Migrante venezolana: “En Mexicali me pidieron 200 dólares para devolverme el pasaporte”

Una ingeniera zuliana relata la experiencia de su viaje para cruzar de manera ilegal a Estados Unidos. Lo hizo con sus dos hijos, de 8 y 13 años. “Cuando te entregas al coyote es el peor momento, porque quedas en el limbo. Te entregas a unas personas que no conoces”, relató

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Foto: Referencial

Maracaibo.– María estuvo tres meses planificando el viaje para entrar de manera ilegal, con sus dos hijos, a los Estados Unidos, donde los esperaban su esposo, su madre y su hermana. Una agencia de viajes le gestionó todo: boletos aéreos, hoteles y el coyote. En total, 6.000 dólares por los tres. Pero cuando llegó a su último destino antes de cruzar el muro se le sumó otro que la sorprendió: la extorsión.

María, nombre ficticio usado para resguardar la identidad de la entrevistada, viajó los últimos días de mayo con sus dos hijos, de 8 y 13 años, desde Maracaibo hasta Bogotá, Colombia, y después hasta Cancún en México. No pudo entrar y los agentes migratorios la devolvieron, pese a tener reserva pagada en un resort en el que planificó vacacionar antes de cruzar el muro.

“Me dijeron que no cumplíamos el perfil para ingresar y nos devolvieron a Colombia”, recordó María, quien intentó ingresar al país azteca como cualquier turista que no debe pagar coimas para vacacionar.

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De nuevo en Bogotá, esperó 10 días para que su familia reuniera el dinero que necesitaba para volver a viajar a México: unos 6.000 dólares más. Esta vez, la agencia de viajes le dijo que debía entrar al país azteca por el Aeropuerto del Distrito Federal y cancelar 1.300 dólares por cada uno -3.900 dólares por los tres- a los agentes de migración para que no objetaran su entrada. Lo hizo.

En un poco más de 10 días, la familia de María que vive en Estados Unidos logró reunir los 6.000 dólares. Con ese dinero pagaron de nuevo los boletos, a los funcionarios de migración y costearon los gastos de hospedaje en Colombia.

Y es que entrar de manera ilegal a los Estados Unidos era la única opción que consideró, porque el mayor de sus hijos tenía la visa vencida y las fechas de las citas tardaban hasta el año 2023, sin tener la garantía de que aprobaran la solicitud. “Tenía que esperar mucho tiempo y necesitaba irme”, dijo la ingeniera de 40 años, que estaba desempleada y no conseguía trabajo en el país.

El trayecto recorrido fue: de Maracaibo a Bogotá, luego hasta el Distrito Federal en Ciudad de México y después hasta Méxicali, capital del estado de Baja California, al noroeste de México y frontera con Estados Unidos por Arizona. Hasta la capital colombiana se trasladó vía terrestre, el resto fue por avión.

Cuando María arribó al aeropuerto de Mexicali, el protocolo no fue el habitual. “Llegamos y los agentes de migración nos quitaron los pasaportes y nos pusieron en un rincón del aeropuerto. Llegué a las 10:30 am y a las 2:00 pm pregunté para saber qué pasaba con nosotros. Me preguntaron por los pasajes de retorno, por mi estadía y que les dijera si iba a pasar para Estados Unidos”. Esa misma persona le dijo: “Mexicali no es una ciudad para hacer turismo, ¿para dónde la van a llevar?”, recordó María en entrevista telefónica con El Pitazo.

“Les dije que si había incurrido en alguna falta que me dijeran”. Le entregaron un papel en el que María leyó: “200 dólares por cada uno”. Se referían a que debía pagar 600 dólares en efectivo, es decir, 200 dólares por su pasaporte y por el pasaporte de sus dos hijos. María solo tenía en su bolso 100 dólares y 300 pesos mexicanos.

“Le dije que no los tenía, que 600 dólares era más de lo que había pagado por los boletos a Mexicali y que solo tenía 100 dólares y 300 pesos. El agente de migración le preguntó a un superior y este aceptó. El dinero debía envolverlo en el mismo papel; luego me entregaron los pasaportes y me dejaron salir”, aseguró.

