La Latina es una de las zonas más interesantes y antiguas del centro de Madrid. Todavía se conservan en ella algunos pedazos de la muralla que circundaba la ciudadela original, construida por los árabes en el siglo IX. Además, ha sido escenario de quién sabe cuántos episodios nacionales, como diría Pérez Galdós

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No importa qué día de la semana sea, siempre está “pasando algo”. Está repleta de bares, plazas, teatros, ventas de antigüedades, restaurantes, librerías, artistas callejeros, talabarterías o tiendas de excursionismo. La gente, sentada en las terrazas, fuma y conversa con sus vasos de cerveza o sus copas de vino en las manos. Siempre hay turistas deambulando de allá para acá y no es raro encontrarse el rodaje de alguna película en cualquiera de sus esquinas.

Los edificios son casi todos del siglo XIX: de estilos neobarroco o neoclásico. El famoso Palacio de Oriente, que por varios siglos fue residencia de la Casa Real de los Habsburgo, está muy, muy cerca, delimitando toda el área. Tal vez por eso es una zona «cutre», elegante y cool a la vez, dependiendo de hacia dónde mires.

Todo el barrio está prácticamente articulado en torno a la Carrera de San Francisco, una calle ancha que desciende hasta una gran basílica del mismo nombre. Es un templo del siglo XVIII, famoso por el tamaño de su cúpula —la tercera más grande de la cristiandad— y por las obras de arte que contiene. Justo ahí, específicamente en el número 10 de esa calle, hay un edificio de fachada angosta, formada por soportales altos y arcos de medio punto, con el mismo estilo que el resto del barrio. Es la sede principal del SAMUR o Servicio de Atención Municipal de Urgencias.


No importa qué día de la semana sea, siempre está “pasando algo”


Frente a él, sobre la acera, y con todo ese glamour alrededor, un transeúnte ocasional verá hoy, a cualquier hora del día, una larga cola de gente trasnochada, rodeada de bolsas, mantas y maletas. Si presta atención, escuchará incluso acentos y lenguas de todas partes del mundo: marroquí, rumano, indio, ucraniano, sirio y afgano. Pero en el último año, especialmente en los últimos meses, escuchará un acento tal vez más dulce y, sobre todo, más caribeño: el acento venezolano.

Los hay de todas las profesiones y procedencias: amas de casa gochas, estudiantes güaros u obreros orientales. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. De entre esa pequeña multitud, hoy llama la atención una muchacha especialmente joven y delgada. Está sentada sobre la acera y apoya su espalda contra uno de los soportales de la fachada. Como el resto, está rodeada por mantas, bolsas y maletas. Es más alta que el promedio de las venezolanas, tiene la piel tostada y los ojos especialmente grandes y oscuros. Mira fijamente a un punto muerto. No es difícil imaginar lo que piensa.


Si presta atención, escuchará incluso acentos y lenguas de todas partes del mundo: marroquí, rumano, indio, ucraniano, sirio y afgano


Dice que se llama Isabella y que es de Barquisimeto, aunque su acento suena andino. Tiene 20 años. Antes de viajar a España estudiaba fisioterapia en Valencia. La acompañan su hermano de 16 y una prima de 17. Como tantos otros paisanos, está doblemente mezclada: su padre es de origen sirio y su madre «venezolana de toda la vida». Lleva seis días en Madrid. Los primeros cinco los pasó en la sede de la Cruz Roja ubicada en el aeropuerto de Madrid-Barajas, donde pidió asilo justo al bajar del avión; pero la demanda hizo que debiera cederle el puesto a los que venían detrás de ella.

“Los de la Cruz Roja me dijeron que podía pedir alojamiento aquí en el SAMUR —comenta Isabella, con una expresión agridulce pintada a lo largo del rostro—, pero cuando llegamos nos informaron que todas las plazas estaban ocupadas y que teníamos que esperar”, cuenta Isabela.


Está indignado, pero no porque esas personas lleguen a España, sino porque tengan que dormir en la calle


En efecto, desde hace varios meses, la alta demanda de migrantes de todas partes del globo ha hecho que el SAMUR se encuentre desbordado. Según datos de la Oficina de Asilo y Refugio del Ministerio del Interior español, hasta octubre de 2019 la nación ibérica ha recibido 93mil 399 peticiones de asilo procedentes de más de 100 países distintos. Eso representa casi 100% más que todo el año anterior, en el que se recibieron 55.749 peticiones. De ese número, 32.307 son de venezolanos. Es decir, más de un tercio del total. El año pasado habían recibido más de 20.000 desde la llamada «tierra de gracia».

Mientras Isabella habla, un par de niños menores de cinco años juegan a su lado, sobre una colcha. Son colombianos. De pronto, lanzan un juguete de peluche que aterriza sobre la frente de la barquisimetana. Ella lo recoge y lo devuelve maquinalmente, con un esbozo de sonrisa.

“Ayer pensé que dormiría aquí, en la calle, como la mayoría de los que hemos llegado pidiendo alojamiento en las últimas semanas, pero una pareja de venezolanos que estaban de paso, como turistas, nos regalaron dos noches en un hostal. Mañana no tengo idea de dónde vamos a dormir”, agregó la joven.


Mañana no tengo idea de dónde vamos a dormir

Isabella, inmigrante en Madrid

Dice que, entre su hermano y su prima, tenían 200 euros que ya gastaron. Sin embargo, frente a ella hay una bolsa grande con alimentos básicos: jamón, pan y algunas frutas. La explicación es que, como el día anterior había tomado la iniciativa de preparar unos bocadillos para toda la cola, fue nombrada coordinadora de comida por unanimidad de los inmigrantes. Cuenta que los vecinos de la zona se han organizado para regalarles comida y algunos enceres. Por lo pronto, espera que el SAMUR le dé un alojamiento en el que coincidan su hermano y su prima. Ya bastantes separaciones ha sufrido: su madre se encuentra en EEUU pidiendo asilo y su padre quedó solo en Venezuela.

