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domingo, 25 septiembre, 2022

La mujer trans venezolana que vuelve a sentirse humana en Argentina

A Jessica Eva Herrera le costó aceptarse como una mujer trans. La activista Lgbtiq+ decidió emigrar a Argentina cuando reconoció lo difícil que era la vida para las personas de la comunidad y todas las dificultades sociales y legales que enfrentaba en Venezuela. "Fue como un grito de libertad llegar a este país", señala desde Buenos Aires

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Caracas. Migrar es una situación difícil, aún cuando tengas ganas y razones de peso para hacerlo. Ese fue el caso de Jessica Eva Herrera, una chica trans venezolana que decidió, con la llegada de la pandemia, que debía irse de su país, y a partir de ese momento, comenzó a trabajar en conseguir su meta.

“Desde hace dos años pude aceptarme y reconocerme a mí misma como una mujer trans. Algo que venía cuestionándome, con conocimiento de lo que era ser trans, desde los 16 años y que venía sintiendo desde toda mi vida. Una de las razones por las que me costó tanto dar este paso fue, precisamente, por vivir en un país en el que sabía que iba a ser muy difícil ´salir del closet´ como Jessie, y porque sabía que hacer una transición médica, física y social iba a ser muy complicado”, destaca.

En 2021, la organización Amnistía Internacional contabilizó el asesinato de 287 personas trans y de género diverso en Latinoamérica. Mientras que el portal de estadísticas en línea, Statista, precisa que entre octubre de 2020 y septiembre de 2021, en Brasil se registraron 125 casos, seguido por México, con 65, y Colombia, con 25.

A Jessie le costó mostrarse al mundo, sobre todo porque gran parte de su familia es conservadora y evangélica. Además, todavía llevaba a cuestas los traumas generados por la actitud de sus seres queridos cuando confesó que era bisexual. Presentía que no le iba a ir bien, y esa fue una de las razones por las que luchó por encajar en el molde cisgénero (persona cuya identidad y expresión de género coincide con su sexo asignado al nacer) que se esperaba de ella.

Por un tiempo, intentó convencerse de que era una persona de género fluido, que se podía alternar entre hombre o mujer, y que no tenía que transicionar en lo físico, porque podría presentarse en su faceta masculina o femenina. “Pero tampoco me sentía feliz con eso. Nada de eso se sentía como yo; era como agregar capas a lo que en realidad era”, confiesa.

Con la llegada del COVID-19 a Venezuela, tuvo tiempo de reflexionar, sin tener las distracciones del trabajo o la universidad. Entonces se hizo muy fuerte el sentimiento, los ataques de disforia (incomodidad que pueden sentir las personas cuya identidad de género no coincide con el sexo asignado al nacer) y decidió que no podía seguir así, porque terminaría muy mal.

“Me sentía asfixiada, me sentía ahogada, fue como un punto de quiebre. Ya no podía seguirlo ocultando, soy una mujer trans. Algo que nunca se me olvida y que me dije mucho en ese momento, es que prefería vivir como era y tener que morir por eso, que vivir sin ser nunca yo y, básicamente, vivir muerta… porque así se sentía”, comenta.

El comienzo de la transición

Aceptarlo la motivó a comenzar su transición en Venezuela, porque ya no aguantaba más seguir siendo quien no era. Pero tenía mucho miedo, porque estaba convencida de que el país no era un lugar seguro para ella y que podría enfrentar momentos muy duros.

Con el apoyo de comunidades trans y LGBTIQ+ en Estados Unidos, comenzó a recaudar fondos y pudo reunir lo suficiente como para sentir que emigrar era factible. Al tiempo, empezó a salir como Jessie, aunque fuese de forma clandestina.

Al principio pensó en irse a Canadá, España o Europa y pedir asilo, pero también vio en Uruguay y Argentina una opción de destino, sobre todo porque siendo venezolana, cuenta con facilidades migratorias a través del Mercado Común del Sur (Mercosur), sin necesidad de pasar por un proceso de refugio.

Aquel 24 de septiembre de 2021 comenzó un nuevo camino. A través de las redes sociales, compartió su identidad de género y dijo, abiertamente, que era una mujer trans. Sus amigos cercanos lo sabían y la apoyaban, sus familiares se enteraron ese día. Las reacciones de muchos otros no las conoce porque perdió contacto con ellos.

Ese pasó le permitió adentrarse en el activismo Lgbtiq+ en Venezuela, pero de manera presencial. Cuando comenzaba a ver mejor el paisaje, ocurrió un evento que la marcó: “Mis excaseras, que al principio se mostraron receptivas, al final terminaron siendo bastante horribles. Me robaron varias de mis pertenencias y una parte de lo que había recolectado”, comparte.

