Llevan un promedio de 135 días varados en España, México, Estados Unidos o Argentina. También en Uruguay, Chile, Costa Rica, Italia y El Salvador. De Bolivia, República Dominicana, Aruba o Saint Martin tampoco han podido salir desde que estalló la pandemia. A Karla, Gabriela, Luis, Esmeralda, Delgys, Fernando, Jorge, Gloria y Junior solo los mantiene en pie el urgente deseo de regresar de una vez por todas a su país. Venciendo el agotamiento y la desesperación, los venezolanos nos contaron sus historias

Nunca esperaron ser parte de esta historia. La periodista Gabriela Sieveret menos aún. Viajaba con su padre a Italia. Era el regalo de cumpleaños de Hugo. Pero el COVID-19 entorpeció sus planes y terminaron varados en España.

“Llegamos el 24 de febrero a Madrid y el 26 salíamos a Italia, pero debimos cancelar el viaje porque ya el coronavirus se había hecho muy fuerte allá. Entonces, decidimos viajar por España”, cuenta a El Pitazo.

En los días siguientes viajaron a Valencia y a Sevilla. Ajetreo. Fotos. Más fotos. Y un nuevo imprevisto. Aún peor: a Gabriela le robaron la cartera, en la que guardaba los dos pasaportes y casi todo el dinero del viaje.

“Pusimos la denuncia en la policía y nos quedamos en Sevilla, porque ya no teníamos dinero. Le escribí a la embajada y al consulado venezolanos para notificarles mi caso y solicitarles información sobre vuelos de repatriación, de los que ya se hablaba”, recuerda.

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Con dinero prestado consiguieron regresar a Madrid, donde se sumaron a los más de 550 venezolanos que llevan un promedio ya intolerable de días varados en España: 135. La mayoría son turistas con pasajes comprados a diferentes aerolíneas. Están agotados y ansiosos, a la espera de un nuevo vuelo de repatriación.

Pero Gabriela dispone de un temple excepcional para afrontar la adversidad. Se percibe en su voz y se constata en el terminal T4 del aeropuerto de Barajas, donde pasa las noches junto con su padre y en la mañana se amarra los zapatos y anima a sus compatriotas a contar sus historias frente a la cámara de un teléfono, para que las autoridades venezolanas sepan, a través de las redes sociales, de su urgente deseo de regresar a casa.

Al igual que más de una veintena de venezolanos, padre e hija se quedaron en la calle.

Pero su camino no termina en Venezuela: Gabriela es residente en la isla de Aruba desde hace cinco años, adonde aspira a regresar con un nuevo pasaporte. Autoridades venezolanas le comunicaron que, por ahora, solo pueden otorgarle un salvoconducto para regresar a su país natal.

Días infinitos

Los días infinitos de Esmeralda Gutiérrez son algo distintos a los de Gabriela. Lleva año y medio en Montevideo, Uruguay, donde trabajaba como cajera en una tienda. Se quedó sin empleo de un día para otro después del confinamiento establecido para frenar el COVID-19. Entonces, la idea de regresar a Venezuela se impuso. Había comprado tres pasajes a Copa Airlines con los pocos ahorros de su vida en Uruguay: uno para ella, otro para su pareja y el tercero para su madre, que había llegado de visita en enero y planeaba regresar a Caracas en marzo.

Pero su situación ya pasa de castaño oscuro: consiguió hospedaje en casa de una amiga, a donde han ido a parar otras 15 personas arruinadas por la crisis sanitaria. “Gracias a ella no estamos durmiendo en la calle”, afirma Esmeralda a El Pitazo. Y señala que el trabajo de repartidor de su pareja ha sido también un alivio para sobrellevar su descalabro económico.

De la embajada venezolana en Montevideo le respondieron el 23 de junio pasado, mediante un correo electrónico, que “su caso difícilmente califique como un asunto humanitario” si llegan a recibir instrucciones de la Cancillería para gestionar algún vuelo de repatriación. Al igual que Esmeralda, otros 84 venezolanos en Uruguay, entre turistas y migrantes forzosos, esperan todavía el día en que las autoridades de su país les permitan regresar a casa.


El Estado venezolano, al impedirles la entrada a sus nacionales, viola un derecho humano fundamental: el de ingresar a su país

Eduardo Trujillo, director del Centro de Derechos Humanos de la UCAB

Contra prohibición, presión

También los venezolanos que intentan ingresar por las fronteras terrestres viven un suplicio adicional en plena pandemia. Ocurre en la frontera con Colombia, donde la mayoría llega con suficientes tragedias a cuestas para permanecer ahora varados en Norte de Santander, a la espera de cruzar el puente Simón Bolívar, principal paso internacional que une a los dos países.

