En uno de los sectores populares de Punto Fijo, en la península de Paraguaná, funciona la Casa de la Misericordia, el sueño de un párroco que se convirtió en el alivio de más de 130 niños y 15 adultos mayores donde van a alimentar el cuerpo y el espíritu

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El amor a Dios, las ganas de ayudar y el trabajo en equipo se conjugan en la “casa grande”, una vivienda creada hace 20 años y que agrandan diariamente para recibir a los niños de las comunidades más vulnerables en el sector Bella Vista de Punto Fijo, en la península de Paraguaná, estado Falcón.

La casa de la Misericordia recibe diariamente a 136 niños y 15 adultos mayores. Ocho personas se encargan de atenderlos, les ofrecen dos comidas diarias y le alimentan el alma y el espíritu con mensajes de esperanza, amor y fe de que las cosas van a mejorar “porque así lo quiere Dios”.

Entrar a la casa da un ambiente de frescura y paz. En medio del patio hay una gran imagen de Jesús de la Misericordia que da la bienvenida a los demás espacios. Es un sitio lleno de bondad, buenas costumbres y calidad humana.


La Casa de la Misericordia está allí con sus alimentos, sus actividades recreacionales y motivacionales, pero también con el apapacho y el cariño


De lunes a viernes reciben a niños en edad escolar de Bella Vista, La Rosa, La Galaxia, Menca de Leoni y Caja de Agua, sectores populares de Punto Fijo, donde no tienen tareas dirigidas gratuitas y los comedores populares no son diarios.

Todas las mañanas y al mediodía, van acompañados de algún representante y otros llegan solos. En uniformes y con sus útiles escolares, acuden para reforzar sus conocimientos en “la casa grande”, donde además les enseñan la palabra de Dios, hacen manualidades, deportes y aprenden a rezar.

La mayoría de los niños viven con abuelos y otros familiares porque sus padres han emigrado a diferentes países de América Latina en busca de una mejor calidad de vida. Los adultos mayores también viven solos, pero en esta casa encuentran atención y cariño.


Muchas veces no hay carencia de comida, sino de un abrazo, de un hogar, de una gallinita que quiere a sus pollitos

Mariela Ñañez, maestra

La casa de la Misericordia fue un sueño que empezó hace 20 años. El padre Martín Piñero se ilusionó con la idea de tener un lugar donde atender a los niños más desprotegidos, darles comida, pero también enseñarles desde muy pequeños a creer en Dios, a amarlo y a hacer su voluntad.

Ese sueño se lo propuso al obispo de Punto Fijo, en ese entonces Monseñor Juan María Leonardi, a quien le pareció un proyecto muy grande y difícil de cumplir, pero no imposible porque “para los planes de Dios no hace falta más que su voluntad”. Y así fue. El padre Piñero fue enviado a la comunidad de Casacoima y allí un grupo de mujeres pidieron proyectos para ayudar a la iglesia. El momento de cumplir el sueño había llegado.

En 1999 comenzaron en el sector Blanquita de Pérez, en una casa alquilada que nadie sabe quién la pagó durante dos años. El agua estaba almacenada en poncheras,  tenían solo una cocinita de cuatro hornillas y se atendían entre 250 y 300 personas diariamente. Posteriormente, un empresario de la zona donó la actual casa, que era mucho más pequeña, pero con la ayuda de mucha gente y de un concurso que ganaron en una televisora regional lograron mejorar y hacer ampliaciones.

De los 20 años que tiene la Casa de la Misericordia funcionando, la maestra Mariela Ñañez tiene 19 con ellos. Recuerda con alegría cada instante de sacrificio y de entrega para esos niños y, aunque todos los años hay caras nuevas, todos llegan abrazándola y besándola. En cada uno de estos momentos se le dibuja una gran sonrisa en su rostro.

Hablar del trabajo que hace junto a siete personas más en “La casa grande”, como la llaman, la llena de orgullo y de regocijo. Los mejores años de su vida los ha pasado junto a ellas, en los diferentes escenarios que le ha tocado estar.

Para Ñañez, trabajar con los niños de la comunidad no es nada fácil, sin embargo, sabe que es la voluntad de Dios la que logra grandes cambios en estos pequeños que muchas veces se sienten abandonados y solos, más en este momento del país en el que la mayoría ha quedado a cargo de sus abuelos.

“Ellos son ayudados emocionalmente y motivados. Se les dice que Venezuela va a cambiar y va a ser otra y eso lo tenemos nosotros bien agarradito del corazón. Sabemos que papá Dios hará de Venezuela lo que era antes. Les recordamos que los que tienen sus padres fuera, lo están haciendo por una mejor calidad de vida para ellos”.

La casa atiende a niños y adolescentes en dos turnos. Los que van en la mañana, desayunan y almuerzan y los que van en las tardes almuerzan y meriendan. Diariamente reciben refuerzos académicos.

Los separan en salones por grados y atienden las necesidades de cada uno, además tienen clases de religión, computación e infancia misionera y pastoral. Cuentan con jornadas de salud a través de Cáritas Venezuela. En la casa tienen dos pediatras, un psicólogo y un nutricionista, que además de evaluar a los pequeños, es el encargado de crear el menú diario.


Sabemos que papá Dios hará de Venezuela lo que era antes. Les recordamos que los que tienen sus padres fuera, lo están haciendo por una mejor calidad de vida para ellos

Mariela Ñañez, maestra

“Hay muchos niños que ya se han llevado del país; otros niños y abuelos que han quedado solos;  son abuelos criando niños, por eso la Casa de la Misericordia está allí con sus alimentos, sus actividades recreacionales y motivacionales, pero también con el apapacho y el cariño. Muchas veces no hay carencia de comida, sino de un abrazo, de un hogar, de una gallinita que quiere a sus pollitos”, dijo Ñañez con voz entrecortada.

El alimento no falla, pero el agua sí

Pese al alto costo de los alimentos y la crisis económica, a la Casa de la Misericordia no le falta el alimento. Cuentan con el aporte de fundaciones y empresarios que ayudan a que en el lugar siempre haya alimentos balanceados para los niños y adultos que acuden diariamente a este espacio. “Hay mucha gente amiga, mucha gente que cree en Dios, en ese Dios y en el de esta casa. No nos falta el alimento y ese es un trabajo que solo Dios y su amor pueden lograr”, dice Ñañez.

Gracias a ese Dios y a la bondad de mucha gente no les falta el alimento, lo que sí les ha faltado por varios días es el agua debido a la crisis que atraviesa la península de Paraguaná y que supera los cuatro meses. El tanque de 18 mil litros se quedó pequeño ante la gravedad del problema del agua en la zona y han tenido que pedirle a los niños que lleven una botella de un litro de agua para ayudar a abastecerse.

Sin embargo, las ganas de seguir ayudando al prójimo no se detienen, con una sonrisa en sus rostros, los colaboradores reconocen que no saben cómo suceden las cosas, solo saben que siempre llegan las ayudas -muchas veces anónimas- para que la “casa grande”, siga siendo un lugar para el encuentro con Dios.

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