La entrega a desconocidos

María estuvo permanentemente en comunicación con la persona de la agencia de viajes. A cada país que llegaba debía comprar una línea telefónica. Fuera del aeropuerto de Mexicali, el trabajador le ordenó encender el GPS de su celular para monitorear su trayecto y tomar un taxi hasta una estación de servicio; allí la esperaría el coyote.

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Era un hombre de unos 40 años, cubano, alto, delgado, piel morena, cabello oscuro, que los estaba esperando en un carro donde María y sus hijos se embarcaron. “Cuando te entregas al coyote es el peor momento, porque quedas en el limbo. Te entregas a unas personas que no conoces”, relató María.

El coyote los trasladó en carro hasta la frontera. “Llegamos a una zona que se parecía a Coro. Veías las casas separadas, sin cercas y al fondo estaba el muro”.

En el trayecto de una hora, el cubano le dio las indicaciones y le mostró videos del lugar en el que iba a pasar. Una de las peticiones de María fue no pasar por el río. “Siempre le dije a la agencia de viajes que yo no quería pasar por el río, que quería algo seco”.

El cubano los dejó a menos de 100 metros del muro. “Bájense y caminen rápido. No miren para atrás”, le dijo María a sus dos hijos.

Las indicaciones eran que debían atravesar el muro a través de unos tubos de metal que salen entre las vigas de construcción. Para hacerlo, le recomendó disminuir la carga de sus pertenencias. Se deshizo de uno de los tres morrales que llevaban, se quedó solo con dos cambios de ropa limpia, las medicinas para la tensión y los documentos.

“Cuando cruzas por los tubos quedas suspendido en el aire porque abajo hay un caño. Fue rápido, ahí no tardas ni tres minutos. Los primeros en pasar fueron mis hijos. Lo hicieron muy bien”.

Luego caminaron otros 100 metros hasta una puerta que está abierta en una cerca. “Es un trayecto corto, pero te cansas porque te hundes en la arena, es como si caminaras en los médanos de Coro”, contó.

“Los funcionarios migratorios de Estados Unidos vieron todo desde que me bajé del carro del coyote. Apenas comencé a caminar hacia el muro, ellos arrancaron en la camioneta hasta la puerta: yo sentí muchos nervios, porque pensé que no nos iban a dejar entrar. Ellos me esperaron hasta que yo terminé de cruzar”.

Al encontrarse con los funcionarios, a María no le salían las palabras y le faltaba el aire. “Uno de ellos me dijo: ‘Señora, tranquila, no se vaya a desmayar. Ya lo peor pasó. Quítese el tapabocas para que respire mejor’”.

Sus hijos la abrazaron. “Ellos sabían lo que íbamos a hacer. Yo les había explicado que nos iban a detener por poco tiempo y que después íbamos a estar con su papá, al que no veían desde hace más de un año”.

36 horas

Un día y medio estuvo María con sus hijos en el refugio: un galpón grande, blanco, frío y dividido con lonas plásticas transparentes. “Había seis grandes habitaciones, pero todos nos veíamos. Estaba distribuido por países: Venezuela – Cuba; Brasil – Haití; Venezuela – República Dominicana, y así… En mi habitación éramos ocho grupos familiares de mujeres con hijos. Siete veníamos de Venezuela y, de esas, cuatro éramos zulianas, una de Maracay y no recuerdo las otras dos”, recordó.

Los casos e historias públicas de venezolanos que entraron de manera ilegal a Estados Unidos por la frontera de México, en su mayoría, se tratan de habitantes de Zulia, estado fronterizo con Colombia, nación que se convirtió en la vía de escape de miles de venezolanos.

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La historia más emblemática es la de Irma, la abuela de 72 años que fue cargada por el joven César Padrón para cruzar el Río Grande. La fotografía de los dos zulianos le dio la vuelta al mundo.

Ellos son 2 de los 7.484 venezolanos que cruzaron de México hacia Estados Unidos en mayo de 2021, de acuerdo con información publicada por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés).

María y sus hijos están en los números de junio. En el refugio solo estuvieron 36 horas, en las que durmieron en colchones tirados en el suelo y arropados con bolsas térmicas plateadas. Les dieron comida y su medicamento para la tensión. No hubo entrevista, no hubo llamadas a los patrocinantes, solo firmó unas planillas con sus datos y salió para encontrarse con sus familiares.

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