“Son las poblaciones más vulnerables, no solo por sus condiciones socioeconómicas, sino también por las condiciones de salud en las que pueden llegar a encontrarse. Además, tienen una dosis de vulnerabilidad reforzada cuando acceden por pasos fronterizos no autorizados, por ejemplo”, indica Eduardo Trujillo, director del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab).

Desde junio, Colombia reporta el represamiento de migrantes que retornan a Venezuela en los puntos fronterizos regulares. Atribuye el hecho a restricciones impuestas por el gobierno de Nicolás Maduro, que renunció al discurso inicial de brazos abiertos para convertir a los retornados en “armas biológicas”, “trocheros” o “bioterroristas” cuando entran por pasos ilegales.

“El Estado venezolano, al impedirles la entrada a sus nacionales, viola un derecho humano fundamental: el de ingresar a su país. Es algo que debería procurar, así como lo han hecho otros estados”, subraya el director del Centro de Derechos Humanos de la Ucab.

Aunque el regreso de 340 venezolanos desde España el 21 de julio es una buena señal para Trujillo, lo cierto es que todavía miles de compatriotas siguen fuera contra su voluntad en plena pandemia. ¿Qué hacer contra esa prohibición? Ejercer presión sobre las delegaciones diplomáticas en los países donde se encuentran, recomienda el abogado.

¿Qué es de esos otros protagonistas de esta historia? Hay 384 compatriotas varados en México, por ejemplo. Otros 1.200 en Argentina y más de 600 en Chile, entre migrantes forzosos y turistas con pasaje de regreso. Un poco más lejos, en República Dominicana, son alrededor de 550 personas, mientras que en Aruba registran a 220. Aquí van sus relatos.

ESTADOS UNIDOS

“Vine a Estados Unidos en marzo por dos semanas a visitar a un familiar que estaba enfermo y la sorpresa fue mayúscula cuando anuncian la suspensión de los vuelos internacionales por el COVID-19. Ya son casi seis meses sin poder regresar a mí país. Tengo pasaje por Copa Airlines. Como turista, y con un presupuesto calculado para 15 días, podrás imaginar cómo ha sido desde entonces esta pesadilla. Por fortuna, tengo familiares aquí que me han ayudado, pero mi esposa y mis tres hijos están en Venezuela. Con algo de dinero que conseguí aquí y allá pagué la extensión de la visa para no quedar ilegal y mucho menos perderla. Pero otros venezolanos la están pasando peor: han tenido que dormir en plazas y aeropuertos y pedir dinero en la calle para comer. La única respuesta de la embajada venezolana es que, debido a las sanciones, los aviones no tienen permiso para aterrizar aquí. No nos han dicho más nada. En el grupo hay quienes podemos trasladarnos a México para, desde allí, tomar un vuelo que nos lleve a Venezuela. Es una opción”, indica Luis Villanera. Sostiene que son más de 1.000 los venezolanos varados en Estados Unidos.


ARGENTINA

“En septiembre cumplo tres años en Argentina. Trabajo de mucama en un hotel internacional en Buenos Aires, pero la pandemia entorpeció todos los planes. Ya no está facturando y nos ha reducido el sueldo en 50%. Vivo con mi hija de 12 años, sin más familiares. Los ahorros de mi vida ya los he gastado durante esta crisis sanitaria y he decidido regresar a mí país. Solicité a la embajada venezolana que nos incluya en algún vuelo de repatriación, pero solo recibo respuestas de correo automáticas. Las iglesias me han ayudado con comida para sostenerme aquí”, cuenta Delgys Álvarez.


ITALIA

“A finales de 2019 me trasladé a Italia para someterme a un procedimiento cardíaco que en Venezuela solo es posible llevar a cabo en una clínica privada. Como no disponía del dinero para costearlo, el consulado italiano en Caracas (poseo doble nacionalidad) me aconsejó trasladarme hasta acá. Me operaron en enero y, cuando estaba en proceso de recuperación, estalló la pandemia. No tengo familia aquí y apenas unos pocos conocidos me han ayudado con el alojamiento, pero necesito y quiero volver a mí país en un vuelo de repatriación. No tengo ya recursos para mantenerme aquí”, escribe María Díaz a El Pitazo.


