López, quien quizás salvó a Maduro, le tocará transitar el mismo camino que le tocó a Baduel tras salvar a Chávez.

A este tipo de régimen han debido enfrentar quienes apuestan por la libertad y la democracia, con los medios propios de la civilidad hasta donde ha sido posible. No cabe duda de que, por lo general, quienes confrontan al chavismo han insistido una y otra vez en buscar soluciones políticas. Si recuperamos la noción griega y original del término “política”, veremos que esta significaba originalmente la posibilidad de dirimir los conflictos y asuntos públicos de modo pacífico y civilizado, mediante el uso de la razón y a través del diálogo. Bajo esta acepción, y según entendían los antiguos griegos, ni el esclavo ni el tirano pertenecían al mundo político, pues su uso de la palabra no estaba dirigido a la posibilidad del acuerdo: su lenguaje era únicamente de mando y obediencia, un lenguaje usado entre desiguales que abandona la voluntad y la necesidad de demostrar, mediante argumentos, que una u otra cosa es cierta.

Si atendemos a lo anterior, convendremos que Maduro, Cabello y quienes decidan acompañarlos hasta el final parecen haber abandonado el mundo de la política. No encarnan la defensa de un proyecto de vida en común, sino la mera perpetuación de una situación de privilegios groseros y mal habidos. Sus palabras no son creíbles y se manejan dentro del universo desigual de quienes someten o se someten, pero que en todo caso no procuran el acuerdo que sólo es posible entre los esencialmente iguales. Dichas palabras revelan su modo de ser y lo que anhelan en este mundo: imponer su voluntad y satisfacer sus deseos, a costa de todo y de todos si es necesario. Como consecuencia de sus actos, y mientras no respondan por los mismos, no pueden dirigirse a los demás como iguales.

Por tales razones, quien busca el diálogo con tiranos no puede asumir la negociación desde la desigualdad y la subordinación a las que esa cúpula pretende someterle. El diálogo presume una necesaria igualdad de base, o de lo contrario se frustra. Frustrado el diálogo, frustrada la pretensión de la convivencia en términos de igualdad, lo que queda como última opción es, o aceptar el sometimiento, o incrementar las propias fuerzas. Llegados a este lamentable extremo, solo el incremento de la fuerza permite modificar el conflicto, bien porque se tiene la disposición de usarla, o bien porque, ante el riesgo de perderlo todo, el tirano decide renunciar a su posición y ponerse en pie de igualdad con los demás. Los acuerdos de paz suelen sellarse porque todos sus miembros han demostrado su capacidad de ejercer la fuerza contra los demás; cuando solo un bando puede hacer tal cosa, no necesita sellar ningún acuerdo.

Si algo nos deja la semana que termina es que ha mostrado a la cúpula del chavismo, de forma palmaria, la precariedad de su situación. Una precariedad que sus principales afectados tratarán de ocultar por todos los medios, puesto que para un mafioso –o para quien ejerce el poder público como tal–, mostrar debilidad representa la antesala de su caída. Por desgracia, quienes conforman esa cúpula desconocen (o han olvidado) que la libertad pública se basa, precisamente, en los límites que consentimos, en acatar leyes comunes y en aceptar que no podemos hacer lo que nos dé la gana si con ello perjudicamos a los demás. Si Maduro, Cabello y compañía, por las razones que sea, no están dispuestos a responder por sus actos, si no soportan la idea de volver a vivir como los demás y entre los demás, entonces no dejan a estos más remedio que usar la fuerza. Una fuerza que, como ellos saben bien (y ahora más que nunca), no requiere ser descomunal y masiva: basta con que sea precisa y eficaz.

Ciertamente, esa cúpula que todavía asfixia a Venezuela está sometida a enormes presiones, nacionales y foráneas. Su posición actual no es envidiable, salvo para quienes son como ellos. El rechazo masivo, nacional e internacional, no ha hecho más que crecer y el agua les comienza a llegar al cuello. No les queda a su lado prácticamente nadie en quien confiar. De su comportamiento depende aún la suerte de millones de personas, pero pueden liberarse de esa carga. En el fondo, todo es cuestión de que acepten ser como los demás. Por su culpa, millones de compatriotas viven en una tragedia constante, pero por su terquedad, esa tragedia está a punto de revolverse contra ellos de forma brutal. Tienen la llave para destrancarlo todo, para liberarse del peso tremendo que significa cargar día a día con el desprecio de tanta gente. Todo parece indicar que pronto veremos quiénes entre ellos tienen aún la fuerza para apartarse de un destino trágico, y quienes prefieren hundirse sin remedio.

*MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ MEUCCI 
@martinezmeucci
Profesor de Estudios Políticos (UACh). Dr. Conflicto Político y Procesos de Pacificación (UCM). Autor de Apaciguamiento (Ed.Alfa)

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