Saturnino Vera es el presidente de la asociación de vecinos de la zona. Tiene más de 30 años viviendo en La Latina y nunca había visto tanta afluencia de gente en el SAMUR. Está indignado, pero no porque esas personas lleguen a España, sino porque tengan que dormir en la calle.

“Países como el tuyo nos han acogido en el pasado. Nosotros también hemos migrado cuando nos ha tocado. Por eso nos ponemos en la carne de los que llegan. Esta gente a veces pasa dos y tres noches en la calle. Cuando ves eso a diario, se te acalambran los pies”, afirma Saturnino.

Tal vez por esa razón, él y otros 30 vecinos de La Latina aprovecharon la protesta de una fracción del personal del SAMUR para exigir al Ayuntamiento una mejora en las condiciones de trabajo, además del aumento de los puestos de alojamiento.

«Estamos preocupados por esas familias que no tienen dónde dormir. Muchas vienen con niños y pasan la noche al raso», describe Saturnino.

Al ser preguntado si su posición frente a la avalancha de inmigrantes es mayoritaria, responde «No conozco ningún vecino activo que no esté en la misma línea de apoyo».

A pocos metros de Isabella está Pedro. Habla rápido, con el acento característico del Oriente venezolano. Tiene 48 años, está divorciado y es de El Tigre. Fue técnico de PDVSA por casi 20 años, aunque ya lleva dos y medio fuera de Venezuela. En ese tiempo, lo intentó en Colombia, Ecuador y Perú. Al fin decidió probar suerte «de este lado del charco» porque en esos países no logró ganar lo suficiente para mantenerse y enviar dinero a sus tres hijos, quienes aún viven en Venezuela. Llegó a Madrid como turista hace 18 días. Salió del aeropuerto directamente a solicitar asilo en una dependencia oficial y, como a casi todos, le dijeron que pidiera alojamiento en el SAMUR mientras estudiaban su caso. En esas dos semanas y pico ha dormido varias veces en las aceras de La Latina, sobre láminas de cartón; otras veces ha pasado la noche en las sillas del aeropuerto y, una que otra más, en una parroquia atendida por un sacerdote español que se apiadó de él. Se asea en un baño público y come lo que le dan los vecinos. No tiene ahorros. Hace cuatro días que no logra hablar con sus hijos. El asunto es más complicado de lo que parece: ellos no tienen teléfono y, cuando consiguen uno, no hay electricidad en su zona; cuando esas dos cosas aparecen, puede que Pedro no haya logrado cargar su celular en ninguna parte y otras veces simplemente no coinciden los horarios.


Esto es una aventura para sobrevivir, pero aquí la gente es servicial. En otro sitio ya me hubiera muerto

Pedro, inmigrante en Madrid

«Esto es una aventura para sobrevivir, pero aquí la gente es servicial. En otro sitio ya me hubiera muerto», afirma Pedro con rotundidad.

Juan de Ávila González es el jefe de prensa del área social del Ayuntamiento de Madrid. Asumió su cargo hace unos pocos meses, después de las elecciones municipales ocurridas en junio de este año. Explica que, aunque el SAMUR es un ente municipal, la decisión de expandirlo y dotarlo de mayores recursos depende del gobierno central. Dice que, en teoría, los alojamientos no deberían durar más de 15 días, pero en la práctica, llegan a durar meses porque «las peticiones de asilo son muchas y tardan en resolverse».

“Todos los días podemos acoger a algunas familias. Nuestra prioridad son las que vienen con menores”, explica González.

El gran problema de los expedientes

El politólogo Lucas Monsalve, quien ha estudiado el tema de la migración de venezolanos a España, afirma que en 2018 había 31 mil 620 expedientes de petición de asilo desde Venezuela. De esos 31 mil, solo 1.525 fueron estudiados, se denegaron 1.495 y apenas treinta fueron aprobados; es decir, el 1,97% del total. «En 2018 –afirma Monsalve– España aprobó una ley por la que los venezolanos pueden solicitar “ayuda humanitaria”, que es una concesión especial que les permite residir aquí temporalmente si se les niega el asilo. El gran problema es la acumulación de expedientes por resolver». Según estas cifras, las probabilidades de conseguir asilo son bajas.

Es otoño en Madrid. Para muchos, es una estación bucólica y elegante. Los árboles cambian de color: los arces se tornan rojos o naranjas y los chopos se cubren de amarillo, pero también comienza el frío. A esta hora, 6:30pm, la temperatura es de 13º centígrados frente al SAMUR. Además, mientras Pedro cuenta su historia, comienza a caer una lluvia fina, pero tenaz, como suele ser en Europa. Para alguien sin techo…

Pedro explica que el permiso de trabajo tarda seis meses en salir. Quiere estudiar. “Tengo mis dos manos, puedo emplearme como obrero de la construcción o en lo que sea”. De pronto se interrumpe y pregunta “¿Puedo hablar de religión?” Como nadie se lo impide, continúa: “Tengo fe. Tengo fe de que me van a atender, de que lo voy a conseguir”. A pesar de que las probabilidades están en su contra, tiene la esperanza entera en su mirada.


Si quieres ayudar a mejorar la situación de los migrantes en España, te dejamos aquí dos listados de ONG dedicadas a ese fin:
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