CHILE

“A Santiago de Chile llegué el 13 de diciembre de 2019 con la visa democrática. Dos días después me trasladé a Calama, una comuna de Antofagasta, donde estuve hasta el 15 de mayo. Trabajaba por días en lo que saliera, hasta que conseguí trabajo de ayudante de construcción por un mes. Al culminar el contrato, me quedé sin empleo y como ya no tenía dinero para pagar arriendo ni comida, decidí irme a la embajada venezolana en Santiago con la esperanza de lograr un asiento en los vuelos humanitarios. Allí estuve durante un mes, durmiendo en carpas y alimentándome gracias a chilenos y venezolanos que nos llevaban donaciones. Luego nos trasladaron a un refugio, 150 personas se fueron a uno y yo me fui con un grupo de 60 personas a otro refugio. Al llegar, nos hicieron la prueba PCR: 53 personas salimos positivos al COVID-19, de las cuales una murió. Fuimos llevados a residencias sanitarias para pasar la cuarentena hasta estar curados. La atención fue muy buena. Después de la cuarentena, volvimos al refugio. Cansados de esperar, algunos venezolanos se han ido pidiendo cola, por trochas. Afortunadamente, en el colegio Alessandri Palma tenemos calefacción y cobijas y podemos resguardarnos del frío. La municipalidad de Providencia afirma que el Gobierno de Nicolás Maduro no contesta sus llamadas. La embajada venezolana está cerrada. Queremos regresar a Venezuela”, narra Junior Rojas.


BOLIVIA

“Voy a cumplir dos años en Bolivia, pero ya se vence mi visa aquí y no tengo cómo continuar. No trabajo desde febrero y no tengo cómo pagar el alquiler. Vivo en el Trópico Shinahota, en el departamento de Cochabamba, y la pandemia complicó todavía más mi situación. Más bien, algunos amigos me están ayudando. El 3 de julio me enteré de una terrible noticia: mi mamá falleció en Maracay. Es muy duro el dolor, porque no pude verla en los últimos días. Ella me pidió en vida que regresara, pero no podía. Trataba de buscar un trabajo para enviarle dinero y que comprara su medicina, pero fue imposible. Estoy desesperado por volver a casa”, escribe Freddy José Rodríguez Calderón.


REPÚBLICA DOMINICANA

“Mi hermana y yo llegamos en diciembre de 2019 a Bávaro Punta Cana, en República Dominicana, donde ayudábamos a poner en orden las empresas de mi exjefa, que me había contactado nuevamente. El plan era regresarnos a Venezuela en junio, pero la pandemia entorpeció todo. Debimos desalojar el apartamento donde vivíamos el 30 de julio, porque quedamos sin empleo. No tenemos cómo seguir pagando un alquiler. Por ahora, el exjefe de mi hermana y su esposa nos alojaron en una habitación. Pero hay muchos venezolanos que no han corrido con la misma suerte. Incluso, hay quienes se han visto obligados a mendigar en la calle para comprarle leche a sus hijos. Una mujer de 56 años nos escribió al grupo de WhatsApp diciéndonos que hacíamos algo o ella se tiraba al mar; que estaba sola en esta isla y muy deprimida. Yo, por ejemplo, no sé ya lo que es dormir de noche desde hace cuatro meses. Mi sueño se descontroló y mi cuerpo está agotado. Y la embajada venezolana dijo que no tiene conocimiento de ningún vuelo por los momentos”, relata Karla Camacho Vera.


SAINT MARTIN

“Mi vuelo de regreso estaba programado para el 29 de marzo desde Saint Martin, donde concluí un contrato de trabajo por 26 días. Afortunadamente, mis jefes me están pagando el apartamento y la comida, pero he sufrido ataques de hipertensión que debo controlar yo misma, porque acudir al médico cuesta ¡un dineral! Soy hipertensa y aquí la salud es demasiado cara. Hay una venezolana que sufrió un coma diabético y otros padecen cuadros de ansiedad. La embajada que asiste a esta isla está en Curazao y la cónsul nos dijo que ha realizado la solicitud de un vuelo de repatriación, pero no recibe ninguna respuesta. Para colmo, por su posición geográfica, la isla está expuesta a huracanes, cuya temporada ya comenzó, y muchos venezolanos no tienen dónde resguardarse”, explica Gabriela González. Dice que 55 venezolanos están varados en Saint Martin.


TURCOS Y CAICOS

“Estoy varada en la isla Turcos y Caicos. Vine por turismo. Tenía boleto de regreso para el 30 de marzo, pero por la pandemia se cancelaron todos los vuelos. Desde entonces quedé aquí botada, sin nada. He escrito a todas las páginas solicitando un vuelo de repatriación y nadie me responde. Soy madre soltera y mi hijo está en Venezuela”, expone Yamali Reyes, quien conoce a otros 20 venezolanos varados en esa isla británica.


