Venezolano cruzó la frontera cinco días después de ser expulsado por migración de EE. UU.

Autoridades admitieron al hombre de más de 50 años, a quien el miércoles de la semana pasada habían sacado por El Paso, Texas, junto a 80 venezolanos. Esta vez solo estuvo detenido un día en un refugio. Le colocaron una tobillera con GPS

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Foto: Archivo-Referencial

El viernes de la semana pasada, un venezolano de más de 50 años comenzó el viaje para hacer su segundo intento de ingresar a territorio estadounidense. Luego de 17 horas de carretera, se encontró en Mexicali con los coyotes, que lo ayudaron a pasar las dos cercas que lo separaban del objetivo que se trazó cuando salió el 4 de junio del estado Zulia: llegar a EE. UU., meta que alcanzó cinco días después de ser expulsado la primera vez.

Solo dos días antes, el 9 de junio, autoridades migratorias lo sacaron de EE. UU. por el carril fronterizo entre El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, Chihuahua. Otros 79 venezolanos tuvieron el mismo destino. Todos atravesaron la frontera el 7 de junio en la noche, guiados por los coyotes que les cobraron $1.200 a cada uno para llevarlos desde Piedras Negras, en Monterrey, hasta el territorio texano, tras atravesar el Río Grande.

El entrevistado por El Pitazo aseguró que los oficiales estadounidenses los engañaron. En todo momento les hicieron creer que eran bien recibidos y que sus casos serían procesados. Pero afirmó que los sacaron sin que les dieran una oportunidad de explicar las razones que los llevaron a realizar una travesía desde Venezuela a EE. UU. “No escucharon nuestros motivos para pedir asilo”, apuntó.

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Esa parte de la historia quedó atrás, como una amarga experiencia, pues desde el mismo momento que fue sacado dijo a El Pitazo que lo volvería a intentar por otro paso fronterizo lejos de Texas. Así fue.

“Esta vez el trato fue muy distinto. En todo momento nos recibieron bien y nos brindaron todo el apoyo”, cuenta el hombre con un tono de felicidad que muestra a través de la llamada, a más de 5.000 kilómetros entre Baja California y Caracas.

La coyota de los $800

El entrevistado dice que en el viaje en autobús de 17 horas desde Ciudad Juárez, él y los otros siete venezolanos iban atentos de no encontrarse con policías mexicanos que los extorsionaran como a otros compatriotas que han hecho el tránsito por México para llegar a EE. UU. Recuerda que pasaron por cuatro alcabalas, pero todas eran del Ejército y no ocurrió nada.

Al llegar a Mexicali, los esperaban unas personas contactadas por la coyota a la que los ocho venezolanos pagaron cada uno 800 dólares por los servicios. Eso incluyó el hospedaje en un hotel por dos noches debido a que el viernes no pudieron salir y tuvieron que esperar la noche del sábado.

Los coyotes se encargan primero de trasladarlos a un punto cercano de la frontera, desde donde comenzaron a correr unos tres minutos, para luego saltar una cerca en suelo mexicano y encontrarse con un hombre que estaba escondido en unos matorrales. Este sujeto era el encargado de mostrarles el lugar donde estaba el hueco en la parte baja de la cerca que divide a México de EE. UU.

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“Tienes que cargar todo encima. Tu bolso y el celular. Nunca debes dejárselo a otra persona ni guardarlo en la maletera del vehículo, porque cuando te toque correr no dará tiempo de reclamar tus pertenencias. Eso nos lo advirtió la jefa de los coyotes y así lo hicimos”, relata el hombre.

Tras pasar por debajo de la cerca, solo bastó caminar unos pocos metros para encontrarse con oficiales de la patrulla fronteriza quienes, igual que los que los interceptaron el 7 de junio en el primer intento, trataron cordialmente a todos los venezolanos. “De Venezuela, vengan por aquí”, escucharon de nuevo.

El GPS

Esta vez la reseña para el expediente migratorio y la atención médica fueron expeditos. A todos les hicieron el examen para saber si tenían COVID-19. A cada uno de ellos los vacunaron. Pero de los ocho venezolanos, solo dos pasaron a una segunda entrevista tras un día detenidos en el refugio. Una mujer de más de 50 años y el entrevistado. Los otros seis quedaron en el refugio y aunque deben esperar es casi seguro que lograrán el asilo.

“Nos pusieron una tobillera con un GPS. Dijeron que eso era por nuestra seguridad. No podemos movernos más de 75 millas a la redonda del lugar al que dijimos que iríamos. En caso de emergencia podemos cortar la goma de la tobillera y llevar el GPS en el bolsillo y llamar a un número telefónico donde debemos reportar cualquier problema con ese aparato. Nos recomendaron respetar todas las leyes y evitar que nos deportaran por mal comportamiento. El 17 de agosto debo presentarme ante un funcionario migratorio para que me indique cuál será el juez de mi caso”, contó el entrevistado.

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Al cerrar la llamada con El Pitazo, dijo que comería el desayuno en el hotel donde lo alojó una organización de la Iglesia Católica, que además de hospedaje da a los migrantes el transporte hasta el terminal aéreo o terrestre elegido para su próximo viaje.

“Tengo que reconocer que nos han tratado muy bien, tanto los oficiales como los representantes de la Iglesia Católica y otros credos que están en la zona atendiendo a los que como yo decidimos migrar. Ya pronto estaré con mi familia que me espera”, relata el hombre que logró pasar la frontera de EE. UU. en un segundo intento cinco días después de ser expulsado la primera vez.

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