Cuando esto pase estaremos preparados para lo mejor

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Por Valentina Betancourt

En estos días nos llegan mensajes por aquí y por allá preguntando cómo enfrentar estos momentos de tantos retos y dificultades. Nos hablan de fortaleza, de crecimiento interior, de resistencia, de crecer en la adversidad, de no dejarnos robar la tranquilidad. Todos los mensajes con los mejores consejos y motivaciones. Otros nos orientan sobre cómo hablar sobre esto que estamos viviendo en Venezuela con nuestros hijos.

Sin embargo, yo me quedo con esto del escritor japonés Haruki Murakami, que me llegó y que sin duda es el mensaje con el que más me identifico, no solo como persona, sino como madre y como educadora: «Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Aunque una cosa sí es segura, cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella»

Aunque demos por sentado que, después de la tormenta no seremos los mismos y que esto nos fortalecerá a nosotros y a nuestras familias, es importante que hagamos conciencia y nos pongamos algunas metas para que realmente ese cambio que, estamos seguros, se dará en cada uno de nosotros y de nuestros hijos, sea para bien, sea de crecimiento personal.

Pensemos en qué cosas vamos a aprovechar para cultivar en nuestra familia durante este tiempo y cómo vamos a hacerlo, qué queremos que nuestros hijos aprendan de esta situación tan apremiante en la que estamos envueltos.

Yo, después de darle vueltas y vueltas, he sacado algunas ideas que pienso que nos pueden ayudar como cabezas de nuestras familias:

Cultivar la paciencia. Una virtud que estoy segura que estamos labrando es la paciencia, aprender a esperar. Pero no solo debemos practicarla nosotros, debemos tratar de enseñarla a nuestros hijos, enseñarlos a esperar, decirles que, mientras llega la luz, nos vamos a dedicar a hacer otra cosa, podemos leer, arreglar y limpiar los cajones de los juguetes, que ya lo necesitaban, repasar algún tema de lo visto en clases días pasados. Si es de noche, podemos reunirnos a la luz de velas o linternas a compartir un juego de mesa según las edades de los niños, contar historias o hacer maratones de chistes y adivinanzas. Hacerles ver que algunas veces no tenemos lo que queremos y necesitamos, sino que toca esperar para tenerlo y que, mientras llega, aprovechamos nuestro tiempo en otras cosas.

Aprender a aprovechar el tiempo. Pensamos que eso está más que aprendido, pero, cuando el agua está racionada y la luz no sabemos cuándo llega y cuándo se va, nos damos cuenta de lo que nos cuesta a nosotros y por supuesto que también a nuestros hijos. Aprovechar los ratos de electricidad, bañarse en el tiempo justo, aprovechar la luz del día para leer, estudiar, cumplir con las responsabilidades que tenemos en el corto rato en que tenemos conexión a internet, inclusive aprovechar el rato de esparcimiento que nos toque para descansar en familia y tomar fuerzas para los retos que siguen.

Ser austeros. Otra virtud que hemos estado aprendiendo y no nos hemos dado cuenta, es la austeridad. En primer lugar, porque además de estar en un momento en el que hasta cuántos pasos damos está racionado, seguimos teniendo los problemas inflacionarios que también nos aquejan. Utilizar las cosas materiales responsablemente, aprovechar al máximo los recursos, reutilizar lo que podamos. En concreto, si hay una camisa que solo utilicé un rato y está limpia, no la pongamos en la cesta de la ropa sucia, guardémosla para volver a utilizarla, así ahorramos detergente, agua y tiempo. Sirvamos el agua que realmente nos vamos a tomar.

Tengamos, en la medida de lo posible, una rutina. Aunque los niños no tengan que ir al colegio, no les permitamos que se queden en pijamas todo el día. Pidámosle que se vistan. Sabemos que cuando los niños se quedan en casa, todo parece que está patas arriba, por eso, al final de la tarde, pidamos que recojan sus cosas, que mantengan sus cuartos ordenados. Tratemos de mantener los horarios de las comidas. Estas pequeñas acciones serán la base para formar en ellos la virtud de la templanza pues, a pesar de que no tienen la exigencia del horario de clases, levantarse temprano y tener menos ocupaciones, deben ser conscientes de que su tiempo vale y que deben aprovecharlo en cosas que valgan la pena.

Mantener viva la esperanza. Por último, mantengamos un clima de esperanza, que nuestra familia se sienta segura estando junta. Que, como nos enseñó Victor Frankl después de su dura experiencia en los campos de concentración nazi, siempre hay un motivo para luchar y salir adelante, que tenemos personas a nuestro alrededor que nos necesitan y nos valoran. Repitamos a nuestros hijos que estamos juntos y que eso es lo más importante. Que mientras estemos juntos estaremos bien.

No dejemos pasar estos días sin darnos cuenta del sentido que estas experiencias pueden tener en cada una de nuestras familias. Así como estas cinco virtudes que he mencionado, estoy segura de que cada uno de nosotros está formando en sus hijos una decena más, pero debemos afinar la intencionalidad en lo que hacemos y decimos en casa.

Resistamos juntos, no nos dejemos vencer por las injusticias, preparemos a nuestras familias para la construcción de un mejor futuro.

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