HAITÍ

“Soy ingeniero civil y llegué a Haití el 1° de febrero con un contrato de trabajo hasta mayo en una empresa argentina. Tenía que regresar a Venezuela el 9 de abril y regresar 12 días después para culminar el contrato, pero fue imposible por la cancelación de los vuelos debido a la pandemia. Aunque el trabajo está paralizado de forma indefinida, la empresa se ha hecho cargo de mí, pero el resto del personal extranjero, entre ellos de Argentina y Colombia, ha podido irse ya en vuelos humanitarios que programaron sus embajadas desde República Dominicana. Quiero volver a mí país. Pero ni la embajada en Puerto Príncipe ni la de Santo Domingo me dan una respuesta clara de qué hacer para regresar a Venezuela. Conmigo son tres los venezolanos que queremos volver a casa. Estamos dispuestos a trasladarnos a Dominicana si se acuerda un vuelo de repatriación”, recalca el ingeniero civil, que solicitó a El Pitazo proteger su identidad


COSTA RICA

“Trabajé por mi cuenta en Costa Rica desde 2015 hasta 2016, luego de salir de un programa de capacitación como empresario. Allí me gané un premio y unas herramientas. Luego, a partir del 14 de enero de 2017 empecé a trabajar en Pizza Hut, pero perdí el empleo por mala praxis y negligencia del Instituto Nacional de Seguros, después de dos operaciones. Estoy prácticamente discapacitado. He estado en tres albergues desde febrero en espera de un vuelo humanitario. El instituto me tiene represado un dinero. Introduje un recurso para que me paguen lo que me deben y así reiniciar mi vida en Venezuela”, explica Fernando Carvajal Domador, quien apunta que son 120 los venezolanos atrapados en Costa Rica.


EL SALVADOR

“Estamos varados en El Salvador. Éramos inicialmente 52 técnicos en mantenimiento aeronáutico con deseos de regresar a Venezuela. Fuimos contratados por la empresa Aeroman, en San Salvador, pero cesaron nuestros contratos el 1° de mayo después del golpe que recibió la industria aeronáutica por la pandemia. La compañía nos reintegró al trabajo hace ya dos semanas, pero solo por 35 horas quincenales. En vista de esta situación, ahora solo 20 queremos regresar a Venezuela. En mi caso, trabajaba desde septiembre de 2019. Se nos ha hecho difícil conseguir opciones de repatriación, porque en El Salvador no contamos con representación consular ni diplomática. La embajada en Guatemala es concurrente en El Salvador. Enviamos en mayo a la Cancillería venezolana la petición de un vuelo chárter de repatriación que pagará Aeroman, pero seguimos sin respuesta. Conviasa puede realizar ese vuelo sin problemas con uno de sus aviones Embraer y ese dinero ayudaría a la aerolínea a sobrellevar el momento crítico que está atravesando por las sanciones impuestas”, plantea Jorge Sulbarán.


BAHRÉIN

“Estamos desde el 28 de febrero en Bahréin. Planeábamos regresar el 26 de marzo, pero la pandemia paralizó los vuelos: vinimos mi esposo y mi hijo y su esposa a visitar a otro de mis hijos, que vive y trabaja acá en una compañía petrolera. Estamos dispuestos a trasladarnos a España. Ya queremos regresar a Venezuela”, indica Gloria Gómez.


ARUBA

“Soy estilista, al igual que mi amiga. Las dos volvimos en abril de 2019 a Aruba para trabajar por una temporada más larga en un centro de belleza. Vivimos en casa de la empleadora, pero ahora con lo que nos paga cancelamos el alquiler y medianamente nos queda para comprar comida. Todos los beneficios que tuvimos inicialmente se acabaron desde la pandemia. En la isla, los empleadores les sacaron el cuerpo a sus trabajadores. Nosotros pagamos un permiso que nos asegura una especie de ticket de vuelta al país de origen, pero ahora ni siquiera tenemos la seguridad de eso (…) vivimos con el temor de caer en una situación de ilegalidad, si esto se prolonga todavía más”, comenta la estilista venezolana, que solicitó a El Pitazo resguardar su nombre.


ESPAÑA

“Llegué el 28 de enero a España, invitada por mi hijo como parte de un viaje de regalo de cumpleaños. Él vive aquí desde hace un año. Pero dos días antes de tomar el avión de regreso a Venezuela cancelaron los vuelos, en un intento por frenar el COVID-19. Mi hija de 17 años está ahora bajo el cuidado de terceros en Venezuela, porque su abuela, quien inicialmente la cuidaba, murió durante la pandemia. Aunque les agradezco a estas personas la atención, no es lo más idóneo. Agradecemos también las gestiones realizadas para el regreso del primer grupo de venezolanos el pasado 21 de julio, pero le pedimos al gobierno venezolano que ponga un poquito más para lograr que el resto de las personas varadas regresen cuanto antes a Venezuela”, refiere Verónica mediante un video.


Créditos fotográficos: Carlos Hernández (portada y España), EFE (Argentina, Bolivia y Chile), Sputnik (Italia y Barhéin), SeanPavonePhoto (Saint Martin), Diario Digital Nuestro País (Haití), Infobae (Turcos y Caicos), Aeroman (El Salvador) y venezolanos varados (Costa Rica, Aruba, EEUU, República Dominicana)
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