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jueves, 15 abril, 2021

Los Chiquinquireños: el emprendimiento de una mujer venezolana en Colombia

Giomary Carolina Perozo Zuleta, venezolana de 31 años, lleva adelante un emprendimiento gastronómico en Barranquilla, en el que reinan los pastelitos y los tequeños. Este domingo 8 de marzo, cuando se celebra el Día Internacional de la Mujer, comparte una experiencia llena de alegrías y tristezas

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Barranquilla.- “Ser migrante es algo tan difícil. Es dejar todo, olvidarte de lo que eres y comenzar de nuevo. Es reinventarte y hacer lo que nunca creíste ibas a hacer, pero te toca”, reflexiona Giomary Carolina Perozo Zuleta, zuliana de 31 años que llegó a Barranquilla hace dos años y dos meses y en el Día Internacional de la Mujer se presenta como un ejemplo de lucha, perseverancia y de emprendimiento junto con su familia.

Sentada en la sala de la casa donde vive con su esposo, Juan Vera, y su hija, Gabriela Chiquinquirá, recuerda aquel 2 de enero de 2018 cuando salió de su tierra natal, Maracaibo, para llegar a la capital del departamento del Atlántico en el Caribe colombiano.

“Era año nuevo y la gente paseaba con su familia. A los cuatro días de estar aquí, me fui al parque del barrio Las Nieves, en la zona Sur, donde empecé a vender trufas (galletas con chocolate y leche condensada) y la gente me miraba con una señal que decía: ¿qué es eso?”, cuenta risueña Giomary Carolina. Recuerda que la detenían para que dejara de ofrecer las trufas porque en “Barranquilla tienen otro significado”.

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“Al final ese negocio no me funcionó”, dice la joven zuliana, una de las 536.299 mujeres venezolanas migrantes que viven en Colombia, de acuerdo con una encuesta realizada en abril de 2019 por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) y el Proyecto Migración Venezuela.

“Llegamos a vivir en un cuartico de 3×3 metros, con muy poco espacio, porque estábamos ocho personas y para moverse uno tenía que moverse otro. Era algo difícil, pues dormíamos en el piso y para cocinar tenía que entrar de ladito porque este cuerpecito no entra en cualquier parte”, menciona la mujer sin perder la jocosidad y entusiasmo zuliano.

Colombia es el principal país receptor de la migración forzada de venezolanos en el mundo, con 1.771.237 personas en su territorio, de las cuales 754.085 viven en condición regular y 1.017.152 de forma irregular, según cifras de Migración Colombia al 31 de diciembre pasado.

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En el caso de la mujer venezolana migrante, los resultados de la encuesta del Dane y el Proyecto Migración Venezuela indican que se trata de una población mayoritariamente joven, pues 63% tiene entre 15 y 59 años.

De trabajadora social a emprendedora

Giomary Carolina es licenciada en trabajo social, graduada en la Universidad del Zulia (LUZ), profesión que mantiene como un recuerdo de sus estudios en Venezuela. En Colombia, 67% de las venezolanas migrantes tiene bachillerato completo; 27% tiene estudios universitarios, sea en carreras largas o técnicas; 4% no posee ningún estudio y 2% cuenta con estudios de postgrado, según la encuesta del Dane y el Proyecto Migración Colombia de abril de 2019.

“Nos vinimos de Venezuela para hacer pastelitos y tumbarranchos porque nos decían que eso no se veía aquí. Nos trajimos los cortadores, que son los moldes con los que se hacen los pastelitos y empezamos a ingeniárnosla para preparar la masa. Con una tacita los fuimos haciendo”, explica.

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Como toda emprendedora, Giomary Carolina señala que estuvo junto con su esposo observando la ciudad, sus costumbres y el gusto del barranquillero, con el propósito de identificar la mejor opción para vender. De allí nació Los Chiquinquireños, emprendimiento gastronómico que ha ido ganando espacio entre los habitantes de esa ciudad.

“Dejé de hacer lo que hacía en Venezuela, pero aquí estoy sacando adelante a mi familia con el negocio Los Chiquinquireños. No teníamos la marca, pero con el tiempo la gente fue conociendo más de lo que vendíamos: chicha, ponche crema, pernil y hallacas”, expresa.

A pesar de las dificultades, el menú de Los Chiquinquireños ha conseguido un lugar en el gusto local: “Aquí es difícil encontrar productos con el sabor venezolano. Soy una mujer que cocina con amor. Juan se encarga de la producción y de darle forma a lo que hago, pero la que le da sazón soy yo”, afirma la emprendedora venezolana.

Sin embargo, Giomary Carolina recuerda que no la tuvo fácil durante los primeros meses en Barranquila: “Empecé a caminar cerca del parque Las Nieves. Gracias a Dios, la gente fue receptiva con el producto, les gustó mucho. La sazón era distinta, el pastel es distinto, porque aquí tiene otro nombre. El de nosotros, los zulianos, es otra cosa, aparte de que no es un producto ‘graciento’ (impregnado de grasa por la fritura). Eso ha llamado mucho la atención, porque es más sano que lo que conseguimos por allí”, enfatiza con el orgullo regionalista que caracteriza a los hombres y mujeres de esa región del occidente de Venezuela.

