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martes, 17 mayo, 2022

En Tintorero pasaron de vivir del arte a sobrevivir con creatividad

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Tintorero se caracterizó durante décadas por ser el centro económico artesanal más importante de Venezuela. Compradores del resto del país y del exterior viajaban a este pueblo del estado Lara para comprar artesanías de todo tipo. En la actualidad son pocos los que continúan con su arte porque la mayoría ha tenido que dejarlo a un lado para sobrevivir

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Vivir del arte. Esa era la tradición del 60% de las familias en la parroquia Tintorero, ubicada en el municipio Jiménez del estado Lara, en el Occidente de Venezuela. 

Carlos Mendoza fue artesano durante 25 años. En las mejores épocas horneaba hasta 10.000 piezas de arcilla al mes en el horno instalado en el patio de su casa. Desde hace cuatro años dejó su arte para trabajar como bedel en una escuela durante las mañanas y de vigilante nocturno en un invernadero.

Al preguntarle sobre lo que extrañaba de su oficio no pudo contener las lágrimas. “Todo. Extraño todo. No éramos ricos, pero vivíamos cómodos. A los niños no les faltaba nada. Salíamos a pasear los fines de semana”, rememoró mientras limpiaba el polvo de las artesanías que aún conserva en su patio.


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En el censo publicado en el año 2004 por la Fundación para el Desarrollo de Centrooccidente, Fudeco, existían más de 650 telares activos en esta región. En el año 2019 la cifra está por debajo de 50 telares, donde continúan tejiendo hamacas, tapetes, individuales y otros productos textiles característicos de este pueblo de artesanos.

La Feria Internacional de Tintorero, que se realiza cada año entre la última semana de julio y la primera de agosto, tiene de internacional solo el nombre, porque el turismo ha disminuido, incluso el que realizaban los propios venezolanos que antes visitaban el poblado para comer los platos típicos y comprar artesanía.

“Los clientes que antes nos compraban para revender, ahora trabajan haciendo otra actividad, porque ya la gente no está pendiente de comprar adornos, sino de buscar comida”, declara Miroslava Roa, quien hasta hace cuatro años vivía como artesana.

Laura Sarmiento, una de las pocas tejedoras de hamacas que sigue la tradición familiar, dijo que el año pasado, durante toda la feria, los artesanos vendieron menos de diez hamacas entre todos. El resto del año, en los cubículos del centro artesanal, “exponen” alimentos, como harina, arroz y granos.

“El turismo desapareció por la inseguridad, porque no hay gasolina y por la vialidad, que no está en buenas condiciones. Las fallas de electricidad también influyen para mantener los puestos de venta en Tintorero, porque los cubículos son cerrados y necesitan iluminación, así como los que venden comida necesitan electricidad”, enumera Sarmiento.

De 650 telares que había en el año 2004, ahora quedan menos de 50 activos| Keren Torres

Economía en picada

En el patio de la casa de los esposos Mendoza Roa quedan algunos moldes pálidos, sin pintura, sin terminar. También están algunas piezas llenas de polvo. Hasta hace cuatro años estas piezas las hacían por miles en el horno casero, que quedó como recuerdo de esa época cuando vivían del arte.

“Mi sueño es volver a trabajar con la cerámica. Sería como empezar de nuevo, porque tendría que buscar moldes. La pintura está muy cara y aquí ya no la hacen porque los envases también se desaparecieron. Lo único que tenemos es el horno”, cuenta Miroslava Rosa.

Carlos Mendoza explica que las personas llegaban a su casa a comprar por miles los productos, que eran vendidos en toda Venezuela y a clientes de Colombia. “Pero la economía se vino al piso. Ya no nos compraban las piezas y no conseguimos cómo sobrevivir. Por eso tuvimos que buscar trabajo en otras áreas después de dedicar toda nuestra vida a la artesanía”, dice Mendoza.

En el pueblo también se pueden observar telares abandonados en los solares de las viviendas, los cuales en un tiempo eran el sustento principal de las familias de Tintorero.

Con el Convenio China-Venezuela comenzó a llegar hilo chino de baja calidad y los clientes se quejaban porque las hamacas se rompían | Keren Torres

Convenio China-Venezuela

Laura Sarmiento forma parte de la tercera generación de tejedores de la familia. Construyó su fábrica de textiles gracias a un financiamiento de Bancoex que recibió en el año 2016, que ha pagado en su totalidad. Inició con nueve telares, pero en la actualidad solo funcionan dos.

Uno de los problemas que ha tenido que sortear es la mala calidad del hilo que empezó a llegar a Venezuela desde el año 2004, cuando Venezuela firmó el convenio con China. “Antes llegaba al país hilo de buena calidad, principalmente de España, pero desde que Chávez firmó el convenio China-Venezuela, la materia prima que empezó a llegar era mala. Empezaron las quejas de clientes de hamacas, porque estas se rompían y no eran resistentes como antes”, explica Sarmiento.

Esa y una decenas de denuncias las llevó a Caracas, al Ministerio de Cultura y al Ministerio de Comercio Exterior. “Tengo una caja con la cantidad de documentos que he entregado. Mi idea siempre ha sido que todos los artesanos de Tintorero puedan salir adelante para continuar la tradición. Llevé varias propuestas al Gobierno, pero quedaron en nada. Desde aquí se movía la economía de Venezuela”, rememora la creadora.

Para ese año de 2004 en Tintorero se consumían 900.000 kilos de hilo al año. Sin embargo, la crisis tomó la delantera y ocasionó que familias de tradición textilera, como los Mendoza y los Montes, cerraron sus negocios al no poder adquirir la materia prima de calidad. “Por ética cerraron, para no hacer textiles de mala calidad. Yo he hecho hamacas con lo que había podido comprar años atrás, pero ahora con la hiperinflación no sé cómo haré para adquirir el hilo importado”, confiesa Sarmiento.

Más del 60% de la población en Tintorero vivía de la artesanía. Los hornos para las piezas de cerámica ahora están llenos de polvo | Keren Torres

Hamacas sin cabuyas

Las principales fábricas nacionales de cabuyas para hamacas no reciben pedidos. “Tengo 100 hamacas sin cabuya. Hice el pedido a la fábrica que las hace en Maracay, pero me dijeron que no pueden aceptarlo porque tienen problemas de electricidad [apagones]. Prender la maquinaria les trae más pérdidas que ganancias”, explica Laura Sarmiento.

En Tintorero también se encuentra una fábrica de cabuyas, pero no tienen materia prima para hacerlas.

La siguiente opción para los tejedores es comprarlas fuera del país. En Colombia las venden, pero el costo es mucho más alto, lo que incrementaría el precio de las hamacas.

Volver a ver los brillantes y múltiples colores que caracterizaban a Tintorero pareciera una utopía en la actualidad, pero a pesar de este oscuro panorama, los artesanos que aún sobreviven con creatividad en este poblado, mantienen la esperanza de volver a ver el arcoiris con todos sus matices.

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