Sobrevivir sin trabajar por el coronavirus: la angustia de venezolanos migrantes

Para un grupo de venezolanos que migraron a Argentina, Colombia, Perú y Ecuador, la pandemia por coronavirus no solo afecta a los contagiados, sino que acaba con los presupuestos de sus familias, pues la mayoría de ellos trabaja de forma independiente o viven al día. Aquí mostramos sus historias

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Griserda Hernández afirma que si no sale a trabajar en Barranquilla no come. Foto: Miguel Ángel González

Testimonios de: Miguel Ángel González (Colombia) y Pedro Izzo (Ecuador)

Caracas. La propagación de la enfermedad por coronavirus es invisible pero sus consecuencias en la economía familiar pueden ser tan devastadoras como inquietantes: desde España hasta Argentina, un sinnúmero de venezolanos migrantes resiente las restricciones que les impide salir a la calle para ganarse el pan de cada día.

Y es que nadie les paga por recluirse en sus casas para evitar contagiarse por coronavirus. En su mayoría son venezolanos que trabajan de forma independiente o viven al día.

Pago alquiler, todos los servicios, monotributo (impuestos), servicio de GPS satelital y ayudo a mis padres en Venezuela. Da nervios”, relata a El Pitazo Alejandro Viana, conductor de Uber en Buenos Aires, quien, para colmo, aún debe hacer 11 pagos mensuales del carro usado que maneja.

A Argentina llegó hace un año y seis meses con su esposa Diana, quien hasta el lunes 16 de marzo trabajó también con Uber. Serán padres primerizos a finales de mayo y han visto cómo el temor al coronavirus ha vaciado las calles de Buenos Aires y, por consiguiente, sus cuentas bancarias.

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“Dos semanas antes de que decretaran aquí la cuarentena bajó el trabajo, porque las personas empezaron a resguardarse. Nosotros compramos por precaución gel antibacterial y aerosol, porque si no salimos a trabajar no nos dan las cuentas”, añade el joven de 31 años, cuya jornada laboral podía extenderse hasta 12 horas diarias, seis días a la semana.

Pero desde hace siete días ya no sale a trabajar. De un promedio de 10.000 pesos semanales (125 dólares) ha pasado a no ganar nada. Y sin la ayuda de Diana, ahora en casa por maternidad, se preparan para recortar gastos: “Prescindiremos de algunos servicios y tendremos que gastar unos ahorros para subsistir por un tiempo”, indica Alejandro.

Las medidas de emergencia por el coronavirus en Argentina llenan de incertidumbre a otro venezolano que se gana la vida también como conductor en las calles de Buenos Aires. En su caso, facturaba 16.000 pesos (200 dólares) semanales en promedio con la aplicación móvil Cabify

Ahora con el carro parado, los pagos de alquiler y del crédito del automóvil, así como el envío de remesas a Venezuela para ayudar a su familia, son el dolor de cabeza de este caraqueño de 55 años, que solicitó resguardar su nombre.

“El principal temor es no saber a dónde irá a parar esta pandemia y el tiempo que deberemos esperar para retomar el trabajo y generar dinero para subsistir”, añade el hombre que llegó a la capital argentina hace ya 10 meses.

El coronavirus frena la buena racha en Perú

La llegada del coronavirus a Perú frenó la buena racha de DoñaBiga, el negocio familiar del venezolano José Tomás Vegas Rodríguez: apenas hace mes y medio inauguró un segundo local de venta de comida en Lima, pero debió cerrar sus puertas por la pandemia. El primero, abierto desde septiembre de 2019, también bajó la santamaría el lunes 16 de marzo.

“Todo iba muy bien. Las ventas venían creciendo en marzo por el comienzo de las clases. Pero ahora con el cierre obligado tenemos mucha presión por el pago de los créditos bancarios. Con elpago de los alquileres han sido solidarios”, admite José Tomása El Pitazo.

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Encontró de momento un respiro en la venta de comida para llevar, pero no sabe hasta cuándo podrá durar. Cuatro son los trabajadores directos afectados por el cierre; cinco, indirectamente.

Con todo, este pequeño empresario venezolano que llegó a Perú en febrero de 2017 con su esposa y su hija pone buena cara, pues confía en reabrir en abril las puertas de DoñaBiga. “Redoblaremos esfuerzos para salir adelante”, afirma.

A diferencia de José Tomás, Evelyn Mestre no se muestra optimista. Si ya venía castigada por la demora en el pago de su salario como docente en el colegio Alfonso Ugarte, en Lima, ahora teme quedarse sin trabajo después de que fue enviada a su casa.

“Trabajé hasta el viernes 13 de marzo. No me pagaron nada. La directora me dijo que debía esperar hasta el 30 de marzo para volver”, señala Evelyn a El Pitazo.

No sabe si podrá pagar el alquiler, mucho menos enviar dinero a su padre en Venezuela, indica esta maracucha que llegó a Perú en septiembre de 2018 y trabaja desde entonces en el Alfonso Ugarte.

