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jueves, 13 agosto, 2020

Zuliano que supera el COVID-19 en Chile: «Empiezo a vivir de nuevo»

Víctor Arenas, de 29 años, superó el coronavirus en Santiago de Chile a pesar de ser asmático y sufrir de tensión arterial. El joven zuliano sintió que iba a morir, pero siguió al pie de la letra el reposo cumpliendo aislamiento tomó las indicaciones de lo médicos. Ya se reintegró a su trabajo en la capital chilena y agradece a Dios por la oportunidad de vivir

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Santa Bárbara de Zulia.- Ser asmático y sufrir de tensión arterial son dos condiciones médicas que hacían incierto el pronóstico de Víctor Alfonso Arenas Mora, de 29 años, un zuliano migrante que fue diagnosticado con COVID-19 en la ciudad de Santiago de Chile y lo superó.

Asegura que sintió miedo de morir cuando afrontó los primeros 14 días con la enfermedad que fue declarada pandemia por la Organización Mundial de la Salud, pero logró superarla con tratamientos y siguiendo las indicaciones de los médicos.

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«Lo superé, logré vencer el COVID-19, lograré mis sueños y metas, doy gracias a Dios porque empiezo una nueva vida», así lo narra Víctor desde la nación que lo acogió junto a su esposa María Alejandra Junco desde el 7 de febrero de 2019.

El joven, que desde pequeño presentó paladar hendido, residía en Venezuela en el occidental estado Zulia, en la zona rural del poblado de Caño Blanco, en la parroquia Urribarrí del municipio Colón en la zona Sur del Lago de Maracaibo.

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Arenas, contador público de profesión, es egresado de la Universidad Nacional Experimental del Sur del Lago (Unesur) y Chile es el segundo país, después de Colombia, al que decidió emigrar en busca de mejores oportunidades económicas. El pasado 27 de mayo comenzó a sentir síntomas que le imposibilitaron continuar con sus labores en una empacadora de bolsas de papel.

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Antes de ser diagnosticado con COVID-19 sintió dolor abdominal durante cuatro días, así como fuerte dolor de cabeza, fiebre alta y cansancio. El primero de junio, cuando quiso alistarse para ir al trabajo, los síntomas se agudizaron y no logró levantarse de la cama. Náuseas y dolor en los huesos se sumaron al padecimiento de Víctor, quien tampoco percibía a través del olfalto, ni el gusto.

Arenas llamó a sus jefes y dijo que estaba indispuesto. La noche de ese primero de junio fue atendido en una clínica por tres médicos y dos enfermeras. Esos cinco profesionales de la salud lo prepararon para una tomografía general y también tomaron la muestra molecular de la Prueba de Reacción a la Polimerasa (PCR) y otra de sangre. También le hicieron un electrocardiograma porque su corazón estaba acelerado.

«Me administraron paracetamol y me colocaron un inhalador porque sentía mucha dificultad para respirar. Tres horas después me informaron que la tomografía arrojó una neumonía multifocal con patrón para COVID-19. Tenía un pulmón más inflamado que el otro. Al día siguiente me indicaron que debía permanecer en aislamiento domiciliario porque no habían camas para hospitalizarme», contó Víctor Arenas, este miércoles 1° de julio a El Pitazo.

Arenas forma parte de los 279.939 ciudadanos contagiados por coronavirus en el país austral hasta el lunes 29 de junio, según datos del Ministerio de Salud de esa nación suramericana y que contabiliza 5.688 fallecidos hasta esa fecha. Víctor se ubica entre el grupo de 241.229 recuperados en suelo chileno. Sólo en la región Metropolitana se contaban 219.151 infectados. Es en esa zona donde Víctor convive junto a su esposa en un departamento en la comuna Quinta Normal.
Sin conversar con nadie ni dormir con su esposa, hasta le pidieron separar sus tenedores y platos, fueron las recomendaciones que un médico tratante le dió al zuliano.

Además debía tomar bebidas calientes como sopas, té, agua tibia, limonada con jengibre, además de ingerir por horas determinadas: azitromicina, paracetamol, celecoxib, berudual y abrilar.

El resultado de la prueba PCR a Víctor se la hicieron llegar desde la clínica dos días después de haberle tomado la muestra. El diagnóstico confirmatorio se lo enviaron a su correo electrónico, a diferencia de Venezuela, donde las muestras viajan desde el interior del país hasta Caracas y tarda un mínimo de cinco días para que el paciente conozca si es positivo o no al COVID-19.

La misma clínica hizo el seguimiento a Víctor a través de llamadas telefónicas. Le preguntaban por la evolución de sus síntomas.
«En ese momento pensé que me iba a morir sin superar la enfermedad cuando veía las cifras de muertes diarias en el mundo a través de las noticias. Fueron momentos duros y amargos en los que le pedí a mi familia y amigos que oraran por mi recuperación. Oraciones era lo único que pedía», recuerda con nostalgia y ánimo a la vez.

Pasados siete días del diagnóstico, Arenas Mora afirma que podía bañarse y levantarse con más frecuencia. «Hasta el apetito uno lo pierde«, remarca.

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Dice que para los extranjeros que se establecen en Chile los servicios de salud son costosos. Pagan desde una curita o banda adhesiva hasta un guante. El sistema de salud chileno está compuesto por un sistema mixto de atención que integra al Fondo Nacional de Salud (FONASA) con las Instituciones de Salud Previsional (ISAPRE). Al primero de los fondos acceden los migrantes que han obtenido su cédula de identidad chilena cuando les otorgan la nacionalidad.

También existen hospitales adscritos al Servicio de Atención Primaria de Urgencia (SAPU) donde la atención puede ser tardía, de hasta un máximo de 12 horas desde que el paciente ingresa a esos recintos.

La recomendación de Víctor para los venezolanos en Chile es que cancelen un seguro para obtener una mejor calidad en la atención médica, como en su caso. La prueba para detectar el coronavirus puede costar entre 13 mil y 25 mil pesos según el centro asistencial al que acudan.

Durante 29 días Víctor Alfonso estuvo confinado y eso le deja una gran lección: «La vida es algo valioso. Estoy agradecido porque Dios me permitió seguir con una nueva vida. Esto no es juego hay que entender la gravedad de la situación. Me sentí que no valía nada pero día a día comprendí que la existencia es un tesoro que debemos cuidar. No tuve los abrazos físicos de mi madre y mi padre, aunque siempre mis amistades y familiares estuvieron presentes a través de mensajes, llamadas y audios dándome aliento y por eso estoy infinitamente agradecidos con ellos», señala.

Víctor no pudo ejercer su carrera en su país Venezuela y por eso vendió arepas en las calles de Bogotá y luego en Chile vendió en el metro marraquetas (pan con jamón y queso), también repartió puerta a puerta perfumes y cremas, durante cinco meses preparó comida rápida en un puesto gastronómico, laboró con su esposa promocionando paquetes de Directv y ahora se gana la vida empacando bolsas de papel en la comuna Quilicura, que alterna con la repartición de queso llanero a puestos de comida rápida, en su condominio y en minimarkets. Mientras tenga salud y vida seguirá esforzándose para seguir apoyando económicamente a su familia.

Víctor Arenas es un zuliano que no radica en la capital del estado, ese que fue denominado por el gobernante Nicolás Maduro como el foco de contagio comunitario más peligroso de Venezuela.

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