En diciembre, un tuit de la recaudación que realizaba se viralizó. Y en medio de un día complicado comenzaron a llenar mensajes transfóbicos que, incluso, la incitaban a suicidarse. “Entonces me repetí que debía irme, porque iba a morir de una forma u otra”.

Con donaciones, ayuda de sus padres y ahorros obtenidos con su trabajo, logró comprarse el pasaje y tramitar todos los documentos que necesitaba. Fue así como luego de varios meses partió a Argentina, donde la recibió un amigo que le dio hospedaje hasta que ella pudo mudarse a un apartamento compartido.

La llegada a un nuevo país

Argentina ha sido calificada como uno de los países más progresistas del mundo en materia de derechos transgénero, debido a que desde el 2012 cuenta con la Ley de Identidad de Género, una de las legislaciones transgénero más completas en el mundo. La Organización Mundial de la Salud lo calificó como un país ejemplar para proporcionar derechos a esta comunidad.

Jéssica comenta que desde que llegó solo se ha enfrentado a dos comentarios discriminatorios; porque lo máximo a lo que llegan es a miradas, que más allá de ser de burla u hostilidad, son de curiosidad. En Buenos Aires se volvió a sentir humana, algo que no le sucedía mientras vivió en Caracas.

“Había perdido la noción de cómo se sentía ser tú y no tener que estar preocupándote todos los días por esas cosas. Aunque en retrospectiva siento que he hecho mucho en poco tiempo, cuando estás con la disforia, cuando te sientes sola, parece que todo va demasiado lento. Fue como un grito de libertad llegar a este país”, agrega.

Salir a la calle, tener amigos, subir al autobús y sentirse un “ser humano normal” es algo que valora mucho. Incluso, en temas amorosos, destaca que todos son muy abiertos En Venezuela creía que nadie podía llegar a amarla de verdad, o que pudiesen verla como algo más allá de un fetiche o una experiencia. “Aquí siento que puedo ser amada y amar como una chica trans. Sin tanto equipaje de por medio”.

Para Jessie, es muy raro sentir que tiene derechos. Precisa que en Venezuela no solo tenía que hacerle frente a la discriminación social, sino también a la invisibilización gubernamental. “El Estado no está allí para protegerte. No hay leyes que te reconozcan, que aboguen por ti. Aquí es muy distinto”, dice.

Aunque destaca que existe discriminación, la ley está de su lado. Si a una persona trans le ocurre algo, tiene un ente al que puede acudir y en el que puede encontrar justicia. Sabe que todos los sistemas de justicia son defectuosos, que existen fallos y enmiendas, pero el hecho de que exista una reglamento que la proteja le da bienestar.

Un estatuto que se ha convertido en su mejor compañera, que carga en su bolso para todos lados, y que establece en su artículo 12 que debe respetarse la identidad de género adoptada por las personas, en especial por niños, niñas y adolescentes, que utilicen un nombre social distinto al consignado en su documento nacional de identidad.

“Aquí debes respetar el nombre social de una persona trans, tenga o no el DNI corregido. Incluso, debes poner el nombre escogido en todos los trámites y colocar entre paréntesis, las iniciales de su nombre legal. Poder sacar esa ley en caso de discriminación es una sensación muy rara, pero positiva. Todavía no me acostumbro a tener derechos”, indica.

La activista Jessica Eva Herrera considera que el Estado venezolano no protege a las personas Lgbtiq+ Foto Jessica Eva Herrera

En la actualidad, Jessie tiene residencia precaria y está a la espera de la llegada del DNI de la residencia temporal, el primero que le otorgan por ser extranjera. Deberán pasar dos años, aproximadamente, para que pueda solicitar una residencia permanente. Comenta que fue un papeleo sin contratiempo, lineal, sin burocracia de por medio.

Jessie sigue en la búsqueda de trabajo, pero ahora en un país en el que se siente segura. Sueña con llegar a crear una editorial cooperativa y convertirse en escritora. Pero también, en cantante y guitarrista, aunque está convencida de que no tiene tan buena voz y que, en ese caso, podría desempeñarse como bailarina.

“Me gustaría iniciar una organización trans, queer, no binaria. Proveer ayuda y asistencia. Poder graduarme, estoy en espera de que inicien las inscripciones en la Universidad de Buenos Aires para estudiar Letras o Psicología”.

Por los momentos, tiene varios meses de haber comenzado su terapia de hormonización en Argentina, a la que optó luego de dos semanas de haber llegado. Indica que a través de la salud pública o de la obra social tiene la opción de acceder a una cirugía de reasignación genital, pero por ahora, no está entre sus prioridades.

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