Sobrevivir al día en Ecuador y Colombia

«La semana pasada no logré pagar el arriendo, porque no trabajé. Yo vivo del día a día«, cuenta Alejandro Brito desde su encierro domiciliario en el sector La Ecuatoriana, al sur de Quito, Ecuador, en la provincia de Pichincha.

Explica que su principal fuente de ingreso es el arbitraje de fútbol amateur. En ocasiones, Alejandro trabaja como personal de seguridad en eventos privados. «Tengo un año en Ecuador y cubro mis gastos con lo que cobro en el arbitraje», insiste.

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Este barquisimetano señala que pierde al menos 400 dólares mensuales si no cumple con sus jornadas semanales (de entre cuatro y cinco juegos). «Cuando la semana es buena ganó hasta 150 dólares y cuando no hay muchos juegos, entre 50 y 60 dólares».

Afirma que sus arrendatarios han sido flexibles con el cobro del alquiler, que puede llegar a 115 dólares mensuales si se incluyen los servicios de luz y agua, estos últimos exonerados del pago recientemente por el gobierno de Lenín Moreno mediante un decreto.

Más al norte de América del Sur, en Barranquilla, Colombia, la situación es similar para las venezolanas Adriana Medina y Griserda Hernández.

Adriana, de 30 años, vive con su esposo y seis hijos en el sector La Esmeralda, donde paga 300.000 pesos de alquiler de vivienda. “Las ventas están demasiado bajas por el coronavirus. Apenas llevo 6.000 pesos (1,75 dólares). Es muy preocupante, porque la gente casi no sale a las calles y a los venezolanos se nos hace más difícil, porque vivimos de lo que hacemos diariamente”, precisó el viernes 20 de marzo.

Natural de Valencia, estado Carabobo, Adriana vende agua, chucherías y cigarrillos y se muestra angustiada, pues se siente en la Venezuela de 2015, cuando largas colas de personas ocupaban las calles para comprar alimentos en los supermercados. “La diferencia es que aquí sí se consiguen los productos”.

Griserda, en cambio, es oriunda de Yaracuy y vive en Barranquilla con su hermano desde hace año y medio. Trabaja como vendedora de bebidas energizantes en la carrera 54 con calle 70 de la capital del departamento del Atlántico.

“No he vendido casi nada y ayer (jueves 12 de marzo) apenas hice 33.000 pesos (casi 10 dólares). Cada vez es más difícil vender en la calle. Si el coronavirus sigue avanzando la situación podría empeorar en los próximos días”, dijo.

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Ante la caída de las ventas, Griserda debió caminar 30 minutos hasta su casa para ahorrarse el pasaje, porque, dijo, ahora el dinero no le alcanza para pagar los servicios.

Temor en España si se alarga la emergencia

Alessandra Cuneo tiene mas colchón que los venezolanos arriba mencionados. Junto con su esposo Javier, sus dos hijas y sus padres, cumple un estricto aislamiento en su domicilio de Lanzarote, en España, después de que la pastelería donde trabajan suspendió hace más de una semana, de forma temporal, sus contratos de trabajo mediante un ERTE.

Ahora Alessandra y Javier, empleados desde hace ocho y nueve años, respectivamente, cobran un subsidio por desempleo que es 70% del sueldo hasta que la pastelería reabra sus puertas.Y no pierden la antigüedad en la empresa.

Con todo, no dejan de inquietarse por la consecuencias de esta emergencia por coronavirus. “Conozco gente que al no tener el tiempo necesario en las empresas, no va a cobrar nada. La situación es muy difícil, porque al ser una isla que vive del turismo están acogiéndose al ERTE todos los hoteles y una cantidad de gente pierde sus trabajos”, se lamenta Alessandra.

Sus dos hijas se quedaron también sin trabajo de forma temporal, y cobran el subsidio por desempleo. Sin embargo, apunta que las condiciones que enfrenta la familia pueden volverse más inciertas si esta emergencia por coronavirus se alarga demasiado.

“Ahora mismo nuestra mayor preocupación es la salud. Y luego el hecho de que somos seis personas en casa: dos hijas que también se han quedado sin trabajo y mis padres que viven con nosotros, y tienen años sin cobrar la pensión de Venezuela”, explica Alessandra, radicada en Lanzarote desde el año 2.000.

Ser tratados todos como iguales

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) aseguró el 18 de marzo que las medidas que se toman para controlar el coronavirus están afectando a los migrantes de todo el mundo.

Agregó que todos los migrantes sufren por falta de trabajo y una reducción en las remesas. La agencia de las Naciones Unidas recordó además que los migrantes deben tener acceso a la salud y deben ser tratados como cualquier otro ciudadano en esta emergencia.

A la fecha, 4.933.920 venezolanos están desparramados por el mundo, de acuerdo con cifras de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la OIM. Es decir, entre 2015 y 2020 el número de personas que ha huido de la crisis humanitaria que amenaza su subsistencia en Venezuela saltó de 695.551 a 4.933.920.

Colombia sigue siendo el principal receptor, con 1.771.237 personas en su territorio, seguida de Perú, con 861.049 venezolanos; Chile, con 371.163; Ecuador, con 366.596; Brasil, 253.495 y Argentina, con 145.000 venezolanos.

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