¿De quién es la culpa de que Maduro siga en el poder?

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Maduro y su equipo ejercen el poder y administran el miedo y la complicidad de civiles y militares para aferrarse al mando. Foto EFE

A finales de 2018 era inimaginable para los venezolanos que durante 2019 estaría en riesgo nuevamente la continuidad de Nicolás Maduro en el poder. Solo recuerdo haber escuchado al analista político Michael Penfold, en un encuentro con periodistas en noviembre del año pasado, plantear que esa posibilidad existiría a partir de la ilegitimidad que tendría Maduro al juramentarse para un segundo período, resultado de la elección del 20 de mayo de 2018, desconocida por las principales potencias del mundo

Sin que fuera advertido por nadie, emergió la figura de Juan Guaidó, primero como presidente de la Asamblea Nacional, luego asumiendo la Presidencia interina el 23 de enero e invitando a repetir como un mantra el cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres.

Guaidó —y sí creo que es su mérito— aglutinó a las fuerzas de la oposición en un propósito, revitalizó las energías que parecían acabadas para llamar a la población a manifestar y llevó al ocupante de Miraflores a enfrentar una nueva crisis.

Pero comenzamos el segundo semestre del año y no ha ocurrido el quiebre de la institución militar. Dos alzamientos (Cotiza y La Carlota), el intento de la ayuda humanitaria (23 de febrero), la sanciones internacionales a funcionarios y a Pdvsa y BCV, los apagones del 7 y 25 de marzo y el inicio de la escasez de la gasolina fuera de Caracas, sucedieron sin que lograran incidir en el cambio de Gobierno.

Hoy Maduro y su equipo ejercen el poder y administran el miedo y la complicidad de civiles y militares para aferrarse al mando. Hoy también tratan de negociar un pacto con las mejores condiciones para el régimen, que les permita ganar tiempo, levantar las sanciones y poder gobernar sobre ruinas.

Entonces, ¿de quién es es la culpa de que Maduro siga en el poder?

Sería muy fácil responsabilizar a Guaidó por la permanencia de Maduro en la silla de Miraflores. Pero también simplificaría el análisis negar que tiene responsabilidad en la desesperanza que hoy sienten algunos venezolanos que esperaban un cambio en un tiempo más corto. Precisamente, allí está el detalle. Guaidó logró esa energía revitalizadora porque dibujó la meta muy cerca. Creyó que los militares cambiarían de bando solo al ofrecerles amnistía, sin que se consideraran los negocios que altos jerarcas han hecho con el dinero de la República. Además, Guaidó lideró el alzamiento del 30 de abril en La Calorta, lo que dio la excusa al régimen de iniciar una razia en el Parlamento y que ha debilitado al hoy líder de la oposición. No obstante, insisto, no toda la culpa es de Guaidó.

Tampoco podemos dejar de lado la responsabilidad de factores opositores. Sería necio taparse los ojos y negarse a ver la convivencia de líderes opositores con representantes del empresariado que surgió amparado en la corrupción del chavismo. De tanto cuidar intereses propios y ajenos e intentar obtener el mayor provecho posible de las oportunidades, se dividen las fuerzas y se pierde la claridad del objetivo final.

La responsabilidad ciudadana también debe ser analizada. Nos equivocamos al esperar que un líder de tipo caudillesco dirija la reconquista de la democracia y nos olvidamos del esfuerzo diario que debemos hacer cada uno de nosotros, en nuestros ámbitos más cercanos, para lograr el rescate de los valores democráticos. Estar informados e informar a otros, activarnos en organizaciones de bases y participar en el debate público en asambleas en nuestras comunidades, son algunas de las acciones que podemos hacer para rescatar la democracia. También fallamos los ciudadanos al perder la esperanza y dejar que caiga el ánimo después de los tropiezos del liderazgo. Nos equivocamos cuando pensamos en la venganza, en la aniquilación del otro o en soluciones inmediatas, pensamiento motivado por el hecho de que los líderes no se atreven a decir que este será un proceso largo, una guerra con batallas diarias.

No pudiera cerrar este análisis sin señalar al verdadero responsable de que Maduro se mantenga en el poder. El principal responsable es el propio Maduro, su entorno, los cubanos y los rusos.

En una guerra de cuarta generación, cuyas batallas se dan principalmente en la psiquis de los venezolanos, en el ánimo ciudadano, el régimen y sus aliados llevan una ventaja por la claridad de los objetivos y la amplitud de recursos que pueden usar a su favor.

Por eso es muy importante que Guaidó y sus aliados nacionales e internacionales analicen el curso de los acontecimiento y dejen de subestimar a Maduro, para que así bajen directrices que sean asumidas por todos los dirigentes opositores sin pensar tanto en sus intereses, sino en los del país.

La ciudadanía debe recibir mensajes claros de los líderes y no maquillar la cercanía de la salida, para que entre todos se construya una esperanza basada en la verdad y que esta sea fortalecida por la búsqueda constante de la victoria en esas batallas diarias que permitan derrotar al régimen y sus vicios.

¿Será eso suficiente? Tal vez no. Quizás harán falta otras acciones que no están en manos de Guaidó, de la dirigencia opositora venezolana o de la ciudadanía. Pero de lo que sí estoy seguro es de que el camino al cambio será más fácil si estos tres sectores se encontraran más articulados y fortalecidos.

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