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jueves, 24 septiembre, 2020

La venezolana sobreviviente del COVID-19 en España que vive un día a la vez

A los 74 años, Diana Victoria Montilla de Aguilera afrontó, una vez más, una prueba difícil en su vida. Pero su decisión de vivir el aquí y el ahora, siempre arropada por familiares y amigos, la ayuda hoy a superar la enfermedad por coronavirus

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Caracas. Cómo contrajo el COVID-19, ella misma no lo sabe a ciencia cierta; pero por extraño que pudo parecerle, la enfermedad por coronavirus nada cambió en Diana Victoria Montilla de Aguilera toda una manera de ser frente a la vida, menos aún a los 74 años de edad.

Al contrario, haber aprendido a vivir un día a la vez, como si fuera el último, disfrutando lo que hace por muy sencillo que sea, afirma que fue clave para superar esa enfermedad que en Madrid, España, donde reside desde hace dos años y medio, ha cobrado la vida de 7.531 personas hasta este martes 21 de abril, para convertir a la capital española en epicentro de la pandemia en ese país.

“Ante todo déjame decirte, tal como lo escribí en mis memorias, que por otras circunstancias adversas que me ha tocado vivir, empezando porque quedé viuda a los 31 años con tres niños pequeños y otras adversidades, que no vienen al caso, he aprendido a vivir – como dice la filosofía de los alcohólicos –‘un día a la vez’ . Aprendí a vivir el aquí y el ahora, a ubicarme en espacio y tiempo, a no pensar en el mañana (que es un misterio). Nunca sabes lo que pasará”, afirma Diana Victoria a El Pitazo.

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Tres semanas después de cumplir un estricto aislamiento en casa de su hija y de su yerno en Algete, una localidad de la comunidad de Madrid, luego de salir del Hospital Infanta Sofía, donde permaneció 15 días, Diana Victoria no tiene más que palabras de agradecimiento para el personal médico y para sus familiares y amigos.

“Gracias a ellos puedo afirmar que en los 15 días que estuve hospitalizada no me preocupé nunca por el tiempo que ya llevaba allí o por el que aún me faltaba por llevar. Sencillamente, siempre estuve ubicada en el momento, espacio y tiempo”, apunta.

Pero ha sido también muy importante en su vida la actitud positiva ante cualquier adversidad, enfatiza la venezolana de 74 años, al recordar a su tía Anamer, a quien define como una gran metafísica, discípula de Conny Méndez, y cuyas enseñanzas fueron vitales para superar un cáncer.

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“También gracias a mi fe en Dios, en la Virgen, en los arcángeles y en el Dr. José Gregorio Hernández, quien siempre ha estado a mi lado en cualquier situación en que lo necesite”, subraya Diana Victoria, quien estudió Educación Especial y fue profesora y cofundadora de la Unidad Educativa Especial Deficiencias Auditivas Sordos Carlos Pérez Ruiz en San Fernando de Apure.

Cuenta que aunque ya el resultado de la prueba definitiva para el coronavirus resultó negativo, no abraza ni besa a nadie por recomendaciones de su médico. Sale además con mascarilla y guantes. “Es por mí seguridad, recuerda que la vacuna aún no existe”, señala.

Sin embargo, inventó con su hija un método para abrazar: es “al revés”, es decir, “ellos de espalda”. La caraqueña, dueña de una prosa suelta y sin resabios de amargura, ha dejado testimonio escrito de este nuevo trance en su vida en su perfil de Facebook, con el que aspira a servir de ayuda a otras personas que afrontan una prueba difícil en sus vidas.

Memorias de una sobreviviente

“Jamás pensé que tuviera que pasar por esto”, escribe la mujer en lo que ha denominado Memorias de una sobreviviente del COVID-19. Relata que su lucha contra el coronavirus comenzó el 19 de marzo, cuando ingresó a la sala de emergencias en el Hospital Infanta Sofía con dificultad para respirar, después de tener fiebre, bajada de tensión, malestar general, diarrea y vómitos, pero poca tos.

“Inmediatamente me pusieron oxígeno. Había camillas habilitadas, una al lado de la otra, y apenas separadas por grandes cortinas blancas que caían del techo. Solo pasé una noche allí. Al día siguiente me hicieron la prueba del coronavirus que, de paso, he de decir que es horrorosa. Me introdujeron por la nariz un tubo como de 20 cm de largo que sentí que me llegaba al cerebro, y aunque fue muy rápido, fue muy doloroso y desagradable”, recuerda.

Pero lo más desagradable, confía Diana Victoria, estaba por venir: durante la hospitalización debió soportar una máscara CPAP, “que es igualita a la de Robocop”, indica, debido a la insuficiencia respiratoria.

“Me presionaba muy fuertemente la cara, así que me salieron dos chichones horribles en la frente y en los pómulos; la presión era tan extrema que me colocaron unas almohadillas, con sumo cuidado, ya que no debía escaparse ni un hilito de oxígeno, el cual tenía que entrar a una gran presión hacia la nariz y la boca; no podía dormir, sino estar sentada todo el día y toda la noche”, afirma.

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Cuando al fin se la quitaron, solo la dejaron con el respirador nasal. “Después supe, de labios de la propia neumóloga, que yo era una de las pocas personas que había tolerado esa máscara y que ello me había ayudado muchísimo a superar mi insuficiencia respiratoria”, manifiesta.

De sus dos compañeras de cuarto durante los días de hospitalización recuerda con especial cariño a Paula, una colombiana de 40 años, madre de una niña de ocho, que trabajaba desde hacía 10 años en la residencia para personas mayores Cottolengo del Padre Alegre, en Madrid.

Entristecida, Diana Victoria refiere que Paula murió el Domingo de Resurrección. Estuvo tan delicada que permaneció sus últimos días en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del hospital. “En una oportunidad llamé a la enfermera para que ayudara a Paula. Escuché a los médicos decir que los medicamentos no curaban, puesto que no se ha descubierto aún la vacuna, que solo aliviaban los síntomas y que debía ser nuestro propio organismo el que luchara contra el virus. Lo pensé, lo medité, y empecé a visualizar a mis defensas atacándolo para sacarlo de mi organismo”, sostiene.

Ya encerrada en su cuarto durante los días de aislamiento en casa, escribía en su iPhone al resto de sus hijos, nietos y amigos repartidos en el mundo. “Y ese celular maravilloso tenía acceso a Netflix, por lo que podía ver la serie o película que quisiera; eso sí, concentrada profundamente en el drama que estuviese viendo: comedia, romance, tragedia, milagros, etc”, dice.

Antes de despedirse de El Pitazo, la abuela orgullosa comparte la carta que durante el encierro recibió de Diana Carolina, la menor de seis nietos, hija de su hijo mayor que vive en Venezuela, y con quien llegó a España.

“Abuela, gracias por enseñarme el significado de la palabra amor; gracias por hacerme entender que todo lo que quiero lo puedo conseguir, solo hay que arriesgarse un poco, y si no, nada, puedo estar orgullosa de lo que he intentado”, escribió la niña de 13 años que no se imagina la vida sin “la mejor abuela, segunda madre y amiga que existe”.

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