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Agrega que al poco tiempo comenzaron también a vender café, luego chicha, bebida elaborada por su esposo, asesor comercial y quien también hace pan de jamón.

Explica que la jornada de trabajo en Los Chiquinquireños comienza muy temprano en la mañana, cuando prepara la masa y pica las verduras para elaborar el condimento de los pastelitos. Trabaja desde su hogar, donde recibe encargos y vende también a domicilio.

“Hemos involucrado más productos para que el venezolano disfrute y vuelva a su infancia. Cuando alguien prueba la chica nos dice: ‘¡Verga mija, regresé al colegio!’ Y eso nos da satisfacción y alegría, porque lo hacemos con ese interés: que hagan un viajecito rapidito a Maracaibo, y puedan disfrutar de esos momentos”, destaca.

Una gran luchadora

Desde su llegada a Colombia, Giomary Carolina ha formado parte de organizaciones sociales y fundaciones que brindan atención a la mujer venezolana y colombiana, como Onimujer, donde colabora, fundamentalmente, en la atención de los niños.

“Nosotros somos mujeres fuertes, luchadoras, emprendedoras, maravillosas. A todas, indistintamente de dónde venimos, nos une el lazo de ser mujer, el que nos podamos entender por el simple hecho de ser madres, de llevar adelante una familia”, sostiene, al recordar que este domingo 8 de marzo se celebra la lucha por los derechos de las mujeres.

Giomary Carolina afirma que estos dos años como venezolana migrante en Colombia han sido “durísimos”, de aprendizaje y madurez en la ruta del emprendimiento, pues creía que ya tenía su vida hecha. “Cuando llegas a un país que donde conoces a nadie, donde la cultura es distinta, la forma de ser de las personas es distinta, es duro, pues te toca ir conociendo, tratar de adaptarte y echar pa´ lante”, subraya.

La joven de 31 años debió además superar episodios nada gratos en las calles de Barranquilla: “Cuando la mujer trabaja en la calle te catalogan como una persona de la vida fácil. En varias ocasiones se querían propasar conmigo ofreciéndome plata. Además, te quieren humillar por ser venezolana y estar vendiendo café. Un señor me ofreció hasta un millón de pesos; pero porque venda tinto o jugo no me hace menos y mucho menos una prostituta. No ando regalándome, yo no vine a Colombia a eso, yo vine a trabajar y siempre he estado con mi familia y con mi hija”.

Tristeza e impotencia

Giomary Carolina es madre de una niña, Gabriela Chiquinquirá, a quien considera su tesoro. Sin embargo, la marabina tuvo en Barranquilla una segunda oportunidad de ser mamá, pero recuerda que después del segundo mes de embarazo le practicaron una intervención ginecológica porque tuvo una pérdida.

“Fui al centro asistencial del barrio Simón Bolívar y la atención médica me dejó mucho que desear. Me hicieron el tacto y me dijeron que regresara al siguiente día, donde me volvieron a meter mano los estudiantes y cuando me hicieron el ecograma, el médico fue súper brusco. Me dijo que allí lo que tenía era el feto muerto. No me explicó nada, no me puso a ver las imágenes, ni a escuchar el sonido y yo salí de allí destruida y sin entender nada”, rememora con tristeza e impotencia.

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Sin embargo, gracias a una amiga consiguió luego la ayuda de un taxista que la llevó al hospital Niño Jesús donde fue atendida por un médico de una forma muy distinta.

Sostiene que aquel 2018 fue muy complicado para su familia. “Llegas con los pasajes y con una moneda distinta, que no te sirve para nada. Tenéis que comer y pagar servicios y no teníamos dinero”.

“Me quiero regresar a Venezuela”

“No estoy arrepentida de irme de Venezuela, pero quiero estar allá. Me quiero regresar. A pesar de que he logrado muchas cosas positivas con mi familia, no me he adaptado. Todavía siento que vivo obligada aquí”, confiesa contrariada la mujer, mientras mira el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá, la Chinita, imagen ubicada en el centro de la sala, con una flor y la bandera tricolor.

“Es que toda mi familia está en Venezuela y es lo que más extraño”, explica y comenta que la patrona del estado Zulia representa algo muy especial para su núcleo familiar. Su hija Gabriela Chiquinquirá se llama así porque después de 12 horas de un parto traumático, le ofreció a la Chinita que, si todo salía bien, la niña llevaría su nombre.

A pesar de todo, esta venezolana encuentra momentos de satisfacción que la animan a seguir adelante en Colombia. “Nos llena de orgullo que el colombiano conozca nuestra gastronomía. Hay productos que son similares, pero cuando vos los probáis te das cuenta que la cosa más buena (pastelitos y tequeños) es la que yo hago”, asegura riéndose Giomary Carolina.

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