Zulia | Adulta mayor que supera el COVID-19: “Sentí que volví a nacer”

Benedicta Urdaneta, de 74 años, estuvo ocho días hospitalizada en el centro centinela de Santa Bárbara, en el Sur del Lago y está agradecida por esta nueva oportunidad. Considera que los pobladores no cumplan las normas de bioseguridad

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Benedicta del Carmen Urdaneta, sobreviviente del COVID-19 en el estado Zulia

“Vencimos el COVID. ¡Gracias Diosito, gracias!”, esa es la frase que al persignarse pronunciaba Benedicta del Carmen Urdaneta, paciente de 74 años que sobrevivió a la pandemia por el COVID-19, por lo que, entre aplausos y la alegría de sus familiares, recibió el alta médica en el hospital de Santa Bárbara, centro centinela que atiende contagiados al sur del estado Zulia. “Solo pensaba en Dios y ahora estoy muy contenta porque volví a nacer”, expresa la mujer, que habita en el Sur del Lago de Maracaibo.

Benedicta sabe que pertenece al renglón poblacional vulnerable al contagio del SARS-Cov-2, causante de la enfermedad que afecta a ciudadanos de todo el mundo, y por eso se siente afortunada de haber superado los efectos de un contagio que resulta ser letal para las personas de la tercera edad. “Agradecida de Dios siempre, de los médicos, enfermeros y todo el personal que me asistió. Muchas personas creen que esto es un juego, pero se pone en riesgo la vida y lo que más amamos, que es la familia”, dijo a través del hilo telefónico.

En la familia de la adulta mayor, las dudas se acrecentaron desde el 1º de junio reciente, cuando al efectuarle la prueba dio positiva para COVID-19.

Benedicta habita en la antigua calle Zamora de San Carlos del Zulia, capital del municipio Colón, el más denso poblacionalmente en el Sur del Lago. Tres días antes del chequeo de laboratorio sintió dolor de estómago, y dos días después, fiebre alta y un incesante dolor de cabeza.

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Un médico consideró pertinente hacerle análisis de sangre y unos rayos X de tórax. Al finalizar los dos diagnósticos concluyó: “Aquí hay una presencia de COVID”. Son las palabras que resuenan en la mente de Luisa Amesty, la hija de Benedicta.

“Primero me contagié y tomé tratamientos en mi casa. Solo me dio dolor de garganta y gripe. Después cayó mi mamá. Cuando le recetaron los medicamentos la tuvimos seis días en casa. Pero un día salió de la ducha y se desplomó. Manifestó sentir que se ahogaba, por lo que decidimos hospitalizarla como recomendó el médico”, narra la familiar de la septuagenaria.

Por la cabeza de Luisa y su hermano, José, los dos únicos hijos de Benedicta, se cruzaron pensamientos de fatalidad. “Yo decía: se va a morir mi mamá”. Recuerda que entre diciembre de 2020 y enero de 2021 hubo muchos decesos en el hospital de Santa Bárbara y eso los tenía nerviosos. En cualquiera de los casos, acota que la trasladaron a tiempo.

La internaron en el área C de mujeres. Junto a ella había otros cinco adultos mayores y otra paciente que superaba los 40 años. En total el nosocomio atiende hasta 35 pacientes en la sala de monitoreo por coronavirus. A las afueras del centro hospitalario, Luisa, que cuidó a Benedicta entre el 6 y 14 de junio, vivió las experiencias más difíciles en medio de la pandemia.

En el espacio centinela observó cómo sacaban fallecidos en camillas y envueltos en sábanas. “Llegó una señora muy grave, que la traían desde El Moralito. La intentaron reanimar cinco veces pero no volvió”, cuenta a través de una llamada, guardando el distanciamiento. También afirma que murió otro señor y un pastor, según su relato.

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“El día que a mi mamá la ingresaron me dio un ataque de depresión y ansiedad. En días posteriores, al presenciar todo eso, me volvió a atacar, pero debo decir que el personal médico y de enfermería la atendió muy bien y nos daba aliento”, cuenta la hija de Benedicta. La paciente también contó con la ventaja de tener familiares que laboran en la institución.

Pocos recursos

A los familiares de Benedicta les dieron casi todo el tratamiento, excepto el anticoagulante, cuyo nombre es Clexane. Cada ampolla tiene un precio de 45.000 pesos colombianos, o el equivalente a 45 millones de bolívares. Las diez dosis hicieron una suma general de 450 millones de bolívares, de acuerdo con la tasa de cambio a la que los cancelaron.

El dinero para costear el medicamento de Benedicta lo obtuvieron con donaciones de la empresa donde labora su hija, así como gracias a contribuciones de familiares en el exterior y ayudas recibidas tras publicar un aviso en redes sociales.

Por suerte, a Benedicta no le colocaron antibióticos de amplio espectro, pues el virus no se había propagado a la totalidad de los pulmones. Además, no tenía antecedentes de diabetes, hipertensión o algún padecimiento renal. Solo tiene una deficiencia auditiva, pero de resto afirma con ánimo: “Estoy fina”.

A Benedicta le dieron los tratamientos, excepto en anticoagulante que su familia costeó en pesos colombianos con ayuda de remesas y contribuciones.

“Lo importante es llevar al paciente a tiempo a consulta. A veces no los quieren sacar de sus casas y eso es un error. Los debe evaluar un médico y sacarlos al hospital. Muchas veces los familiares toman esa decisión cuando ya no hay nada que hacer o se ha agravado su condición”, relata.

La anécdota que más recuerda Benedicta del Carmen es cuando a las habitaciones del área COVID entraba Erick con las bandejas de alimentos. “Llegó el carrito del sabor”, decía el hombre. Durante la hospitalización, la sobreviviente dice que comió más que en su propia casa. A diario le servían tres raciones de sopa. Además, el repartidor les daba la taza con una sonrisa y trato afable, porque “esa sopa los ayudaba a curarlos”, les alentaba. Y hasta se hizo amiga del portero del hospital de Santa Bárbara.

Ella se aferró a Dios. “No pensaba en nada. Solo en salir de allí sana. Nunca pude decir que vi gente grave o que murieron, eso solo lo vivió mi hija; yo estoy agradecida a la vida por esta nueva oportunidad. Dios bendiga al personal de salud por su esmerada atención. Espero que los ciudadanos tomen más conciencia sobre este virus que atenta día a día contra las personas”, dice.

Benedicta laboró desde joven en organismos públicos como personal de limpieza y desde hace más de dos décadas se dedica a las labores del hogar. La sobreviviente dice que muchas personas pueden superar la enfermedad con fe, siguiendo las indicaciones médicas y con tratamientos a tiempo.

Benedicta, su familia, los médicos y los habitantes del municipio Colón, agradecen a Dios por tenerla entre las estadísticas de quienes superan el virus que ha cobrado tantas vidas y en particular en el estado, que es el primero en decesos de personal de salud en Venezuela. “Qué alegría; superamos el COVID; estamos muy felices”, remarcan sus familiares.

Benedicta recuerda que comía más en la sala de COVID que en su casa. “Llegó el carrito del sabor”, decía el repartidor de sopas.
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